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La Muda Del Serrallo

La Muda Del Serrallo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Venganza / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Ayla no durmió casi nada.

Pasó la noche pensando en cómo conseguir algo para escribir. En el harén no había plumas ni tinta a mano de las esclavas. Todo estaba controlado. Pero en la cocina, junto a los libros de cuentas que el despensero dejaba abiertos, había un trozo de carbón fino que usaban para marcar los sacos.

Antes del alba se levantó. Sahra todavía no había entrado. Ayla bajó descalza, tomó un trozo pequeño de carbón y lo escondió dentro del dobladillo de la túnica. Volvió al colchón y esperó.

Cuando Sahra apareció, ya estaba lista.

—Bandeja. Cámara del sultán.

Ayla asintió. En la cocina el médico le entregó el desayuno sin mirarla. Ella subió los pasillos conocidos. Los guardias abrieron. El eunuco la dejó pasar.

Kael estaba sentado más derecho. La manta le cubría las piernas, pero tenía un tablero bajo sobre las rodillas. Al verla, señaló la mesa.

—Déjalo ahí.

Ayla dejó la bandeja. Sacó el trozo de carbón y lo puso sobre la madera, junto a un trozo de tela limpia que había guardado.

Kael lo miró. Después la miró a ella.

—Carbón —dijo. No sonaba decepcionado. Sonaba interesado—. Funciona.

Le acercó el tablero. Había un trozo de papel grueso encima. Ayla se arrodilló junto a la cama, porque el banquito quedaba demasiado lejos. Tomó el carbón. La mano le tembló un segundo. Hacía años que no escribía delante de alguien.

Trazó una sola palabra:

**Sí.**

Kael leyó. Asintió.

—Bien. Entonces vamos a hablar de verdad.

Le hizo una pregunta simple. Ayla respondió con dos palabras. Él escribió otra. Ella contestó. El carbón se gastaba rápido. El papel se llenaba de marcas negras e irregulares. No eran frases elegantes. Eran cortas. Directas.

Kael preguntó de dónde venía.

Ayla escribió: **Este**.

Él preguntó si tenía familia.

Ella escribió: **Muerta**.

Él miró el papel un rato largo.

—¿Por mi ejército?

Ayla sostuvo el carbón. Después escribió:

**Sí.**

El silencio que siguió fue distinto. Kael no apartó la vista del papel. Cuando habló, la voz le salió más baja.

—Y aun así vienes aquí todas las mañanas. Y no me clavas nada.

Ayla escribió:

**Todavía no.**

Por un segundo pareció que él iba a enfadarse. Después soltó una risa corta, cansada, casi sorprendida.

—Al menos eres honesta.

Siguieron escribiendo. Él le contó que Zahir había traído nuevos papeles esa misma madrugada. Que el visir Hamid ya no pedía permiso para usar el sello. Que el dolor de las piernas era peor por las noches. Ayla escuchaba y respondía con pocas palabras. No mentía. Tampoco contaba todo.

Cuando el carbón se acabó, Kael tomó el papel lleno de marcas y lo rompió en trozos pequeños.

—Nadie más ve esto. Nadie.

Ayla asintió.

Al salir, el eunuco la miró con curiosidad, pero no preguntó. Ella bajó los pasillos con las manos manchadas de negro. En el patio de los naranjos se lavó los dedos en el agua de la fuente. Los peces se acercaron a las manchas oscuras y después se alejaron.

Lina la encontró más tarde en el lavadero.

—Tienes las manos negras —susurró.

Ayla negó con la cabeza y siguió retorciendo sábanas. El carbón ya no estaba. El papel tampoco. Pero las palabras seguían ahí, detrás de los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo había hablado.

Y el hombre que le había destruido la vida había escuchado.

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