"Él es el hombre más poderoso de la ciudad. Ellos tienen 8 años y acaban de hackear su vida."
Elara ha guardado un secreto durante cuatro años: es madre soltera de dos genios que el sistema escolar no puede controlar. Para su jefe, el implacable y frío millonario Killian Vane, ella es solo la asistente perfecta, la mujer que nunca falla y que parece no tener vida personal. Pero cuando el colegio de los gemelos exige una cuota impagable para niños superdotados y el padre biológico desaparece con las migajas de la manutención, Elara llega al límite.
Lo que Elara no sabe es que sus hijos, Evans y Edans, han tomado una decisión: Mamá necesita un respiro y ellos necesitan un papá que esté a su nivel.
Tras analizar a cientos de candidatos en la plaza local, los gemelos fijan su objetivo en el hombre que aparece en las noticias: Killian Vane. Es rico, es brillante y, según sus cálculos, es el único hombre con el ADN lo suficientemente fuerte para lidiar con ellos.
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CAPITULO 10: Domótica, pánico y un piano fuera de control
El penthouse de Killian Vane no era una casa, era una nave espacial de cristal suspendida sobre Manhattan. Cuando el ascensor privado abrió sus puertas directamente en la sala, Elara sintió que sus zapatillas de lona —las que Killian la obligaba a usar ahora por "salud"— eran un insulto para el suelo de mármol blanco.
—Bienvenidos a mi humilde morada —dijo Killian con un rastro de ironía, dejando las llaves en una consola que parecía flotar en el aire.
—¿Humilde? Señor Iceberg, usted no conoce el significado de esa palabra —soltó Evans, corriendo hacia la ventana que iba de piso a techo—. ¡Mira eso, Edans! Se ve hasta la Estatua de la Libertad. Si pongo una antena de largo alcance aquí, podríamos interceptar señales hasta de Marte.
—Nada de interceptar planetas hoy, Evans —advirtió Elara, agarrando a su hijo de la nuca antes de que pegara la cara al vidrio—. Compórtense. Estamos aquí porque el señor Vane... Killian... quiere que veamos el nuevo software de seguridad de su casa.
Killian sonrió, disfrutando del caos que esos tres traían a su soledad perfecta.
—En realidad, quiero que me den su opinión sincera. El sistema se llama Aegis. Controla las luces, la temperatura, las cerraduras y hasta el inventario de la heladera. Dice ser inexpugnable.
Edans soltó una risita seca, ajustándose los lentes.
—"Inexpugnable" es una palabra que los ingenieros usan cuando quieren que les paguen más. Déjame ver esa tablet de control.
Killian le entregó el dispositivo a Edans, mientras invitaba a Elara a sentarse en un sofá de cuero que probablemente costaba más que tres años de su alquiler. Ella se sentó en el borde, tiesa como un palo.
—Relájate, Elara. No te voy a cobrar por usar el sofá —le dijo él, sentándose a su lado, mucho más cerca de lo que dictaba el protocolo profesional.
—Es demasiado... blanco, Killian. Siento que si respiro fuerte voy a manchar algo —confesó ella, mirándolo a los ojos. El brillo en la mirada de Killian la ponía nerviosa. Ya no era el jefe autoritario; era un hombre que la miraba como si fuera lo más interesante de la habitación, a pesar de las vistas de diez millones de dólares.
—Las manchas se limpian. El tiempo perdido no —respondió él en voz baja.
De pronto, las luces del salón empezaron a parpadear como si estuvieran en una discoteca de los años setenta. La música clásica que sonaba de fondo fue reemplazada por un trap pesado a todo volumen que hacía vibrar las ventanas.
—¡Ops! —gritó Evans desde la otra punta de la sala—. Encontré una brecha en el protocolo de iluminación. ¡Edans, mira, el piano se puede tocar solo!
Efectivamente, el piano de cola negro que presidía la estancia empezó a tocar una melodía frenética por sí solo. Las persianas subían y bajaban como locas y la cafetera inteligente empezó a escupir vapor como una locomotora vieja.
—¡Niños, detengan eso ahora mismo! —gritó Elara, poniéndose de pie de un salto.
Killian se quedó mirando el desastre, pero en lugar de enfurecerse, cruzó los brazos y empezó a reír. Era esa risa que Elara amaba y temía a la vez.
—¡Aegis ha caído en menos de tres minutos! —exclamó Killian, mirando a Edans, que tecleaba frenéticamente en la tablet—. ¡Eres un genio, mocoso!
—¡Hecho! —dijo Edans, y de repente, todo volvió al silencio absoluto. Las luces se pusieron en un tono cálido y las persianas se detuvieron a media altura—. Ya está. He reescrito el código de acceso. Ahora la contraseña es "MamiEsLaJefa". Nadie entrará sin eso.
Elara se cubrió la cara con las manos, roja de la vergüenza.
—Killian, lo siento tanto... mañana mismo los pongo a limpiar la oficina, te lo juro.
—No sientas nada, Elara —Killian se levantó y caminó hacia los niños, revolviéndoles el cabello—. Acaban de ahorrarme una brecha de seguridad real. Mi equipo de ingenieros va a tener pesadillas conmigo el lunes.
—¿Nos darás un bono por esto? —preguntó Evans con un brillo ambicioso en los ojos.
—Les daré algo mejor: pizza y una película. Pero primero, tengo que hablar con su madre sobre... términos contractuales.
Killian llevó a Elara hacia la terraza, dejando a los niños entretenidos con el sistema de cine en casa. El aire de la noche en Nueva York era fresco y olía a ciudad. Se apoyaron en el barandal, mirando las luces infinitas.
—¿Términos contractuales? —preguntó Elara, tratando de recuperar el aliento—. ¿Qué más quieres de nosotros, Killian?
—Quiero que dejes de ser mi secretaria por un momento —dijo él, girándose hacia ella. El perfil de Killian contra las luces del Empire State era perfecto—. Quiero que aceptes que esto no es solo por los niños. Sí, son brillantes y me divierten, pero la razón por la que te traje aquí hoy es porque no soporto la idea de que salgas de la oficina y no volver a verte hasta el día siguiente.
Elara sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento.
—Killian, somos de mundos distintos. Yo vivo en un cuarto piso sin ascensor y tú... tú eres el dueño del edificio. Mis hijos son un caos y tu vida es... o era... perfecta.
—Mi vida era aburrida, Elara. Era gris. Ustedes le pusieron color —él le tomó la mano, entrelazando sus dedos con los de ella—. No me importa el edificio, ni el dinero. Me importa que cuando estoy contigo, siento que no tengo que ser el "Iceberg". Puedo ser solo un hombre que quiere cuidar de alguien.
Elara no pudo responder. El silencio de la terraza se llenó con la cercanía de sus cuerpos. Killian se inclinó lentamente, dándole tiempo a retroceder, pero ella no lo hizo. Sus labios se rozaron primero, un contacto suave, eléctrico, antes de que él la besara con una intensidad que le hizo flaquear las rodillas. Ya no había jefe, ya no había empleada; solo dos personas encontrándose en la cima del mundo.
Desde la sala, dos pares de ojos azules los observaban tras el cristal.
—Paso siete: contacto físico de alto impacto —susurró Evans, anotando algo en su libreta—. Objetivo neutralizado.
—Mira su ritmo cardíaco —añadió Edans, que seguía monitoreando los dispositivos de la casa—. Está fuera de serie. Mamá lo logró.
—Nosotros lo logramos, Edans. Ahora solo falta que nos deje heredar la empresa.
—Dale tiempo, Evans. Dale tiempo.
debe ser alguien del pasado
o alguien a quien afectaron los gemelos en el pasado 💣
es un viaje de emociones ...