**Una promesa sellada con sangre y eternidad.**
Tras la traición de su prometido, Cecil intenta concentrarse en lo único que siempre le ha dado sentido a su vida: la medicina. Como parte de una comisión médica de Oxford, viaja al reino de Kratos, sin imaginar que aquel viaje cambiará su destino para siempre.
Desde su llegada, extraños sueños y recuerdos que no le pertenecen comienzan a atormentarla. Al mismo tiempo, se siente inexplicablemente atraída por el rey Azharel, un hombre tan poderoso como enigmático, cuyos ojos parecen guardar el dolor de siglos enteros.
Lo que Cecil ignora es que su historia con Azharel comenzó mil años atrás, cuando él era un príncipe vampiro que renunció a todo por amor. Separados por la tragedia y la muerte, una promesa sellada con sangre y eternidad los mantuvo unidos a través del tiempo.
Ahora, mientras los secretos del pasado resurgen y antiguos peligros vuelven a despertar, Cecil deberá descubrir quién fue realmente y por qué el rey vampiro la mira como si hubiera esperado mil años para volver a verla.
Una apasionante historia de amor, destino y reencarnación, donde ni siquiera la muerte puede romper los lazos de un amor eterno.
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¿Nunca dejarás de odiar a padre?
A lo lejos, sobre el reino de los humanos, densas nubes negras comenzaban a cubrir el cielo.
El viento soplaba con fuerza, arrastrándolas lentamente hacia el este.
Como si una sombra estuviera avanzando sobre el mundo.
En la cima de una enorme colina se levantaba el castillo real.
Era una inmensa fortaleza de piedra gris que dominaba toda la ciudad.
A su alrededor se extendían cientos de pequeñas casas de madera y piedra. Algunas eran humildes, otras pertenecían a comerciantes y nobles que gozaban de una vida más cómoda.
Sin embargo, la diferencia entre ellas era evidente.
Los humanos vivían con lo justo.
Nada les pertenecía realmente.
Ni los bosques.
Ni las tierras más fértiles.
Ni los conocimientos antiguos.
Todo estaba dividido entre los demás clanes.
Dentro del castillo, en una enorme sala iluminada por antorchas, una larga mesa de madera ocupaba el centro del lugar.
Alrededor de ella se encontraban reunidos varios nobles y consejeros del reino.
Sobre la mesa descansaban diez enormes huevos negros.
Sus superficies parecían estar cubiertas por pequeñas vetas rojizas que brillaban débilmente.
El silencio era incómodo.
Finalmente, el rey habló.
—Aquí están.
Todos dirigieron la mirada hacia los huevos.
—Diez huevos de dragón.
Uno de los nobles tragó saliva.
—Majestad… ¿y si algo sale mal?
Otro hombre intervino.
—Lo que estamos haciendo es demasiado peligroso.
—Si las brujas se enteran…
—Peor aún, si los vampiros lo descubren…
Las voces comenzaron a mezclarse.
El miedo era evidente.
Entonces el rey golpeó suavemente la mesa.
El silencio regresó.
—Si se enteran… será porque alguien de esta sala habló.
Nadie respondió.
El rey se puso de pie.
Su mirada recorrió a todos los presentes.
—No tenemos otra opción.
Su voz se volvió más firme.
—Durante siglos, los vampiros, las brujas y los lobos nos han mantenido sometidos.
Se acercó a una de las ventanas.
Desde allí podía observar la ciudad.
—¿Cuántos de nuestros niños han muerto de hambre cuando las lluvias no llegan?
Nadie respondió.
—¿Cuántas veces hemos tenido que pedir permiso a los lobos para recoger frutos de sus bosques?
Algunos bajaron la mirada.
—Y cuando alguno de los nuestros entra por accidente a sus territorios… ¿qué hacen?
Uno de los nobles respondió en voz baja.
—Los destrozan.
El rey asintió.
—Y luego nos llaman invasores.
Su voz comenzó a llenarse de rabia.
—Debemos agachar la cabeza ante esos perros como si nuestras vidas no valieran nada.
Luego continuó.
—¿Y las brujas?
Los presentes guardaron silencio.
—Cuando las pestes llegan, debemos suplicarles ayuda.
Sus ojos se endurecieron.
—A cambio exigen nuestra mano de obra. Debemos cosechar sus campos, construir sus torres y entregarles nuestros animales para sus rituales.
Se detuvo unos segundos.
—Pero nosotros jamás podemos entrar en sus territorios.
Su voz aumentó.
—Ellas sí pueden pasearse libremente por nuestras tierras.
Volvió a mirar a todos.
—¿Y los vampiros?
La sala se quedó completamente en silencio.
—¿Cuántos de nosotros hemos tenido que entregar nuestra sangre para alimentarlos?
Algunos nobles apretaron los puños.
—No podemos hablar en su presencia sin permiso.
—No podemos pisar sus territorios.
—Pero ellos sí recorren nuestras tierras como si fueran los dueños del mundo.
El rey respiró profundamente.
Entonces habló con una voz más amarga.
—Y cuando estalla una guerra entre los clanes… nosotros quedamos atrapados en medio.
Los hombres asintieron.
El rey continuó.
—La última vez que vampiros y lobos lucharon entre sí… ¿cuántos de los nuestros murieron?
Un anciano respondió.
—Miles.
—Los lobos nos obligaron a convertirnos en sus aliados.
Su voz tembló de rabia.
—Y los vampiros masacraron a nuestra gente llamándonos traidores.
Golpeó la mesa.
—Como si hubiéramos tenido opción.
Luego continuó.
—Cuando intentamos acercarnos a los vampiros, los lobos volvieron a atacarnos llamándonos traidores.
Su mirada se endureció.
—Somos títeres en sus manos.
Nadie se atrevía a interrumpirlo.
—Y la próxima guerra entre los clanes nos aniquilará por completo.
Entonces señaló los huevos.
—Esta es la solución.
Todos observaron aquellas enormes criaturas aún por nacer.
—Mediante magia y antiguos hechizos, crearemos una nueva especie de dragones.
—Más inteligentes.
—Más poderosos.
—Y leales únicamente a nosotros.
La tensión aumentó.
—Con ellos dominaremos el mundo.
—Ni brujas, ni vampiros, ni lobos volverán a someternos jamás.
Se acercó nuevamente a la mesa.
—Debemos actuar ahora.
Señaló un mapa.
—Los lobos y las brujas atraviesan dificultades.
—Y los vampiros desean expandir su territorio hacia los bosques de los licántropos.
Luego añadió:
—Según mis espías, el príncipe vampiro Azharel visitará las torres de las brujas.
Sus ojos brillaron.
—Están formando alianzas.
—Y una guerra se aproxima.
Señaló la ciudad.
—Y nosotros volveremos a ser carne de cañón.
—Nuestra sangre…
—La sangre de nuestras mujeres…
—Y la sangre de nuestros hijos…
Será el precio que pagaremos, sin importar qué clan resulte vencedor.
Los hombres comenzaron a asentir.
Entonces uno habló.
—Pero la bruja Imelda es la más poderosa de todas.
—Ella jamás aceptará algo así.
—Y mucho menos si está del lado de los vampiros.
Una sonrisa apareció en el rostro del rey.
La enorme puerta de la sala se abrió.
Una mujer elegante entró lentamente.
Su largo cabello negro caía sobre sus hombros.
Sus ojos eran fríos y calculadores.
Una energía oscura parecía rodearla.
La mujer observó a todos los presentes.
—Imelda no es la única bruja poderosa que existe.
Todos la miraron.
Ella hizo una leve reverencia.
—Me presento.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Soy Melisandre.
—Hermana menor de la maldita Imelda.
Varias personas se miraron entre sí.
—Fui expulsada del clan por utilizar las artes oscuras.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Todo por intentar darle un nuevo orden a este mundo.
Se acercó a los huevos.
Sus dedos acariciaron uno de ellos.
—Y yo seré quien les dé vida a estas criaturas.
—Las haré fuertes.
—Invencibles.
—Y trabajarán para nosotros.
Un noble la observó desconfiado.
—¿Cómo sabemos que no lo hace para ayudar a su clan?
Melisandre soltó una pequeña risa.
—Porque jamás haría nada contra mi propio reino.
El rey sonrió.
Tomó su mano y besó suavemente su dorso.
—Yo confío plenamente en mi futura reina.
Los nobles se quedaron inmóviles.
Uno de ellos habló.
—¿Su futura reina?
—¿Y qué sucederá con la reina actual?
El rey sonrió con frialdad.
—La reina ya ha cumplido su deber.
—Me dio hijos.
—Es momento de que abandone la vida del palacio.
Luego miró a Melisandre.
—Además, ella nos dará algo mucho más importante.
La bruja sonrió.
—La paz.
El rey asintió.
—Y la libertad.
Afuera, un trueno resonó en el cielo.
Las nubes negras avanzaban lentamente hacia el este.
Como si el propio mundo intentara advertirles que estaban a punto de cometer un error del que jamás podrían regresar.
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Kratos era el reino más poderoso de todo el continente.Una inmensa ciudad de piedra negra rodeada por enormes murallas que parecían nacer de las propias montañas.
Más allá de ellas se extendían interminables bosques cuyos árboles centenarios se perdían en el horizonte. Desde lo alto del castillo, las copas verdes formaban un inmenso mar que se movía lentamente con el viento.
El gran palacio real dominaba toda la ciudad.
Sus enormes torres parecían tocar las nubes, mientras banderas negras adornadas con el emblema de los vampiros ondeaban elegantemente.
A diferencia de otros reinos, Kratos era un lugar tranquilo.
No había gritos ni desorden.
Todo funcionaba con una precisión impecable.
Los guardias recorrían los pasillos silenciosamente, los sirvientes caminaban con respeto y la nobleza mantenía una estricta disciplina.
Aquella mañana, el príncipe Azharel avanzaba por los largos corredores del palacio.
Era un hombre alto y apuesto.
Su largo cabello negro caía elegantemente sobre sus hombros y sus ojos oscuros transmitían serenidad y autoridad.
Tenía una presencia imponente, pero no inspiraba miedo, sino respeto.
Vestía una elegante túnica negra bordada con hilos plateados y una capa que rozaba el suelo a cada paso.
Finalmente llegó a la sala del trono.
El enorme salón estaba sostenido por gigantescas columnas de piedra negra y, al final de la estancia, se encontraba el rey vampiro sentado en su trono.
Azharel inclinó la cabeza en señal de respeto.
—Padre.
El rey sonrió.
—Hijo mío.
Azharel levantó la vista.
—Todo está listo para mi viaje.
El rey asintió satisfecho.
—Muy bien.
Se levantó y caminó lentamente hacia un gran mapa del continente.
—Estoy seguro de que lograrás una gran alianza con las brujas.
Sus dedos recorrieron los territorios.
—Si ellas están de nuestro lado, podremos expandirnos más allá del continente.
Luego señaló los bosques.
—Y los licántropos tendrán que retirarse.
Azharel observó el mapa.
—Haré todo lo posible para que las brujas permanezcan de nuestro lado.
El rey sonrió orgulloso.
—Eso espero.
Luego lo miró fijamente.
—Algún día este reino será tuyo.
—Y necesitarás aliados.
—Un rey poderoso no se construye únicamente con fuerza.
—También se construye con inteligencia.
Azharel asintió.
—Lo sé, padre.
El rey colocó una mano sobre su hombro.
—Confío en ti.
Azharel inclinó la cabeza nuevamente.
—No le fallaré.
El rey sonrió.
—Nunca lo has hecho.
Después de aquello, Azharel abandonó la sala del trono.
Caminó tranquilamente por los corredores hasta llegar a sus aposentos.
Las enormes ventanas dejaban entrar la luz de la mañana.
Allí, de pie frente a una de ellas, estaba una mujer.
Era hermosa.
Su largo cabello negro descendía por su espalda y sus ojos amarillos tenían un brillo único.
Había en ellos una profunda tristeza que parecía no desaparecer jamás.
Al verla, Azharel inclinó la cabeza.
—Madre.
Ella se volvió inmediatamente y una sonrisa apareció en su rostro.
—Hijo mío.
Se acercó y acarició su mejilla.
—Voy a extrañarte.
Azharel sonrió.
—Volveré pronto.
La mujer dirigió la mirada hacia la ventana.
—Me gustaría acompañarte.
—Hace mucho tiempo que no visito mi antiguo hogar.
Azharel la observó unos segundos.
—Este es tu hogar ahora.
Ella permaneció en silencio.
Luego sonrió con tristeza.
—La única razón por la que permanezco aquí… eres tú.
Azharel bajó la mirada.
—¿Nunca dejarás de odiar a padre?
Ella lo observó directamente.
—Nunca.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces habló.
—Él me arrebató mi vida.
—Me arrancó de mi tierra.
—Me convirtió en algo que nunca quise ser.
Su voz se quebró ligeramente.
—Y jamás me preguntó si estaba dispuesta a renunciar a todo.
Azharel sintió un nudo en el pecho.
—Lo lamento, madre.
Ella sonrió con ternura.
—No tienes que disculparte.
Se acercó y tomó su rostro entre sus manos.
—Si tuviera que vivir todo aquello de nuevo para tenerte a ti…
Sus ojos se llenaron de dulzura.
—Lo haría una y mil veces.
Azharel sonrió.
Ella besó su frente.
—Te deseo suerte en tu viaje.
Luego sonrió con picardía.
—Y espero que conozcas a alguien.
Azharel la miró confundido.
—¿Alguien?
Ella soltó una pequeña risa.
—Ya tienes edad para casarte.
Azharel rio.
—No pienso en eso, madre.
Ella cruzó los brazos.
—Pues deberías.
—Las mujeres no me faltan.
Ella levantó una ceja.
—Amantes de cama, Azharel.
—Yo no hablo de eso.
Azharel volvió a reír.
—¿Y de qué habla?
Ella sonrió.
—De una compañera.
—De una mujer con quien compartir tu vida.
—Una mujer a quien puedas amar.
Azharel negó suavemente con la cabeza.
—No me interesa.
Ella suspiró.
—Eso dices ahora.
Luego caminó hacia la puerta.
—Pero algún día aparecerá alguien capaz de cambiarlo todo.
Azharel sonrió.
—Lo dudo.
Ella lo miró por última vez.
—El amor llega cuando menos lo esperas.
Y salió de la habitación.
Azharel permaneció inmóvil.
Se acercó a la enorme ventana.
Desde allí contempló los interminables bosques que rodeaban Kratos.
A lo lejos, unas nubes oscuras comenzaban a avanzar sobre el horizonte.
Algo en su interior le provocó una extraña inquietud.
Como si el destino estuviera comenzando a moverse.
Sin saberlo, aquel viaje cambiaría su vida para siempre.
Y el hombre que jamás había pensado en enamorarse estaba a punto de encontrarse con el amor que desafiaría mil años de historia.
y el no cae en cuenta como es manipulado por ella , ciego por no querer ser menos en un mundo donde las bestias tienen poder y eso le va a jugar en contra 🤔
y el rey segado por el dolor tomando malas decisiones😡😡