Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Capítulo 6: El Refugio Compartido
El Comedor Comunitario de la Esperanza Eterna era uno de los pocos lugares en el Barrio Bajo 17 donde la tensión entre facciones se convertía en un equilibrio inestable pero funcional. Ubicado en lo que antes había sido un gran almacén industrial, el edificio había sido rehabilitado por la Iglesia con donaciones, mano de obra voluntaria y algo de tecnología básica prestada. Sus paredes de hormigón estaban reforzadas con placas metálicas y bendiciones grabadas que repelían presencias demoníacas menores. Grandes ventanales con rejas permitían la entrada de luz natural durante el día, mientras que por la noche potentes reflectores y drones de vigilancia de la Orden de San Miguel custodiaban el perímetro.
El olor dentro era una mezcla reconfortante de sopa caliente, pan recién horneado, incienso suave y el inevitable rastro metálico de armas y equipo táctico. Cada tarde, desde las cuatro hasta las nueve, el lugar se convertía en un punto de encuentro obligatorio para los habitantes del barrio y los cazadores de todas las facciones que operaban en la zona.
Ese día en particular, el comedor estaba más lleno que de costumbre. La noticia de la reciente aparición de un demonio Clase III en el Sector 42 había corrido como pólvora, y muchos buscaban no solo comida, sino también información y un momento de relativa seguridad.
Elena Vargas entró con su grupo reducido. Después de la pérdida de Tomás la noche anterior, solo quedaban once. Llevaba el relicario bien visible sobre el pecho y un rifle colgado a la espalda. A su lado caminaban Raúl y Carla, cargando bolsas con partes de demonio que pensaban vender más tarde. Detrás venían varias familias del barrio que protegían: la señora González con su hijo enfermo, tres madres solteras y un anciano que apenas podía caminar.
—Mantengan la cabeza alta —murmuró Elena—. Aquí no pedimos limosna. Venimos a recoger lo que nos corresponde por defender este lugar.
El salón principal era amplio, con largas mesas de metal dispuestas en filas y bancos corridos. Al fondo, una cocina industrial donde varias monjas y voluntarios servían comida. En una esquina se había improvisado una pequeña enfermería con cortinas blancas, donde se atendían heridas menores y se distribuían medicamentos básicos.
Verónica se encontraba allí, de pie detrás de una de las mesas de servicio. Su hábito blanco y negro estaba impecable a pesar del calor del lugar. El velo cubría casi todo su cabello rubio dorado, pero dos mechas carmesí finas escapaban cerca de su sien izquierda, capturando la luz de las lámparas como hilos de fuego vivo. Movía sus manos con serenidad, sirviendo platos de sopa espesa con verduras, carne sintética enriquecida y pan.
Elena la vio por primera vez desde la entrada. Se detuvo un segundo, observándola desde lejos, entre la multitud. Había oído hablar de “la monja alta de las mechas rojas”, pero nunca la había visto en persona. Había algo en su presencia —una dignidad tranquila, casi regia— que la hizo sentir un extraño respeto inmediato.
—Esa debe ser la que cura sin cobrar —le susurró Carla a Elena—. Dicen que su magia es sutil pero efectiva.
Elena asintió sin decir nada, pero sus ojos permanecieron fijos en Verónica mientras avanzaban hacia la fila.
En otra sección del comedor, cerca de las ventanas, un grupo de cinco cazadores de hélix comía con evidente desdén. Vestían armaduras parciales Abyssal Mark III, relucientes y caras, y comían con lentitud, como si estuvieran en un restaurante de lujo en vez de un refugio para pobres. Entre ellos estaba Karl, el operador herido de la operación de la noche anterior, y dos compañeros más.
—Mira esto —río uno de ellos, levantando un trozo de pan—. Comida gratis para ratas. ¿Cuánto crees que cuesta mantener este circo?
Karl soltó una carcajada baja.
—Suficiente para que las monjitas se sientan útiles. Nosotros cobramos por matar demonios. Ellos dan sopa y bendiciones. Patético.
Sus voces eran lo suficientemente altas como para ser escuchadas por varios independientes cercanos. Un par de ellos apretaron los puños, pero nadie inició una pelea. El comedor era zona neutral. Romper esa regla significaba ser expulsado y perder el acceso a comida y medicina.
Cerca de la enfermería, el hermano Mateo y otros tres cazadores de la Orden de San Miguel descansaban. Llevaban equipo más modesto pero funcional, con símbolos eclesiásticos grabados. Mateo tenía una taza de té entre las manos y observaba todo con atención protectora, especialmente a las monjas.
—Hermano, ¿has visto cómo aumenta la actividad? —preguntó uno de sus compañeros—. Las fisuras… los sensores están detectando más anomalías.
Mateo asintió, serio.
—Por eso estamos aquí. No solo para comer. Vigilamos. Las hermanas son nuestro mayor tesoro. Especialmente Sor Verónica. Hay algo en ella… diferente.
Desde su posición, Elena observaba la dinámica completa mientras esperaba en la fila. Los independientes como ellos llegaban exhaustos, con familias a cuestas, buscando un plato caliente que les permitiera seguir luchando un día más. Los de la Iglesia venían a recargar energías y proteger. Los de hélix… solo venían a burlarse y recordarles a todos quién tenía el verdadero poder.
Cuando le llegó el turno, Verónica levantó la mirada y le sirvió directamente a Elena.
—Que el Señor te bendiga —dijo Verónica con voz suave y melódica—. Hoy hay estofado con proteínas extras. Lo necesitas después de anoche.
Elena parpadeó, sorprendida de que supiera sobre la pelea.
—¿Cómo…?
—Las noticias viajan rápido en el barrio —respondió Verónica con una sonrisa serena—. Y tus ojos hablan por sí solos. Lamento lo de Tomás. Era un buen hombre.
Por un instante, Elena sintió un nudo en la garganta. La monja no solo servía comida; parecía ver más allá.
—Gracias —murmuró Elena—. Ustedes también hacen lo suyo. Sin cobrar.
Verónica inclinó ligeramente la cabeza. Sus mechas carmesíes brillaron por un segundo bajo la luz.
—Cada quien lucha como puede. Lo importante es que sea por el prójimo.
Elena tomó el plato y se movió hacia una mesa, pero siguió observando a Verónica desde lejos. La monja no solo servía; también se movía entre las mesas, deteniéndose a hablar con familias, colocando discretamente una mano sobre hombros o frentes para ofrecer alivio sutil. Elena notó cómo, en un momento, Verónica se acercó al hijo enfermo de la señora González. Sus dedos largos rozaron la frente del niño. Una luz casi imperceptible, dorada con vetas carmesí, fluyó por un instante. El niño suspiró y su fiebre pareció bajar visiblemente.
—No es la primera vez que la veo hacer eso —comentó Raúl en voz baja mientras comían—. Cura sin alardear. A diferencia de los curanderos de hélix que cobran por cada inyección.
En la mesa de hélix, las burlas continuaban.
—Miren a esa monja alta —dijo uno de ellos señalando a Verónica—. Con esas mechas rojas parece más demonio que santa. Apuesto a que debajo del hábito esconde algo interesante.
Karl río.
—Ojalá. Pero seguro es tan aburrida como todas. Rezar y dar sopa. Mientras tanto, nosotros salvamos a los Vanderbilt anoche y nos pagaron una fortuna.
Uno de los independientes de otra mesa, un hombre robusto llamado Marco, no aguantó más.
—¿Salvamos? Ustedes solo protegen a quien paga. Nosotros protegemos a nuestros hijos.
La tensión subió. Mateo y sus cazadores de la Iglesia se pusieron de pie, listos para intervenir si era necesario.
Verónica levantó una mano con calma desde donde estaba.
—Este lugar es para comer y sanar, no para pelear —dijo con voz clara pero sin agresividad—. Todos enfrentamos la misma oscuridad. Algunos con contratos, otros con fe, otros con corazón. El Señor ve las intenciones.
Su presencia era suficiente para calmar el ambiente. Incluso los de hélix bajaron la mirada, aunque uno de ellos murmuró algo sobre “idealistas ingenuos”.
Elena comió en silencio, observando todo. Vio cómo Verónica se movía entre facciones sin favoritismos evidentes, pero con un respeto especial hacia los que ayudaban sin pedir. Cuando pasó cerca de su mesa, Elena se atrevió a hablarle de nuevo.
—Usted no es como las otras monjas. Hay algo… más en usted.
Verónica se detuvo. Sus ojos azules profundos se encontraron con los de Elena.
—Todos tenemos dos caras, señora Vargas. La que mostramos al mundo y la que guardamos para cuando realmente importa. La mía aún espera su momento.
Elena sintió un escalofrío. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba frente a alguien que entendía el verdadero peso de perderlo todo y seguir luchando.
Durante las siguientes horas, el comedor siguió su ritmo. Familias independientes compartían historias de supervivencia. Los cazadores de la Iglesia repartían información sobre posibles fisuras y patrones de demonios. Los de hélix, después de terminar su comida, se levantaron haciendo comentarios sarcásticos sobre “la caridad que no cambia nada” y se marcharon en su vehículo blindado.
Verónica permaneció hasta el final, ayudando a limpiar, atendiendo a los últimos heridos y bendiciendo a quienes se iban. Elena se quedó más tiempo del necesario, ayudando a distribuir mantas y escuchando a otras madres.
Cuando ya casi todos se habían marchado, Verónica se acercó una última vez a Elena.
—Si necesitan medicina para el niño González, ven mañana temprano. Tendré preparada una dosis especial.
—Gracias —dijo Elena sinceramente—. No muchos como usted quedan.
Verónica sonrió con esa elegancia contenida.
—Quedan más de los que crees. Solo que algunos aún no han despertado su otra faceta.
Elena salió del comedor con su grupo cuando ya era noche cerrada. El aire frío del barrio contrastaba con el calor del refugio. Mientras caminaban hacia su base, no pudo dejar de pensar en la monja de las mechas carmesí. Había visto nobleza en muchos lugares, pero en Verónica había algo más. Una profundidad. Una promesa silenciosa de que, cuando las fisuras se abrieran de verdad, no estaría sola.
Dentro del comedor, Verónica recogió los últimos platos. Sus manos se movían con precisión, pero en su mente guardaba la sensación de las fisuras creciendo. Había sentido la presencia de Elena y su grupo. Gente noble. Gente que merecía respeto.
Por ahora, seguía siendo solo la monja tranquila.
Pero el momento se acercaba.
El comedor quedó en silencio, salvo por el leve zumbido de los generadores. Las monjas menores terminaron de limpiar mientras Mateo y sus hombres patrullaban el exterior. La noche en los Barrios Bajos continuaba, con sus peligros y sus pequeños actos de resistencia.
Elena, desde el techo de su edificio horas después, miró hacia la dirección del comedor. Por primera vez en años, sintió una chispa de algo parecido a la esperanza.
Tal vez, solo tal vez, había aliados más fuertes de lo que imaginaba.