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El Placer Del Tirano

El Placer Del Tirano

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Posesivo
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.

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Capítulo 23

Apenas entró el sol de la mañana por las celosías, me di cuenta de dos cosas: la primera, que me dolía hasta el último músculo del cuerpo; la segunda, que Li Yan estaba sentado en el borde de la cama, ya bañado, con el pelo húmedo peinado hacia atrás y una expresión de insoportable autosatisfacción en la cara.

Pero lo peor no era su cara. Lo peor era lo que había al pie de la cama.

Cuatro eunucos mayores y media docena de sirvientas permanecían hincados con la frente pegada al suelo, sosteniendo bandejas lacadas en oro. Encima de ellas descansaban capas de seda roja carmesí bordadas con fénix dorados, fajas con incrustaciones de perlas del tamaño de ciruelas y una corona ceremonial tan alta y pesada que solo mirarla amenazaba con partirle el cuello a cualquiera.

Me froté los ojos, envolviéndome en la sábana de seda hasta la barbilla.

—¿Qué demonios es todo este circo? —pregunté, con la voz rasposa por el sueño y la noche anterior.

Li Yan ni se inmutó. Giró la cabeza despacio, mirándome de arriba abajo con una ceja arqueada y una taza de té humeante en la mano. Se le marcaba en la mandíbula una sonrisa peligrosa, de esas que ponía antes de mandar a decapitar a un general rebelde.

—Es tu ajuar ceremonial —respondió con la mayor naturalidad del mundo—. Los astrólogos de la corte calcularon que el día más auspicioso para los ritos ancestrales es dentro de tres lunas. Los ministros del Consejo de Ritos ya están redactando las proclamas.

Parpadeé una vez. Luego otra. El cerebro todavía no me arrancaba del todo.

—¿Ritos ancestrales? ¿De qué hablas?

—De nuestra boda, por supuesto.

El silencio que cayó en la habitación fue absoluto. Uno de los eunucos tragó saliva tan fuerte que el sonido rebotó en los paneles de madera.

Solté una carcajada seca, sin una pizca de gracia, y me incorporé en la cama, sujetando la sábana para que no se me resbalara de los pechos.

—¿Boda? —repetí, escupiendo la palabra como si fuera un hueso de aceituna—. ¿Cómo que boda? ¿Te golpearon demasiado fuerte la cabeza en el norte o la nieve te congeló las dos neuronas que te quedaban?

Los eunucos contuvieron la respiración al unísono. La sirvienta más joven empezó a temblar tanto que la bandeja de plata repiqueteó contra sus uñas. En toda la historia de la dinastía, nadie le había dicho al Hijo del Cielo que tenía dos neuronas y había conservado la lengua para contarlo.

Li Yan dejó la taza de té sobre la mesa de noche con un golpe seco. La porcelana crujió.

—Fuera —ordenó a los sirvientes, sin apartar los ojos oscuros de los míos.

No tuvieron que decírselo dos veces. La servidumbre se arrastró de espaldas hacia la salida con una velocidad milagrosa, cerrando las pesadas puertas de cedro y dejando caer la traba de bronce desde afuera.

Nos quedamos solos.

Li Yan se levantó del borde del lecho con una lentitud amenazante. Llevaba una túnica interior negra, desabrochada en el pecho, dejando al descubierto las cicatrices y las marcas rojas que mis propias uñas le habían dejado la noche anterior en los hombros. Avanzó hacia mi lado de la cama como una fiera acechando su presa, apoyando una rodilla sobre el colchón y plantando las dos manos a cada lado de mis caderas, atrapándome por completo.

—¿Te parece un chiste, Lian? —gruñó, con la voz ronca y el rostro a escasos centímetros del mío—. Te nombré mi prometida ante cien mil soldados. Toda la capital sabe que duermes en mi cama, que llevas mis marcas y que quemé un bosque entero de arqueros porque tu boca me lo ordenó. ¿Y ahora preguntas «cómo que boda»?

—¡Yo no te ordené nada, imbécil, te salvé la vida! —le espeté, clavándole un dedo acusador en medio del esternón duro como piedra—. Y tú me trajiste aquí arrastrada como prisionera para tallar un altar de jade, ¡no para jugar a los novios! ¿Desde cuándo un emperador se casa con la artesana que tenía presa en el taller?

—Desde que la artesana resulta tener ojos que ven el futuro, boca de navaja y un cuerpo que me hace olvidar hasta mi propio nombre —replicó él sin pestañear, y sus ojos bajaron con descaro hacia el borde de la sábana que apenas me cubría el escote.

Sentí el calor subirme a las mejillas de pura indignación.

—¡Pues búscate a otra con buen cuerpo y te casas con ella! Tienes un harén lleno de princesas con títulos de diez generaciones que se mueren por esa corona de fénix. Que te la aguante alguna de ellas. Yo soy libre en cuanto mi madre se cure.

Li Yan soltó un bufido que fue mitad furia, mitad risa incrédula. Se inclinó aún más, hasta que la punta de su nariz rozó la mía, obligándome a respirar su mismo aire caliente.

—¿Otra? —susurró, con un filo tan oscuro que me erizó la piel—. La última que intentó meterse en mi cama sin mi permiso terminó en una caja de hierro en la puerta sur. Y tú pretendes que te deje empacar tus trapos y marcharte como si hubieras venido a hacerme una visita de cortesía.

—¡Fue un acuerdo de negocios! —protesté, forcejeando para empujarlo, aunque mis palmas contra su pecho desnudo solo consiguieron que su pulso se acelerara—. Tú me dabas médicos para mi madre y yo te quitaba el dolor de cabeza. En ninguna cláusula decía que tenía que ponerme una túnica de diez kilos de oro y arrodillarme frente a tus ancestros a jurarte obediencia eterna.

—La cláusula la escribo yo —sentenció él, tomándome la muñeca con una mano firme y rápida, tirando de mí hacia arriba hasta que mi pecho chocó contra el suyo—. Y no pienso pedirte obediencia, Lian. Sé de sobra que esa palabra no existe en tu vocabulario de aldea.

—¿Entonces qué demonios quieres?

—Quiero ponerte esa corona en la cabeza —dijo él, bajando la voz hasta que sonó casi como una plegaria salvaje, mirándome directo a los ojos—. Quiero que cada ministro que se atreva a conspirar sepa que si te tocan a ti, le declaran la guerra al imperio entero. Y quiero poder meterte en esta cama todas las noches sin que ningún consejero decrépito venga a cuestionar con qué derecho lo hago.

El corazón me dio un brinco traicionero contra las costillas. Odiaba que, detrás de su arrogancia insoportable de tirano acostumbrado a mandar, hubiera esa devoción absurda y desesperada que me desarmaba las defensas.

Apreté los labios, tratando de mantener el ceño fruncido para que no se me notara el rubor.

—Esa corona pesa demasiado —murmuré, buscando cualquier excusa barata—. Me va a torcer el cuello antes de que termine el banquete.

Li Yan parpadeó, desconcertado por el reclamo, antes de que una sonrisa ancha y genuina —la primera que le veía desde que lo conocí— le iluminara el rostro entero, borrándole de golpe la máscara de carnicero.

—Haré que los orfebres fundan la mitad del oro y le pongan plumas si eso te calma la queja —dijo él, soltando una risa baja que le vibró en el pecho contra el mío—. Pero te vas a casar conmigo, Lian. Aunque tenga que arrastrarte al altar en pijama.

—Inténtalo, Su Majestad —le advertí con los ojos entrecerrados—. Te aseguro que en medio de los votos matrimoniales te suelto una patada en las espinillas que los escribas reales van a tener que registrar para la posteridad.

Li Yan soltó un gruñido ronco, fascinado por la amenaza, y en lugar de seguir discutiendo, me rodeó la cintura con el brazo libre y me estampó la boca en un beso posesivo que me ahogó cualquier otra réplica en la garganta.

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Martha Divas Delgado
k bueno k le quite lo pdj al funcionario y lo degollen
Martha Divas Delgado
excelente inicio me gusta ☺️
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