Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.
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capitulo 15
El olor a hierro fresco y a la dulzura sutil de la sangre de Amelia flotaba en el aire del ala oeste con la densidad de una plaga. La mansión Blackwood era un hervidero de gritos, órdenes de seguridad y el ir y venir de los guardias intentando asegurar el perímetro, pero dentro del aposento principal del Alfa, el mundo exterior había quedado completamente borrado.
Lian pateó la puerta de su alcoba privada, abriéndola de par en par, y avanzó con pasos retumbantes hasta la enorme cama de roble vestida con sábanas de lino oscuro.
Depositó a Amelia sobre el colchón con un cuidado infinito, temiendo que la más mínima brusquedad fracturara el cuerpo frágil de la joven. Amelia yacía semiconsciente, con la piel de un blanco cadavérico y los labios entreabiertos por donde escapaba un aliento débil y entrecortado.
Las desgarraduras en su hombro y espalda continuaban manando un hilo constante de sangre tibia que empapaba la tela de su blusa y manchaba el lecho.
En el umbral de la estancia apareció Marcos, el Beta, escoltando a dos médicos de la manada que portaban maletines de cuero.
—Señor, los cirujanos del clan ya están aquí —anunció el Beta con voz apresurada—. Permita que examinen a la humana antes de que la hemorragia sea irreversible...
—¡Fuera! —el rugido de Lian cortó el aire como un hachazo de hierro.
El Alfa dio media vuelta hacia la puerta, la figura gigantesca e impetuosa bloqueando el paso a los médicos. Sus ojos grises, ciegos y desencajados, apuntaban con una ferocidad asesina hacia los hombres.
Las venas negras de su rostro se agitaban violentamente bajo la piel, respondiendo a la furia territorial que la sangre de Amelia provocaba en su organismo. Su lobo interior, salvaje y desbocado, no estaba dispuesto a permitir que ningún otro macho tocara, mirara o manipulara el cuerpo herido de la mujer.
—Pero, mi Alfa... la chica necesita atención médica especializada —insistió el Beta, dando un paso atrás por puro instinto de supervivencia.
—He dicho que os larguéis —siseó Lian, su voz descendiendo a una frecuencia gutural que hizo vibrar las vigas de la habitación—. Nadie la toca. Nadie entra aquí. Si alguno de vosotros vuelve a cruzar este umbral sin mi permiso, le arrancaré la cabeza antes de que pueda pestañear.
Sin esperar respuesta, el Alfa tiró de la pesada puerta de roble y echó el cerrojo de hierro con un golpe seco que resonó en todo el pasillo.
El silencio volvió a caer sobre la alcoba, solo interrumpido por el viento que silbaba en el exterior y los quejidos ahogados de Amelia.
Lian se pasó la mano ensangrentada por el rostro, intentando enfocar sus sentidos destruidos. La migraña amenazaba con partirle el cráneo en dos, pero el olor a vida que se le escapaba a la enfermera silenciaba cualquier dolor propio.
Se acercó a tientas a la mesa auxiliar, donde descansaba el maletín médico de la propia Amelia, y palpó los utensilios hasta reconocer la forma de las pinzas, la solución antiséptica, las agujas quirúrgicas y el hilo de seda esterilizado.
Se arrodilló junto al lecho de madera. Sus manos gigantescas, diseñadas para la guerra y la destrucción, temblaban visiblemente.
—Amelia... —murmuró, su voz despojada de toda la frialdad de su cargo, sonando baja, rota y aterrada—. Necesito que te mantengas despierta. No cierres los ojos, ¿me escuchas?
Amelia abrió apenas los párpados, encontrando en la penumbra la silueta colosal del hombre inclinado sobre ella.
—Lian... —alcanzó a susurrar, sintiendo las lágrimas calientes de la debilidad rodar por sus mejillas.
Con una delicadeza extrema que contrastaba con la ferocidad de su apariencia, el Alfa tomó las tijeras médicas y cortó la tela desgarrada de la blusa de Amelia, dejando al descubierto la herida del hombro. Las marcas de las garras del renegado eran tres surcos profundos que habían desgarrado la masa muscular.
Lian ahogó un gemido de dolor en su propio pecho. Tomó un paño de algodón limpio, lo empapó en alcohol salino y lo presionó directamente sobre la lesión para detener el sangrado.
Amelia soltó un grito ahogado de agonía, arqueando la espalda sobre las cobijas.
—Lo sé... lo sé, lo siento —suplicó el Alfa, manteniendo la presión con la mano firme mientras con la otra le sujetaba el rostro, pegando su frente a la de ella—. Aguanta, por favor. Mírame... o escucha mi voz. No te dejes ir.
Lian enhebró la aguja a tientas. Guio la punta de metal utilizando únicamente el tacto de las yemas de sus dedos sobre los bordes de la piel abierta y la dirección del calor que emanaba de la sangre. Con un pulso sobrehumano, obligado a ser más preciso que el cirujano más experimentado, el Alfa comenzó a dar la primera puntada, atravesando la carne humana para unir el tejido lesionado.
Cada penetración del hilo hacía temblar el cuerpo de la joven, pero Lian no se detuvo. Hablaba sin parar en un susurro continuo, deslizando palabras de una vulnerabilidad que jamás le había mostrado a ser vivo en este mundo.
—Eres una insensata... —decía el Alfa con la voz entrecortada, apretando el nudo del primer punto mientras las lágrimas caían sin control de sus ojos ciegos, mezclándose con la sangre de la mejilla de Amelia—. Un monstruo ciego como yo no merece que nadie desangre su vida por él. No debiste ponerte en medio... Mateo y yo somos criaturas de violencia, pero tú... tú eres lo único limpio que ha entrado a esta fortaleza.
Amelia lo escuchaba a través de la nube de dolor, sintiendo la calidez del aliento del Alfa y el temblor incontrolable de sus manos gigantescas. Descubrió en esas palabras la aterradora soledad del gobernante, la herida abierta de un hombre que solo había conocido el deber, el odio y la traición.
Lian continuó cosiendo durante casi una hora. Punto por punto, cerró la brecha del hombro y las marcas de la espalda con una precisión quirúrgica nacida del miedo absoluto a perderla. Cuando colocó el último vendaje y selló la herida con gasas esterilizadas, el sangrado se había detenido por completo.
Exhausto, el Alfa dejó caer los instrumentos al suelo con un estruendo metálico.
No se alejó. Se acomodó de lado en el colchón, subiendo con cuidado a la cama, y envolvió el cuerpo débil de Amelia entre sus brazos, atrayéndola con una ternura infinita hacia su pecho desnudo. Puso la cabeza de la joven sobre su cuello, dejando que ella respirara directamente sobre la arteria pulsante de su garganta, mientras él inhalaba con avidez el aroma a lluvia que comenzaba a revitalizarse en la piel de la muchacha.
—Te quedas conmigo —murmuró Lian en la oscuridad de la alcoba, besando suavemente la coronilla de su cabeza mientras apretaba el agarre alrededor de su cintura—. No volverás a arriesgarte. A partir de hoy, si alguien intenta tocarte, destruiré el mundo entero antes de permitir que te hagan daño.
Amelia apoyó la mejilla en el pecho ardiente del Alfa, escuchando el latido acelerado pero firme de su corazón. Envolvió la mano sana sobre las costillas del hombre, cerrando los ojos en el refugio de sus brazos, consciente de que entre las sombras de aquella mansión sangrienta, la bestia finalmente había encontrado a su dueña.