"Condenada por un crimen que no cometió, terminó refugiada en las garras del monstruo más despiadado de todos".
Sofía Ivanov siempre fue la vergüenza de su manada. Despreciada por sus padres y eclipsada por Tania, su perfecta hermana menor, Sofía soportó el peor de los castigos: ver cómo su propia familia le exigía romper el lazo sagrado con su mate, Gavin, solo porque su hermana se había encaprichado con él. Y lo peor... él tampoco la defendió.
Pero el día de la boda, el destino cobra una factura sangrienta. Gavin es brutalmente asesinado en el altar y Sofía es encontrada de rodillas, cubierta de sangre y con el arma homicida en sus manos. Inculpada por su propia familia y convertida en la fugitiva más buscada, Sofía huye bajo una tormenta implacable hasta caer inconsciente en los límites del territorio prohibido.
Al despertar, ya no está en el bosque. Alguien la ha rescatado y ocultado en el lugar más peligroso: el palacio de César Dróvnikov, el temible y despiadado Rey Lycan.
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Capítulo 16
El fuego de la chimenea proyectaba sombras alargadas sobre las paredes mientras Sofía, arrodillada sobre la alfombra, recogía las cenizas con manos temblorosas. A pocos metros, César se mantenía de espaldas, aparentemente sumergido de nuevo en sus planos estratégicos. El Alfa Supremo no se había dado cuenta aún de que, entre todo el desorden de su mesa, descansaba un detallado retrato a lápiz que los emisarios del sur habían enviado junto al informe de búsqueda y captura. Un retrato que reflejaba sus facciones con demasiada precisión.
—Señor, ¿podemos hablar un segundo? —interrumpió Lord Kaelen, entrando al despacho tras dar un golpe seco en la puerta.
El Beta se detuvo al ver a Sofía terminando de limpiar los restos de carbón cerca del fuego. César desvió la mirada de los mapas por un instante, fastidiado por la interrupción.
—Sí, ya terminaste. Te puedes ir —dijo César de forma cortante, haciéndole un ademán frío con la mano.
Sofía se levantó a toda prisa, aferrando el balde de madera con los dedos agarrotados por el pánico. Su único objetivo era salir de esa habitación antes de que Kaelen o el rey miraran el escritorio, pero el terror y los nervios le jugaron una mala pasada. Al dar la vuelta, sus pies se enredaron con el dobladillo de su pesado vestido gris. Tropezó hacia adelante antes de irse, perdiendo el equilibrio e impactando directamente contra el borde del escritorio. El agua sucia del balde se tambaleó, salpicando con fuerza y mojando los planos extendidos en la mesa.
—¡Maldita sea! ¡Esta chica no puede ser más torpe! —bramó César, levantándose furioso de su silla, con los ojos grises encendidos en pura ira licántropa.
En medio del caos del agua derramándose y los gritos del rey, el instinto de supervivencia de Sofía se activó como un resorte. Con un movimiento desesperado y felino, estiró la mano y agarró el retrato a lápiz rápidamente antes de que el agua lo alcanzara o el rey notara lo que era.
—¡Ya vete de aquí! —rugió el Alfa Supremo, señalando la salida con el dedo índice, conteniéndose para no romperle el cuello allí mismo a la sirvienta de Greta.
Sofía no esperó un segundo más. Tomando el balde semivacío, se marchó rápido del lugar con el corazón a punto de salirse del pecho. En cuanto cruzó el umbral y las puertas se cerraron detrás de ella, escondió el papel entre los pliegues de su delantal, arrugando el retrato de su búsqueda y captura para que nadie en el pasillo pudiera verlo. Caminó a zancadas ciegas por el corredor, con las piernas temblando, sabiendo que acababa de robarle un documento oficial al mismísimo rey.
Dentro del despacho, el silencio regresó de golpe, roto solo por la respiración pesada de César.
—¿Se mojó algo? —preguntó Kaelen, acercándose con cautela al escritorio mientras el monarca usaba un paño seco para limpiar las gotas que corrían por la madera.
—Por suerte no, solo salpicó —respondió César, recuperando su tono gélido y plano, aunque sus facciones seguían rígidas por el enfado—. Dime qué sucede.
Kaelen se aclaró la garganta, adoptando una postura solemne antes de soltar el verdadero motivo de su visita nocturna.
—Usted quiere adueñarse por completo de las tierras bajas, pero están lideradas por el Alfa Ivanov —dijo Kaelen en voz baja, midiendo el impacto de sus palabras—. Existe la posibilidad de que, si usted se casa con la hija del Alfa, entonces pueda ser el rey de todo el continente, señor. Es una alianza política perfecta para consolidar su imperio sin necesidad de iniciar una guerra sangrienta.
César dejó el paño sobre la mesa y se cruzó de brazos, clavando la mirada en el ventanal oscuro.
—Lo he estado pensando —admitió el Alfa Supremo, con una mueca de desprecio en los labios—. Pero el panorama en la manada Ivanov es un circo. Una de sus hijas es una fugitiva acusada de asesinato, y la otra quedó viuda antes de consumar el matrimonio en el altar. No es precisamente la opción más limpia para una reina.
Kaelen parpadeó, completamente desconcertado por el nivel de detalle que poseía su soberano. Los informes oficiales apenas estaban llegando al consejo de ancianos esa misma tarde.
—Usted... ¿cómo sabe todo eso, señor? —preguntó el Beta, frunciendo el ceño.
César soltó una risa seca, carente de cualquier pizca de gracia, y miró de reojo la puerta por la que acababa de salir Sofía.
—¿Por qué crees que prefiero gente que no hable? Lo hacen demasiado y es muy molesto —sentenció el rey, refiriéndose a las constantes quejas y rumores de los mensajeros extranjeros que recibía en el ala militar—. Por cierto, tengo un retrato de la fugitiva. Lo estaban entregando en el Consejo esta tarde y lo dejé aquí para...
César hizo silencio de golpe. Sus ojos grises se abrieron con fijeza al enfocar la superficie pulida del escritorio. El mapa de la frontera sur estaba húmedo por los bordes, el tintero seguía en su lugar, pero el papel donde estaba dibujado el rostro de la hija de Ivanov había desaparecido por completo.
César se quedó estático, con la mirada clavada en el espacio vacío entre los mapas de guerra. Su mente, fría y calculadora, repasó la secuencia de los hechos en una fracción de segundo: el tropiezo, el balde de agua salpicando la madera, el desastroso revuelo de la sirvienta... y la repentina desaparición del pergamino.
Kaelen notó el súbito cambio en el lenguaje corporal de su rey. La energía en el despacho se volvió tan opresiva que el aire pareció espesar.
—¿Señor? ¿Ocurre algo con el retrato? —preguntó el Beta, dando un paso hacia el escritorio.
—No está —soltó César. Su voz ya no era un barítono tranquilo; era un gruñido bajo, sibilante, el tono de un depredador que acaba de detectar una anomalía en su territorio—. Estaba justo aquí, sobre el informe de los rastreadores. La torpe de la cocina no solo tiró el agua, Kaelen. Se llevó el pergamino.
Kaelen frunció el ceño, confundido.
—¿Elena? Pero señor, esa chica es humana, analfabeta y muda. ¿Para qué querría una sirvienta de cocina el retrato de una fugitiva extranjera? Quizás se pegó a los planos mojados o cayó al suelo con el alboroto.
César no respondió. Se agachó sutilmente, buscando en la alfombra, debajo de la pesada mesa de roble y entre las esquinas de los muebles auxiliares. Nada. Sus ojos grises se entrecerraron con una fijeza peligrosa. Un humano corriente habría corrido a limpiar el desastre o habría llorado pidiendo clemencia; esa muchacha, a pesar del temblor de sus manos, se había movido con una rapidez milimétrica antes de huir.
—Trae a la chica de vuelta —ordenó César, enderezándose. Sus facciones se endurecieron como el mármol—. Ahora mismo. Y que Greta suba con ella.
—Sí, Alfa —respondió Kaelen, reconociendo la urgencia en la orden. Se giró sobre sus talones y salió a zancadas del despacho, haciendo una seña a los guardias de la élite del pasillo para que lo siguieran hacia las escaleras del subsuelo.
Mientras tanto, en el pasillo inferior del ala este, Sofía caminaba a paso ciego, con el balde golpeándole el muslo y las lágrimas quemándole los ojos. No miró a nadie. Entró a las cocinas moribundas, que ya estaban casi a oscuras, y se deslizó directo hacia la despensa del fondo, donde Greta terminaba de asegurar las ventanas para la noche.
En cuanto la puerta de madera se cerró, Sofía soltó el balde, que cayó al suelo con un ruido sordo, y sacó el trozo de pergamino arrugado de entre los pliegues de su delantal.
—¡Sofía! ¿Qué es eso? ¿Qué hiciste? —susurró Greta, alarmada por el estado de shock de la joven.
—El rey... el rey tenía esto en su mesa —articuló Sofía en un murmullo roto, abriendo el papel con manos torpes para mostrárselo a la anciana. Bajo la tenue luz de la vela de la despensa, el retrato a lápiz de su propio rostro quedó expuesto—. Es mi retrato, Greta. Lo trajeron del Consejo. Si Kaelen o él lo miraban con atención, se habrían dado cuenta de que Elena y la hija de Ivanov son la misma persona. Tuve que tropezar... tuve que mojar la mesa para agarrarlo y que no lo vieran.
Greta se llevó las manos a la boca, el rostro perdiendo todo el color.
—Por los dioses, niña... —exclamó la anciana en un hilo de voz, mirando el papel arrugado—. Dime que no te vio tomarlo. Dime que pensó que fue un accidente.
—No lo sé, estaba furioso por el agua... —comenzó Sofía, pero sus palabras se cortaron cuando el eco de unos pasos firmes y metálicos retumbó en el pasillo exterior de la cocina.
La puerta de la cocina principal fue empujada con brusquedad. La voz fuerte y autoritaria de Lord Kaelen rompió el silencio de la noche.
—¡Greta! ¡Trae a la sirvienta nueva al despacho del rey de inmediato!
Sofía miró a Greta con el horror pintado en el rostro. El tiempo se había agotado. El Rey Lycan ya sabía que el papel no estaba en su mesa.