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La Heredera Rechazada del Aullido Silenciado

La Heredera Rechazada del Aullido Silenciado

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Romance paranormal / Completas
Popularitas:113
Nilai: 5
nombre de autor: Afrodite 18

Andreia lo tenía todo: el amor de un futuro Rey Alfa, la promesa de un destino compartido y la certeza de que la luna los había elegido. Hasta la noche en que Máximo la rechazó frente a toda la manada para presentar a otra mujer como su Luna.

Humillada y con un secreto creciendo en su vientre, Andreia huyó. Lejos de las manadas, lejos de los tronos, construyó una vida en el silencio: una confitería pequeña, una casa rodeada de árboles y una hija llamada Kim que lo era todo para ella.

Pero Kim no es una niña común. A los cuatro años ya se transforma en loba, sus ojos brillan con un poder que no debería existir en alguien tan pequeña, y la luna parece responder cada vez que ella ríe o llora. Porque Kim es la verdadera heredera de una profecía que todos creyeron pertenecía a otra.

Cuando el pasado toca a la puerta y Máximo descubre lo que perdió, nada volverá a ser igual. Entre secretos de sangre, conspiraciones familiares y un poder ancestral que despierta con cada latido, Andreia deberá decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger a su hija.

Porque en el mundo de las manadas, el amor puede ser la fuerza más peligrosa de todas.

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capítulo 7

Andreia avanzaba por los corredores del castillo como una fuerza de la naturaleza que ya no podía ser contenida. Era un trance místico que se percibía desde lejos.

El aura azul aún pulsaba a su alrededor, intensa, viva, haciendo que las cortinas y hasta las alfombras se agitaran sin viento, que las antorchas se apagaran, que los guardias retrocedieran por instinto. Cada paso resonaba no solo en la piedra, sino en el tejido mismo de la magia de aquel lugar.

Percibía a Kim, no como un rastro común, sino como un llamado suave, insistente, que vibraba en su pecho y le guiaba los pies por el ala noble. Cuanto más se acercaba, más difícil le resultaba contener el torbellino dentro de sí: miedo, amor, furia y un poder antiguo que respondía a cada latido de su corazón.

Fue entonces cuando el aire cambió. Andreia se detuvo de golpe. Delante, en el gran salón circular que conectaba las alas del castillo, dos presencias se impusieron como murallas.

Su padre estaba a la izquierda, imponente como siempre, el cabello encanecido por la edad, los ojos dorados cargados de autoridad. A la derecha, el padre de Máximo, el antiguo Rey Alfa, sostenía el trono como si aún estuviera sentado en él, incluso de pie. Dos hombres moldeados por el poder, por la tradición y por la creencia de que el mundo les pertenecía.

ALISTER— Andreia —dijo su padre, la voz grave, cargada de una falsa calma—. Detente ahora.

Ella alzó la barbilla, los ojos todavía brillando en azul.

ANDREIA— Apártese de mi camino.

El Rey Alfa mayor dio un paso al frente.

MONTANA— Sobrepasaste todos los límites —gruñó—. Rompiste sellos, atacaste soldados, profanaste este castillo. Estás actuando como una amenaza.

Andreia dejó escapar una risa, un sonido corto, vacío de humor.

ANDREIA— ¿Amenaza? —repitió—. Ustedes no han visto nada. Le arrancaron a mi hija. Eso sí es una verdadera profanación. Mi voluntad era prender fuego a todo; solo no lo hago por ella. Si no me la devuelven, van a descubrir cuánto puedo amenazar. —Con la fuerza del pensamiento, hizo estallar cada vitral de aquella sala.

Su padre frunció el ceño, visiblemente dividido entre la sorpresa y la incomodidad.

ALISTER— Esa criatura carga un poder que no puede crecer sin control —dijo—. Su lugar está aquí. Bajo vigilancia.

ANDREIA— ¿Como yo estuve bajo vigilancia toda mi vida? —rebatió, dando un paso al frente. El piso bajo sus pies crujió—. ¿Como fui moldeada, silenciada y descartada cuando dejé de servir? ¿Les contó sus mentiras? —preguntó, acercándose más.

Los dos hombres percibieron el peso de su presencia en ese instante. No era solo magia. Era algo mayor, algo que hacía al instinto de Alfa gritar que retrocediera.

ALISTER— Andreia… —intentó su padre, la voz menos firme—. Piensa en lo que estás haciendo.

ANDREIA— Estoy pensando —respondió ella—. Por primera vez, estoy pensando como madre.

El Rey Alfa avanzó, los ojos brillándole en un rojo intenso, liberando su propio poder.

MONTANA— No darás un solo paso más.

Andreia no se movió. El aura azul se expandió cuando inclinó levemente la cabeza. Fue como si el aire se hubiera vuelto demasiado denso para respirar.

Ambos hombres notaron que las rodillas les flaqueaban. Su poder, en otro tiempo aplastante, parecía insignificante ante aquella presencia lunar, pura, absoluta.

El Rey Alfa cayó primero, apoyándose en el suelo con dificultad. El padre de Andreia resistió unos segundos más, hasta que también se desplomó de rodillas, jadeante, la mirada llena de incredulidad.

ALISTER— Imposible… —murmuró—. Ese poder… tu madre...

ANDREIA— Siempre estuvo en mí —respondió, la voz baja, firme—. Usted simplemente nunca quiso verlo.

Estaba a punto de continuar cuando algo cambió de nuevo. El poder a su alrededor osciló. No por amenaza, sino por reconocimiento.

KIM— Mamá…

La voz era pequeña, suave, cargada de inocencia. Andreia se giró sobresaltada.

Al fondo del corredor, envuelta en una luz plateada delicada, Kim estaba de pie. Sus ojos brillaban como estrellas reflejadas en el agua, y su cuerpecito comenzaba a transformarse. No en loba completa, sino en algo intermedio: una pequeña forma de lobo, translúcida, hecha de luz y magia, como si fuera un espíritu lunar materializado.

La manifestación más pura y rara del poder lunar en una criatura.

ANDREIA— Kim… —susurró, sintiendo que el corazón se le destrozaba y se reconstruía al mismo tiempo.

La niña caminó hasta ella, cada pasito haciendo que el aura azul de Andreia disminuyera, se suavizara, se calmara. Cuando Kim le tocó las piernas, la energía feroz se disolvió como niebla al amanecer.

KIM— No te pongas bava —dijo la niña, volviendo lentamente a su forma humana al ser tomada en brazos por su madre—. Yo te sentí… muy fuete.

Andreia cayó de rodillas, abrazando a su hija con fuerza, el rostro hundido en su cabello.

ANDREIA— Perdóname —murmuró, con la voz quebrada—. Mamá solo quería protegerte.

KIM— Yo sé —respondió, abrazándola de vuelta—. La abuela habló conmigo.

Los dos Alfas observaban la escena en silencio absoluto, derrotados no por la fuerza, sino por la verdad que se revelaba ante ellos.

MONTANA— Ya despertó… —susurró el Rey Alfa, aterrorizado.

ANDREIA— No —corrigió, poniéndose de pie con Kim en brazos—. Ella simplemente respondió al amor.

Una carcajada suave recorrió el salón.

ELOWEN— Qué escena tan bonita —dijo una voz femenina.

Elowen apareció de la nada, como si siempre hubiera estado allí. Su cabello rojizo resplandecía con la luz lunar que entraba por los ventanales, y símbolos arcanos flotaban discretamente alrededor de sus manos.

ELOWEN— Es hora de irnos —dijo, dirigiéndole a Andreia una mirada cómplice—. Antes de que a alguien se le ocurra hacer otra gran estupidez.

Andreia asintió, estrechando a Kim contra el pecho.

ANDREIA— Gracias —dijo—. Por todo.

ELOWEN— Se lo prometí a la Luna.

Trazó un círculo en el aire con los dedos y el espacio comenzó a plegarse, como agua al ser tocada. Un portal se abrió, revelando el bosque seguro, el valle oculto, el segundo hogar que Andreia había construido con tanto cuidado.

Antes de atravesarlo, Andreia les lanzó una última mirada a los hombres arrodillados en el suelo.

ANDREIA— Perdieron el derecho de decidir el destino de ella —declaró—. Si algún día Kim regresa a este mundo… será por decisión propia.

Y entonces, envueltas por la luz lunar y la magia de la bruja, madre e hija desaparecieron. El castillo quedó en silencio.

Y aquella noche, dos hombres poderosos comprendieron demasiado tarde: no se desafía a una madre elegida por la Luna.

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