Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
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Capítulo 21 Una distancia que duele
El amanecer entró por las ventanas abiertas de la habitación principal.
Los primeros rayos de sol iluminaron las paredes que, apenas unos meses atrás, permanecían ocultas tras gruesas cortinas. Ahora la luz recorría cada rincón de la estancia, como si también quisiera celebrar el comienzo de una nueva vida.
Isabella abrió los ojos lentamente.
Durante unos segundos tardó en recordar dónde estaba.
Después sonrió.
Era la señora Vivaldi.
Giró la cabeza hacia el otro lado de la cama.
Marco ya no estaba.
Solo encontró la leve marca de la almohada y el aroma de su perfume.
Se incorporó despacio.
Sobre la mesita de noche había una pequeña nota escrita con una caligrafía firme.
"No quise despertarte. Estaré en los viñedos. Desayuna tranquila. Marco."
Isabella acarició el papel con una sonrisa.
No era una carta de amor.
Pero era la primera nota que él le escribía.
Y eso bastó para alegrarle la mañana.
Marco llevaba trabajando desde antes del amanecer.
Nunca había sentido tanto alivio al salir de la habitación.
Y, al mismo tiempo, nunca se había odiado tanto por hacerlo.
Mientras inspeccionaba las nuevas barricas, apenas escuchaba los informes del capataz.
Su mente seguía en la noche anterior.
En la mano de Isabella buscando la suya.
En la confianza con la que ella se había dormido a su lado.
Y en la mentira silenciosa que él seguía sosteniendo.
—¿Señor?
Marco levantó la vista.
—Disculpe.
¿Decía algo?
El capataz sonrió.
—Que la fermentación va exactamente como usted esperaba.
Marco asintió distraído.
Ni siquiera había escuchado una palabra.
En la mansión, Isabella bajó al comedor con el cabello aún húmedo.
Lucía ya la esperaba con el desayuno preparado.
Al verla entrar, sonrió con cariño.
—Buenos días, señora Vivaldi.
Isabella soltó una pequeña risa.
—Todavía me cuesta acostumbrarme.
Lucía le sirvió café.
—Con el tiempo dejará de parecerte extraño.
La joven se sentó.
Había algo en su expresión que la ama de llaves no tardó en notar.
—¿Ocurre algo?
Isabella negó rápidamente.
—No.
Todo está bien.
Lucía llevaba demasiados años leyendo los silencios de las personas.
—¿Y la primera noche?
Las mejillas de Isabella se tiñeron de rojo.
Bajó la vista hacia la taza.
—Fue... bonita.
La respuesta hizo que Lucía frunciera ligeramente el ceño.
—¿Solo bonita?
Isabella jugueteó con la cucharilla.
—Estuvimos hablando.
Después nos dormimos.
Nada más.
La sonrisa de Lucía desapareció.
Conocía demasiado bien a Marco para comprender lo que había ocurrido.
Sintió una punzada de preocupación.
Pero no dijo nada.
No era ella quien debía revelar un secreto que pertenecía únicamente a él.
Los días comenzaron a pasar.
Uno.
Dos.
Cinco.
Una semana.
Marco seguía siendo un esposo atento.
Jamás olvidaba preguntarle cómo había pasado el día.
Desayunaban juntos siempre que el trabajo se lo permitía.
Paseaban por los viñedos al atardecer.
Él escuchaba cada historia de su infancia como si fuera la más interesante del mundo.
Le regalaba pequeñas flores que encontraba durante sus recorridos.
Incluso sonreía con más frecuencia.
Pero cada noche...
Cuando llegaba el momento de entrar en la habitación...
Algo cambiaba.
Marco encontraba cualquier excusa.
—Estoy cansado.
Mañana debo levantarme temprano.
Tengo que revisar unos documentos.
Y cuando finalmente se acostaba a su lado...
Solo le daba un beso en la frente.
Después apagaba la luz.
Isabella nunca se quejaba.
Nunca preguntaba.
Pero el vacío comenzaba a instalarse poco a poco en su corazón.
Una tarde decidieron visitar juntos una pequeña bodega antigua que pertenecía a la familia Vivaldi desde hacía generaciones.
El lugar olía a madera, vino y piedra húmeda.
Marco caminaba delante de ella sosteniendo una lámpara.
—Aquí descansan algunas de las mejores cosechas de mi padre.
Isabella observaba todo con fascinación.
—Es como entrar en otra época.
Él sonrió.
—Eso mismo decía mi madre.
Llegaron hasta una enorme sala donde decenas de barricas reposaban en silencio.
Marco abrió una botella de una cosecha reciente.
Sirvió dos copas.
—Quiero que pruebes esto.
Ella dio un pequeño sorbo.
Cerró los ojos.
—Tiene un sabor diferente.
—Todavía está madurando.
Isabella volvió a probarlo.
—Como algunas personas.
Marco la miró.
—¿A qué te refieres?
Ella sonrió.
—A que hay cosas que necesitan tiempo para mostrar lo mejor de sí.
Él sintió que aquellas palabras parecían dirigidas a él.
Y quizá así era.
Cuando salieron de la bodega comenzó a llover.
Una lluvia suave.
Cálida.
Corrieron riendo hasta un antiguo cobertizo de piedra.
Isabella intentaba protegerse el cabello mientras Marco no podía dejar de mirarla.
Las gotas resbalaban por su rostro.
Ella reía como una niña.
Y aquella risa volvió a provocar en él esa extraña sensación que aparecía cada vez que la tenía cerca.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Se acercó despacio.
Sin pensar.
Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
Isabella levantó lentamente la vista.
Sus rostros quedaron separados por apenas unos centímetros.
Ninguno habló.
Marco ya no escuchaba la lluvia.
Solo podía mirar aquellos ojos color miel.
Entonces la besó.
Fue un beso lento.
Dulce.
Mucho más profundo que el que compartieron el día de la boda.
Isabella respondió de inmediato.
Llevaba días deseando sentir sus labios de nuevo.
Sus manos subieron hasta el cuello de Marco mientras él la abrazaba con una ternura que jamás había mostrado.
El beso fue haciéndose más intenso.
Más apasionado.
Más verdadero.
Por un instante, Isabella creyó que aquella sería la tarde en que, por fin, dejarían de existir las distancias entre ellos.
Podía sentir el deseo con el que él la besaba.
Podía sentir cómo sus manos temblaban sobre su cintura.
Pero, de repente...
Marco se apartó bruscamente.
Como si acabara de despertar de un sueño.
Respiraba con dificultad.
La miró unos segundos.
Y dio un paso hacia atrás.
—Perdóname...
susurró.
Antes de que Isabella pudiera decir una sola palabra, salió del cobertizo bajo la lluvia.
Ella permaneció inmóvil.
Con los labios aún temblando por el beso.
Sin comprender qué acababa de ocurrir.
Una punzada de dolor atravesó lentamente su pecho.
No porque él hubiera detenido el momento.
Sino porque, por primera vez desde que se casaron, comenzó a preguntarse si el problema no era la falta de tiempo...
Sino la falta de amor.
Y esa duda, silenciosa y cruel, empezó a instalarse en su corazón sin que ninguno de los dos imaginara cuánto daño podía llegar a causar.