un omega que es padre soltero, que se encuentra en una situación difícil ya que se quedo sin trabajo recientemente, se reencuentra con un excompañero de la escuela y le comenta que en la empresa que esta trabajando estan buscando personal que no descrimina a las personas por sus rasgos secundarios es ahi donde conocera a un alfa que le demuestrara lo que es el amor.
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Un momento glorioso
Llegó el día de la resolución final. El despacho estaba en silencio, con todos los papeles ordenados y las pruebas listas, acumuladas durante más de dos meses de lucha. Beom-seok entró caminando derecho, la mano firme tomando la de Seo-yun, y Kang-min iba un paso atrás, no como quien manda, sino como quien respalda cada uno de sus pasos.
Tae-jun llegó con aire de suficiencia, seguro de que su condición de alfa y sus argumentos vacíos serían suficientes para ganar. Pero cuando el juez empezó a leer la sentencia, su sonrisa se borró poco a poco.
Se dictaminó que la custodia quedaba totalmente y de forma permanente en manos de Beom-seok. Quedó demostrado que Tae-jun nunca había estado presente en la vida de la niña, que había abandonado a su pareja cuando más lo necesitaba, y que su única intención era obtener un beneficio propio, sin ningún interés real por el bienestar de Seo-yun. Además, se le prohibió acercarse a ellas o intentar comunicarse sin autorización.
Al escuchar esto, Tae-jun perdió por completo el control. Se giró hacia Beom-seok, con los ojos llenos de rabia y frustración:
—¡No te creo! ¡Solo eres un omega que no sabe nada de la vida! —gritó, sin importarle quién lo escuchaba—. ¡Te has aprovechado de todo, te has escondido detrás de otros para quedarte con lo que no te corresponde!
Beom-seok no retrocedió ni un milímetro. Se puso delante de él, con la mirada serena pero impasible, y habló con una voz que no dejó lugar a dudas:
—No me he escondido de nada. He trabajado cada día, he cuidado de mi hija con amor y dignidad, y he demostrado la verdad con hechos. Tú has venido a mentir y a intentar robar lo que no te mereces. Esta victoria no es mía solo: es de todos los que luchan y no se dejan vencer por gente como tú. Vete, y no vuelvas a aparecer en nuestras vidas.
Tae-jun quiso responder, pero al ver la firmeza en la cara de Beom-seok, y notar cómo Kang-min se había acercado un poco, con una sola mirada que le advirtió que no daría un paso más, entendió que ya no tenía nada que hacer ahí. Murmuró una maldición entre dientes, golpeó el puño contra la pared y salió del lugar, sabiendo que no tenía ninguna posibilidad de volver a interferir.
Cuando se quedaron solos, Beom-seok suspiró profundamente, como si soltara un peso que llevaba encima desde años. Seo-yun lo abrazó fuerte por la cintura, y él se agachó para alzarla y llenarla de besos. Kang-min se acercó despacio, y esta vez no hubo dudas: Beom-seok levantó la vista y le dedicó una sonrisa completa, llena de alivio y gratitud.
—Lo hiciste tú —dijo Kang-min bajito, con orgullo—. Todo esto es gracias a ti.
—Lo hicimos juntos —corrigió él, extendiendo una mano hacia él—. y ahora se dirigian por fin a casa en paz