Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.
Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.
Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.
Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.
Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.
Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.
Ahora, es ella quien decide.
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Capítulo 4
Isadora no tenía un plan.
Condujo sin rumbo por las calles aún húmedas de la noche, sintiendo las manos temblar en el volante. La radio apagada. El celular en el asiento de al lado, vibrando ocasionalmente con mensajes que no abrió. Henrique podía esperar. Él no era urgente.
Paró frente a un hotel pequeño, discreto, de esos que pasan desapercibidos para quien vive corriendo detrás de su propia rutina. La fachada iluminada parecía lo suficientemente neutra para no hacer preguntas.
En la habitación, el silencio la recibió como un abrazo extraño. No había recuerdos en las paredes. Ningún objeto compartido. Ninguna historia colgada en el aire. Apenas espacio.
Isadora se sentó en el borde de la cama y se quedó allí por largos minutos, mirando la nada. No lloró. El llanto vendría después. Ahora, había un cansancio profundo, como si su cuerpo estuviera apenas comenzando a entender todo lo que había soportado.
Se acostó vestida y se durmió sin sueños.
A la mañana siguiente, despertó con el sol atravesando la cortina fina. El mundo seguía existiendo. Personas caminaban en la acera. Coches tocaban la bocina. El tiempo no se había detenido solo porque su vida se había quebrado.
Se bañó despacio, observando su propio reflejo en el espejo. Los ojos estaban cansados, pero había algo nuevo allí. Un endurecimiento sutil. Una lucidez que no existía antes.
Se vistió y salió.
Llamó a la única persona que sabía que no haría preguntas innecesarias.
—Estoy necesitando un lugar para quedarme —dijo, cuando la llamada fue atendida.
—¿Dónde estás? —la voz del otro lado vino firme.
—Lejos de lo que ya no me cabía.
Hubo un breve silencio.
—Ven para acá.
Isadora pasó el resto del día resolviendo lo básico. Canceló compromisos. Avisó en el trabajo que necesitaría algunos días. Ignoró mensajes que pedían explicaciones que ella aún no conseguía dar.
Por la noche, sentada sola otra vez, abrió el portátil. No sabía exactamente lo que buscaba, apenas sentía que necesitaba algo concreto. Algo que no estuviera ligado a Henrique, al matrimonio, a la casa que dejó atrás.
Fue cuando un e-mail antiguo llamó su atención.
Asunto: Propuesta de sociedad — Montenegro Group
Ella reconoció el nombre de inmediato. Miguel Montenegro. Uno de los empresarios más influyentes del sector donde ella trabajaba. Reservado, distante, conocido por no mezclar negocios con emociones. Ellos se habían encontrado pocas veces, siempre en reuniones formales, siempre manteniendo una distancia casi fría.
Abrió el mensaje.
Era una propuesta que ella había ignorado meses antes. Una invitación para liderar un proyecto que exigiría cambio de ciudad, dedicación total y… libertad.
Isadora respiró hondo.
Tal vez aquel e-mail estuviera allí por un motivo.
Al día siguiente, se vistió con cuidado. No para impresionar, sino para recordar quién era antes de moldearse demasiado para caber en la vida de alguien. Se recogió el pelo de forma sencilla, se puso un labial discreto y salió.
El edificio de Montenegro Group era imponente, de líneas limpias y silenciosas. Nada allí parecía excesivo. Todo comunicaba control.
Isadora fue conducida hasta una sala amplia, con ventanas del suelo al techo. Miguel Montenegro estaba de pie, de espaldas, observando la ciudad.
Cuando se giró, sus ojos encontraron los de ella con atención inmediata. No había curiosidad obvia. Había análisis.
—Isadora Valença —dijo él, en tono calmo—. No esperaba que aceptase la invitación.
—Ni yo —respondió ella, con honestidad.
Miguel indicó la silla frente a la mesa.
—Imagino que no está aquí por casualidad.
Isadora asintió.
—Necesito recomenzar —dijo, sin rodeos.
Él la observó por algunos segundos, como si pesara cada palabra.
—Los recomienzos suelen ser incómodos —respondió—. Pero suelen revelar quién realmente somos.
Ella sostuvo la mirada.
—Estoy dispuesta.
Miguel inclinó levemente la cabeza.
—Entonces vamos a ser claros —dijo—. El proyecto exige más que competencia. Exige entrega. Cambio. Y ninguna distracción emocional.
Isadora sintió una sonrisa casi surgir.
—Las distracciones emocionales no forman más parte de mis planes.
Algo pasó por la mirada de él. Rápido demás para ser descifrado.
—En ese caso —dijo Miguel—, tal vez podamos ayudarnos el uno al otro.
El silencio que se siguió no fue incómodo. Fue lleno de posibilidades.
Isadora salió de aquella sala con un contrato en manos y una extraña sensación en el pecho. No era esperanza. Aún no. Era algo más cauteloso. Como una puerta entreabierta.
Aquella noche, sola nuevamente, ella se permitió llorar. No de desesperación. De alivio.
Lloró por la mujer que creyó demasiado. Por la novia que fue humillada. Por la versión de sí misma que quedó atrás.
Cuando el llanto cesó, respiró hondo.
Ella aún no sabía dónde aquel nuevo camino la llevaría. No sabía qué tipo de hombre Miguel Montenegro realmente era. Ni en qué aquel acuerdo silencioso podría transformarse.
Pero sabía de una cosa con absoluta claridad.