Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capitulo 19
El silencio que reinaba esa noche en el penthouse no era el habitual silencio tenso de los días anteriores, cargado de códigos de seguridad, patrullajes de Marcus y miradas de reojo. Era una paz auténtica, casi irreal. Por primera vez en una semana, las encías de Mia le habían dado tregua; la bebé se había tomado el biberón completo sin un solo quejido y ahora descansaba plácidamente en su moisés en un rincón de la sala, envuelta en su manta rosa y respirando con un ritmo suave y acompasado.
Sin la sirena de los llantos y sin la presión de un asistente social revisando los rincones, la pesadez del encierro pareció evaporarse por unas horas.
Julia terminó de picar un poco de albahaca fresca sobre la barra de mármol de la cocina. Para sorpresa de nadie, Ethan no tenía la menor idea de cómo encender la estufa para algo que no fuera calentar agua para el café, así que ella había tomado el control de la cena: una pasta casera simple, cuyo olor a ajo, tomate y mantequilla había transformado el frío aire minimalista del departamento en algo que se parecía muchísimo a un hogar.
Ethan apareció por el pasillo. No llevaba el traje gris de tres mil dólares ni la corbata perfectamente alineada. Vestía unos pantalones oscuros de algodón y una playera gris de manga corta que dejaba a la vista sus brazos bien formados. Se veía más joven, más accesible, despojado de esa armadura corporativa con la que solía intimidar al mundo.
—Huele bastante bien para ser algo que no requiere una reservación con tres semanas de anticipación —comentó Ethan, apoyándose en la barra con una sonrisa sutil que no tenía rastro de arrogancia.
—Es comida real, señor Vance. De esa que requiere ensuciarse las manos y no solo deslizar una tarjeta de crédito —respondió Julia, pasándole un plato hondo con la pasta humeante—. Siéntese. Hoy no hay inspectores a los que engañar, así que puede criticar mi sazón con total libertad.
Ethan tomó el plato, pero antes de sentarse, se quedó mirándola fijamente.
—Te dije que dejaras el "señor Vance" cuando estuviéramos solos, Julia. Me hace sentir como si estuviera a punto de despedirte o de pedirte un informe de presupuesto.
Julia sirvió su propio plato y se sentó en el taburete de al lado, demasiado cerca de él, sintiendo el calor habitual que desprendía su cuerpo.
—Es la costumbre. Mantener las distancias profesionales me ayuda a recordar que mi jefe es un tiburón de las finanzas y no... el hombre que se balancea en calcetines cantando himnos universitarios a las tres de la mañana.
Ethan soltó una carcajada limpia, un sonido ronco y genuino que Julia apenas había escuchado un par de veces. Comenzaron a cenar en una atmósfera extrañamente cómoda. Rieron por la forma en que los guardaespaldas de Marcus se tomaban demasiado en serio la esterilización de los chupones y recordaron la cara de pánico del señor Clog cuando Mia soltó aquel enorme gas en medio de la junta directiva. Por primera vez, estaban actuando como una familia de verdad, compartiendo la mesa, la comida y las risas, sin la necesidad de montar un teatro para salvar las apariencias.
A mitad de la cena, el vino blanco hizo su efecto y la guardia de ambos bajó por completo. El ambiente se volvió cálido, íntimo, envuelto en la suave luz amarilla de las lámparas de la cocina.
—¿Siempre fuiste así de obstinado? —preguntó Julia, apoyando la barbilla en su mano, mirándolo de reojo—. ¿O el traje de tipo duro te lo dieron cuando firmaste tu primer millón?
Ethan miró su copa de vino, dándole vueltas al líquido con un movimiento lento.
—Vengo de un lugar donde si no eras obstinado, te pasaban por encima, Julia —confesó en voz baja, con un tono de sinceridad que le erizó la piel a la niñera—. Mi padre perdió todo en una mala inversión cuando yo tenía doce años. Pasamos de tenerlo todo a deberle a gente muy peligrosa. Vi a mi madre llorar en la mesa de la cocina porque no sabía si la próxima semana tendríamos electricidad. Me prometí a mí mismo que nunca volvería a estar en una posición de debilidad. Que acumularía tanto poder y dinero que nadie, jamás, podría ponerme un dedo encima ni a mí, ni a los míos. Por eso me volví este monstruo de los negocios. El dinero no me importa por los lujos... me importa por los muros que construye a mi alrededor.
Julia lo escuchó en absoluto silencio, descubriendo la grieta oculta bajo el hielo de su personalidad. El hombre arrogante no era más que un niño asustado que había construido una fortaleza para que el mundo no volviera a lastimarlo.
—¿Y tú? —preguntó Ethan, clavando sus ojos oscuros en ella—. ¿De dónde salió esa lengua afilada y esa maldita costumbre de no tenerle miedo a nada, ni siquiera a un tipo que puede comprar el edificio donde naciste?
Julia sonrió con un toque de melancolía, mirando el plato de pasta.
—Me crié con tres hermanos mayores en un barrio donde el espacio se ganaba a gritos —explicó ella, encogiéndose de hombros—. Mi madre trabajaba en un hospital, turnos dobles. Aprendí a cocinar, a limpiar y a defenderme sola antes de cumplir los diez años. Mis hermanos intentaban asustarme todo el tiempo, pero descubrí muy rápido que si les sostenías la mirada y les decías una verdad incómoda, se echaban para atrás. Supongo que por eso no me asustan tus millones, Ethan. He visto hombres más rudos que tú retroceder solo porque les hablé con la verdad.
Ethan se quedó en silencio, repitiendo el sonido de su propio nombre en los labios de ella. *Ethan*. Sonaba diferente cuando lo decía Julia. No sonaba a la firma de un contrato; sonaba a un hombre real.
Se inclinó un poco hacia adelante en la barra, reduciendo la distancia entre ambos. Sus ojos bajaron de manera inevitable hacia los labios de Julia, reviviendo la electricidad de la noche en el club.
—La mentira de nuestra relación... —susurró Ethan, con la voz volviéndose densa y pesada—. El teatro que le montamos al asistente social, lo que le dijimos a la policía... ¿crees que todavía tiene algo de falso?
Julia sintió que el pulso se le aceleraba de golpe. La intimidad doméstica de la cena, los secretos compartidos y la forma en que él la miraba hacían imposible sostener la mentira. Ya no había contratos, ni roles de jefe y empleada, ni fachadas de conveniencia. Lo que sentían el uno por el otro se había vuelto tan real y palpable como el aire que respiraban.
—No —confesó Julia, sosteniéndole la mirada con esa valentía que a él tanto le fascinaba—. Ya no tiene nada de falso, Ethan. Y eso me asusta más que los hombres que te dejaron la rosa negra en el auto.
Ethan estiró la mano sobre la barra de mármol y le tomó los dedos, apretándolos con una suavidad firme que le transmitió una seguridad absoluta. El roce de sus manos encendió de nuevo esa chispa que amenazaba con quemar el penthouse por completo.
—No dejes que te asuste —dijo él, con una gravedad absoluta—. Te prometí que protegería lo que es mío. Y en esa lista ya no solo está Mia, Julia. También estás tú.
Julia tragó saliva, sintiendo que el corazón le daba un vuelco incontrolable. Se quedaron allí, mirándose en la penumbra de la cocina, disfrutando de la calidez de ese respiro perfecto, sabiendo perfectamente que afuera, en la oscuridad de la ciudad, la tormenta de la mafia seguía acechando, pero que adentro, las reglas del juego habían cambiado para siempre.