Dicen que el Rey de Varken nunca ha tenido que repetir una orden dos veces.
Dicen que con una sola mirada puede hacer temblar a generales experimentados, que ministros con décadas de servicio pierden la voz en su presencia, que incluso los nobles más altivos agachan la cabeza cuando él entra a una habitación. Dicen que es frío como el mármol de su trono, calculador como un ajedrecista que ya vio el final del juego antes de que el rival mueva su primera pieza.
Lo dicen con miedo. Lo dicen en susurros.
Y tienen razón.
Todo el mundo le teme.
Todo el mundo, excepto ella.
NovelToon tiene autorización de andrea para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 5
La primera noche fue, sin exagerar, una tortura.
No por pesadillas ni por nervios de recién llegada a un mundo extraño. No. Fue por algo mucho más mundano y, para mi sorpresa, mucho más irritante: el calor.
Resulta que en Varken, las noches se combatían con velas y chimeneas encendidas hasta tarde, una solución perfectamente razonable para cualquier persona que hubiera nacido en este mundo. Para alguien que en su vida anterior dormía con el aire acondicionado al mínimo y un ventilador apuntándole directamente a la cara, era prácticamente un crimen contra la humanidad.
Me removí entre las sábanas, sudando, maldiciendo en silencio a quien fuera que decidió que las habitaciones reales debían sentirse como un horno en pleno verano. Extrañaba mi abanico de mano que guardaba en el cajón de la mesita de noche. Extrañaba el zumbido constante del aire acondicionado. Extrañaba, sobre todo, poder dormir sin sentir que me estaba derritiendo lentamente sobre el colchón.
Fue cuando ya estaba a punto de rendirme y dormir en el suelo de piedra, que recordé algo.
*La magia.*
Los recuerdos de Evelyn, todavía dispersos y a veces confusos, tenían fragmentos sobre algo que la vieja Evelyn nunca había desarrollado del todo: una afinidad con la magia de hielo. Algo de familia, según entendía, pero que ella jamás había practicado en serio porque, bueno, ¿para qué necesitaría hielo una duquesa que vivía rodeada de comodidades?
Yo sí lo necesitaba. Desesperadamente.
Me senté en la cama, cerré los ojos, y concentré toda mi atención en ese rincón de mi memoria que sabía, instintivamente, cómo hacer esto. Sentí un cosquilleo extraño recorrer mis manos, como agua helada corriendo bajo la piel, y cuando las abrí, pequeños cristales de escarcha comenzaban a formarse en mis dedos.
—Bien —susurré para mí misma—. Vamos a intentarlo.
No fue elegante. Tampoco fue controlado del todo. Pero logré, después de varios intentos y un par de carámbanos accidentales colgando de las cortinas, que el aire de la habitación se enfriara lo suficiente para sentirme, por primera vez desde que llegué a este mundo, cómoda.
Me recosté de nuevo, sintiendo el aire fresco rozar mi piel como una bendición, y por fin, finalmente, pude dormir.
*Quién diría,* pensé justo antes de cerrar los ojos, *que terminaría usando magia de hielo solo para tener mi propio aire acondicionado.*
Desperté con el sonido de la puerta abriéndose y los pasos apresurados de Marta entrando a la habitación.
—¡Mi lady! —exclamó, deteniéndose en seco al notar la temperatura del cuarto. Sus ojos se abrieron como platos al ver la escarcha todavía formada en una esquina de la ventana—. Por todos los... ¿qué pasó aquí?
—Nada, dormí bien —respondí, todavía medio dormida, estirándome bajo las sábanas—. ¿Qué hora es?
—Mi lady, no hay tiempo para eso —dijo Marta, ya recuperando la compostura y corriendo hacia el armario—. El rey está aquí. En la sala principal. Esperándola.
Me senté de golpe.
—¿Qué?
—El rey, Su Majestad, Kael Ravenscroft —repitió Marta, sacando un vestido cualquiera con la urgencia de alguien que ha vivido demasiadas crisis matutinas—. Llegó hace apenas unos minutos. Sus padres están con él, intentando mantener la conversación mientras la espera.
Me quedé congelada un segundo, literalmente, porque todavía quedaban restos de mi pequeño experimento mágico flotando como una neblina fina cerca del techo.
—¿Y por qué nadie me avisó anoche que vendría?
—Porque nadie lo sabía, mi lady —respondió Marta, ya tirando de mi brazo para levantarme—. Llegó sin anunciarse. Y, si me permite decirlo, no parecía estar de muy buen humor.
*Genial,* pensé, mientras Marta luchaba por deshacer la escarcha que se había formado en mi cabello durante la noche. *El hombre más arrogante de Varken decide aparecerse sin avisar, el día después de que lo dejé hablando solo en su propio palacio.*
Esto, sin duda, iba a ser interesante.
Marta trabajó con una rapidez impresionante, considerando que apenas minutos antes yo estaba dormida y rodeada de escarcha. Me puso un vestido azul oscuro con bordados dorados que recorrían el escote y las mangas, el tipo de prenda que claramente estaba pensada para causar una impresión sin necesidad de palabras.
—No tengo tiempo de hacer nada elegante con su cabello, mi lady —dijo Marta, cepillándolo apresuradamente—. Tendrá que ir así.
—Está bien —respondí, mirándome en el espejo solo el tiempo suficiente para confirmar que no parecía que acabara de salir de una tormenta de nieve interior—. De todas formas no voy a esforzarme por impresionar a nadie.
Marta no dijo nada, pero su expresión decía claramente que pensaba que esa actitud me iba a traer problemas.
Bajé las escaleras principales con calma, sin prisa, decidida a no darle al rey la satisfacción de verme apresurada por su culpa. Cuando llegué a la sala principal, encontré a mis padres conversando con él con esa cortesía tensa que solo se usa cuando alguien importante e inesperado se presenta sin avisar.
Kael estaba de pie cerca de la ventana, con las manos detrás de la espalda, en una postura tan perfectamente regia que parecía sacada de un retrato. Llevaba ropa oscura, sencilla en comparación con la que vi en el palacio, pero igual de imponente. Sus ojos verdes se posaron en mí en el instante en que entré, y por un segundo, algo cruzó su expresión que no supe identificar.
—Su Majestad —dijo mi madre, con una sonrisa nerviosa—, aquí está Evelyn.
—Rodrick, Elowen —dijo Kael, sin apartar la vista de mí—, ¿podrían concedernos un momento?
Mis padres intercambiaron una mirada rápida. Mi padre asintió, tomó del brazo a mi madre, y ambos salieron de la sala, no sin antes lanzarme una mirada que claramente decía *"por favor, comportate."*
Lo cual, seamos honestos, no estaba garantizado.
Nos quedamos solos en la sala. Yo no me moví de donde estaba. No hice ninguna reverencia. Lo miré directamente, igual que la primera vez, esperando a ver qué tenía que decir.
—No me hizo reverencia —observó él, con una ceja levantada.
—Noté que usted tampoco la hizo —respondí.
—Soy el rey.
—Y yo soy alguien a quien no le gusta que la despierten sin avisar —dije, cruzándome de brazos—. Así que estamos empatados en groserías.
Algo parecido a la diversión cruzó su rostro, aunque lo disimuló rápido.
—Vine porque, después del numerito de ayer, consideré apropiado tener una conversación civilizada con mi prometida.
—¿Civilizada? —repetí—. Empezó la conversación señalando que no le hice una reverencia.
—Era una observación, no una queja.
—Sonó como una queja.
Kael cerró los ojos un segundo, como buscando paciencia en algún rincón de su alma que claramente no usaba con frecuencia.
—Lady Evelyn, entiendo que mi comentario de ayer sobre usted no fue... el más apropiado.
—¿Se está disculpando? —pregunté, genuinamente sorprendida.
—No —respondió de inmediato—. Estoy explicando el contexto. Llevaba toda la mañana con papeleo, el consejo me tenía exasperado, y usted entró en el peor momento posible.
—Ah, entonces sí fue mi culpa que usted hablara mal de mí a mis espaldas.
—No dije eso.
—Lo insinuó.
—Usted tiene una manera particular de retorcer las palabras de las personas.
—Y usted tiene una manera particular de evitar disculparse —respondí, sin alterar el tono—. Es casi admirable, en realidad. Como una habilidad especial.
Por un momento pensé que se molestaría. En cambio, algo que se parecía sospechosamente a una sonrisa tiró de la comisura de su boca antes de que él la borrara con visible esfuerzo.
—Este compromiso fue arreglado por mi padre, antes de que yo asumiera el trono —dijo, cambiando el tono a uno más serio—. No fue mi elección, igual que entiendo que tampoco fue la suya.
—No, no lo fue —confirmé.
—Pero es la realidad en la que estamos —continuó—. Y preferiría que, de aquí al baile, encontráramos una manera de tolerarnos mutuamente sin que usted salga corriendo cada vez que me ve.
—No salí corriendo —corregí—. Me retiré con dignidad.
—Se fue dejándome hablando solo frente a todo mi consejo.
—Eso también.
Kael suspiró, frotándose el puente de la nariz con dos dedos, en un gesto que sospeché hacía con frecuencia, probablemente desde que yo entré en su vida apenas un día antes.
—Solo vine a decir esto —dijo finalmente, mirándome directo a los ojos—: en el baile, se espera que actuemos como una pareja comprometida. Cordial. Presentable.
—Puedo ser cordial —respondí—. No prometo presentable, eso depende del vestido que Marta me ponga.
Esta vez, la sonrisa que él intentaba contener ganó la batalla, aunque solo por un instante antes de que volviera a esa expresión regia y controlada.
—Es usted exasperante, Lady Evelyn.
—Y usted vanidoso, Su Majestad —respondí—, pero parece que ambos tendremos que aprender a vivir con ello.
Kael me observó un momento más, con esos ojos verdes que parecían estar evaluando algo que iba más allá de la conversación que acabábamos de tener, y por primera vez desde que llegué a este mundo, no supe exactamente qué pensar de la expresión en su rostro.
—El baile es en tres días —dijo finalmente, dirigiéndose hacia la puerta—. Espero que para entonces haya decidido si quiere hacerme reverencia o no.
—No cuente con ello —respondí.
Se detuvo en el marco de la puerta, giró la cabeza lo suficiente para mirarme una última vez, y por un breve segundo, juraría que esa expresión arrogante se suavizó apenas.
—No esperaba menos —dijo, y se marchó.
Me quedé sola en la sala, todavía con los brazos cruzados, preguntándome por qué esa última mirada suya había logrado hacerme sentir algo que definitivamente no estaba en mis planes sentir.
Absolutamente nada,me dije a mí misma, sin convencerme del todo. No siento absolutamente nada.