Sinopsis: Él pensó que se casaba con un monstruo. Ella pensó que compraba un peón. Ninguno imaginó que el verdadero peligro no vendría de sus enemigos en las calles de Sicilia, sino de la irresistible tensión de compartir la misma cama. Una viuda poderosa, un esposo indomable y una mano derecha celosa dispuesta a todo por destruirlos.
¿Estás lista para conocer a La Reina de la Mafia? Una nueva y adictiva historia de la escritora Rocío Duque.
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El Nido de víboras...
Matías cerró la puerta de su despacho privado con un golpe seco, girando la llave con una violencia que reflejaba la furia contenida que le quemaba el pecho. Se aflojó la corbata, sintiendo que el cuello todavía le ardía por la soga invisible que Alex Lombardi le había colocado alrededor en la sala del consejo.
La soberbia había desaparecido. En su lugar, una paranoia fría y calculadora había tomado el control.
Se sirvió un vaso de whisky puro, pero no se lo tomó; se limitó a apretar el cristal con tanta fuerza que sus nudillos se tiñeron de blanco. Repasó mentalmente cada segundo de la reunión. La forma en que el extranjero había deslizado la tableta, el tono de su voz, la precisión milimétrica con la que había bloqueado Palermo en cuestión de minutos... Eso no era la audacia de un hombre de negocios con suerte. Eso era doctrina militar de alto nivel. Era contraterrorismo. Era táctica de operaciones especiales.
—¿Quién demonios eres en realidad? —masculló Matías para sí mismo, clavando la mirada en la pared.
Había estado dolorosamente equivocado. Había subestimado al enemigo, tratándolo como a un intruso ambicioso que solo buscaba la fortuna de los Lombardi a través del colchón de Victoria, cuando en realidad se había metido en la jaula con un lobo de élite. Pero Matías no iba a dejarse cazar tan fácilmente. Si Alex Lombardi tenía esas habilidades, significaba que tenía un pasado. Y en el mundo de la inteligencia militar, todo pasado deja una huella de sangre y documentos clasificados.
Dejó el vaso sobre el escritorio y encendió una computadora portátil modificada, conectada a una red satelital encriptada fuera del alcance de los servidores que Alex había congelado. Si el extranjero controlaba las líneas oficiales de la mansión, Matías usaría sus propios canales en el mercado negro de la información.
Abrió una ventana del navegador de la deep web y tecleó una serie de códigos que lo conectaron con un hacker internacional al que el clan Lombardi le había comprado favores en el pasado; un hombre apodado "El Broker", capaz de desenterrar los secretos mejor guardados de la OTAN si el precio era el adecuado.
El cursor parpadeó en la pantalla oscura. Matías apoyó los dedos en el teclado, con los ojos brillando con una intensidad letal. No buscaba registros financieros ni actas de nacimiento falsas; buscaba archivos reservados, bajas militares, operaciones encubiertas. Necesitaba encontrar la verdadera identidad de Alex y el motivo real de su llegada a Sicilia.
Si lograba demostrarle a Victoria y al consejo que su flamante y brillante esposo era en realidad un agente encubierto o un mercenario con una agenda oculta, la ejecución de la rata cambiaría de dirección. Sería Alex quien terminaría con una bala en la cabeza en el patio trasero de la mansión.
Los minutos se convirtieron en una hora agonizante. El único sonido en el despacho era el zumbido del ventilador de la computadora y el tamborileo incesante de los dedos de Matías contra la mesa.
En la pantalla, las líneas de código verde pasaban a toda velocidad mientras el software del Broker rastreaba bases de datos gubernamentales, registros de la Interpol y archivos de inteligencia desde Washington hasta Roma. Matías había proporcionado el nombre completo y el apellido de soltero con el que el extranjero se había presentado en Sicilia y firmado el acta de matrimonio con Victoria: Alexander Sterling. El nombre con el que el consejo de seguridad lo conocía oficialmente.
De repente, la pantalla se detuvo y parpadeó un cuadro de texto rojo: SIN RESULTADOS.
El ícono del chat encriptado se activó, y las palabras del Broker comenzaron a aparecer en tiempo real:
«No hay nada. El historial de Alexander Sterling es impecable, pero artificial. Comenzó a tener movimientos financieros y civiles hace exactamente tres años en Milán. Antes de esa fecha, ese hombre no existe en ningún sistema del mundo. No hay registros escolares, ni médicos, ni huellas dactilares asociadas en el sistema europeo con esa identidad. Es un nombre limpio. Demasiado limpio para ser real».
Matías apretó los dientes, tecleando con furia.
—Busca más a fondo. Registros militares desclasificados, agencias extranjeras, rostros. Usa el reconocimiento facial de la foto que te envié, olvídate del apellido Sterling —ordenó.
La respuesta del Broker tardó apenas unos segundos en llegar, y esta vez traía un tono de sutil advertencia:
«Ya lo hice. El reconocimiento facial arrojó un bloqueo de nivel 5 del Ministerio de Defensa británico y el Pentágono. El archivo real de ese rostro existe, pero está encriptado bajo un protocolo fantasma. Quienquiera que sea el hombre de tu foto, su verdadera identidad y su auténtico apellido fueron borrados de la faz de la tierra. Oficialmente, es un fantasma. Y un consejo gratis, amigo: cuando intentas rascar en un archivo de ese nivel, el software de la CIA detecta la intrusión en cinco minutos. Voy a desconectarme antes de que vengan por mí. No me vuelvas a buscar para esto».
La pantalla se fundió a negro. La conexión se había cortado.
Matías apartó la computadora de un manotazo, la mandíbula tensa al límite. El sudor frío le perló la frente. El apellido Sterling que Alexander usaba era solo una máscara perfecta, una identidad anglosajona creada por profesionales para introducirlo en la alta sociedad y, en última instancia, en el imperio de los Lombardi. El hombre que dormía en la cama de la Reina era un operativo de un nivel tan jodidamente alto que el sistema internacional lo protegía con un escudo de invisibilidad.
Un fantasma. Se había metido con un maldito fantasma que usaba un nombre y un apellido falsos.
A unos cuantos pasillos de distancia, en la penumbra del ala principal de la mansión, Alexander caminaba con pasos silenciosos hacia la suite presidencial. Se desabrochó los primeros dos botones de la camisa negra, liberando un poco de la tensión acumulada tras la reunión con el consejo.
De repente, un sutil zumbido vibró contra su pecho.
Alexander se detuvo a mitad del corredor. Sacó de su bolsillo interior el teléfono secundario de alta encriptación —el mismo dispositivo que mantenía oculto de Victoria—. La pantalla oscura se había iluminado con un parpadeo ámbar. No era una llamada. Era una notificación de seguridad de nivel de comando de las fuerzas especiales.
Un mensaje de texto encriptado apareció en la pantalla táctil:
ALERT: INTRUSION DETECTED.
Intento de reconocimiento facial en el servidor central (Nivel 5 - Pentágono). Origen del rastreo: Red espejo en Palermo, Sicilia. Contramedidas activadas. Identidad protegida.
Alexander contempló la pantalla durante unos segundos. Sus ojos claros se entrecerraron, desprovistos de cualquier emoción humana, transformándose de inmediato en los de un frío estratega en medio de una zona de combate. No le sorprendió el ataque informático; al contrario, una sonrisa casi imperceptible y peligrosa curvó sus labios.
Sabía perfectamente quién estaba detrás de esa computadora en Palermo. Matías había mordido el anzuelo. Al verse acorralado en la reunión, el sicario había corrido a buscar su pasado, desesperado por encontrar algo que pudiera usar para salvar su propio pellejo. Lo que Matías no sabía era que buscar a "Alexander Sterling" en el sistema gubernamental era como intentar atrapar el humo con las manos: lo único que lograbas era alertar al dueño del fuego.
—Desesperado, Matías... —susurró Alexander para sí mismo, guardando el teléfono en el bolsillo—. Estás cometiendo errores demasiado rápido.
Apoyó la mano en la perilla de la puerta de su habitación, donde Victoria probablemente lo esperaba con mil preguntas y la guardia en alto. Alexander respiró hondo, guardó al soldado en su interior y se preparó para volver a ponerse la máscara del esposo protector.
La trampa estaba lista, y la rata ya estaba corriendo directo hacia ella.
¡Llegamos a uno de mis capítulos favoritos! Quería que sintieran esa mezcla de peligro, deseo y desconfianza absoluta que rodea a Victoria y Alexander. Llegar hasta aquí con ustedes, ver cómo reaccionan y cómo se sumergen en este romance oscuro está siendo un viaje increíble. Gracias por leer, por apoyar mis letras y por ser cómplices de este imperio. ¿Qué les pareció este encuentro? 🖤
Detrás de cada imperio hay secretos oscuros, y detrás de cada capítulo de La reina de la mafia, hay horas de entrega, pasión y un trozo de mi alma. Ya hemos dejado atrás 9 capítulos; hemos visto la frialdad, el poder, los conflictos internos y la tensión que rodea a nuestra reina y su entorno.
Solo quiero decirles: GRACIAS. Gracias por no dejarla sola en este camino tan peligroso, por morderse las uñas conmigo y por apasionarse con este universo tanto como yo. Su apoyo es el motor que me empuja a seguir escribiendo el destino de los Lombardi.
Prepárense, porque lo que viene va a sacudir los cimientos de todo lo que creen saber... Que tengan un día increíble. ☕🌹