"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 14: El refugio de piedra (Perspectiva de Katherine)
El viaje en el auto blindado junto al Ruso fue silencioso, pero esta vez la tensión en mi pecho era diferente. Primero pasamos por el albergue. Metí mis pocas cosas —la ropa gastada y el viejo cuaderno— en la bolsa de consorcio, sintiendo un leve escalofrío al despedirme de ese lugar gris.
De ahí, el Ruso condujo hasta una exclusiva zona comercial del centro. Cuando detuvo el vehículo frente a una tienda de alta gama con vitrinas de cristal impecable y un guardia en la puerta, me negué a bajar.
—No, Ruso, por favor... yo no pertenezco a este lugar —le dije, sintiendo que la vergüenza me quemaba las mejillas al mirar mi abrigo viejo—. Van a echarme.
El Ruso apagó el motor, se bajó, abrió mi puerta y me tendió la mano con una seriedad imponente.
—Nadie va a echarte a ningún lado, Katherine. Eres la invitada del jefe, y conmigo al lado, nadie se atreverá a mirarte feo. Vamos.
Entramos a la tienda. Las vendedoras, con trajes sastre y aires de superioridad, nos miraron de inmediato con desdén, dispuestas a pedirnos que nos marcháramos. Pero el Ruso se adelantó un paso, plantándose con su metro noventa de músculo y su mirada de pocos amigos.
—Busquen ropa de su agrado y de su talla —les ordenó el Ruso con voz ronca y cortante, sin dejar lugar a dudas—. Y guarden ese tonito despectivo, porque esta señorita es alguien muy importante para el señor Montenegro.
Las palabras de Matteo y la presencia del Ruso obraron como magia: las vendedoras palidecieron y corrieron a obedecer. Con el corazón latiéndome a mil, eligi con sumo cuidado unas pocas prendas básicas, discretas y cómodas para trabajar.
Sin embargo, noté que el Ruso, no perdía detalle, observó en silencio cada vestido y abrigo que mis ojos rozaron pero que no me animé a pedir por pena.
Salimos de la tienda con un par de bolsas elegantes y retomamos el camino hacia las afueras de la ciudad.
Cuando el auto atravesó los enormes portones de hierro y se adentró en los terrenos de la mansión Montenegro, me quedé sin aliento. El edificio principal era una mole de piedra imponente, rodeada de jardines cuidados al milímetro. Al bajar del auto, pensé que el personal de servicio me trataría con el mismo desprecio que en el corporativo.
Pero al abrir la puerta principal, me recibió una mujer de cabello entrecano y mirada maternal. Era el ama de llaves. Me miró con una mezcla de profundo asombro y una sutil angustia en los ojos al ver mi rostro demacrado, el pómulo aún con rastros del golpe y la delgadez de mi cuerpo. A pesar de todo, se inclinó con un respeto impecable.
—Bienvenida a la mansión, señorita Katherine. Soy doña Clara —me saludó con una voz suave y cálida—. Por favor, acompáñeme.
Me guió por pasillos amplios, alfombrados y silenciosos, hasta una habitación situada en el segundo piso, justo al lado de otra puerta que parecía estar cerrada con llave.
—Esta será su habitación —me indicó Clara, abriendo la puerta de par en par—. Aquí tiene el placard, la cama, y un baño privado donde ya le mandé a preparar un baño tibio. Tómese su tiempo, descanse un rato y cámbiese antes de la cena. El señor Montenegro nos acompañará esta noche y la presentará formalmente.
Asentí con los ojos cristalinos de agradecimiento, incapaz de articular palabra ante tanta gentileza inmerecida. Doña Clara me sonrió con dulzura y se retiró en silencio, cerrando la puerta para dejarme su espacio.
Me quedé sola en medio de esa recámara lujosa, maravillosa y cálida. Recorrí el espacio en silencio, sintiendo que los muros de piedra de la mansión por fin me aislaban del frío del mundo exterior. Sin perder más tiempo, me despojé de la ropa vieja y me metí en la tina con agua caliente. El calor del agua envolvió mis músculos adoloridos, lavando el cansancio, el miedo y las lágrimas de los últimos días, preparándome mentalmente para la cena que estaba a punto de comenzar.