Aurelia creía haber dejado atrás los secretos de su pasado.
Hasta que vuelve a encontrarse con Franco.
Lo que nace entre ellos los lleva a descubrir documentos ocultos, acusaciones manipuladas y una verdad que alguien lleva años intentando enterrar.
Una nueva pista los obliga a regresar al lugar donde todo comenzó.
Y allí comprenden que nada era como les contaron.
Ahora Aurelia y Franco deberán descubrir quién manipuló los acontecimientos que cambiaron sus vidas y cuánto están dispuestos a arriesgar para conocer la verdad.
Porque amar puede ser una elección.
Perdonar, otra.
Pero descubrir la verdad...
puede tener un precio demasiado alto.
NovelToon tiene autorización de SakuDiHina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16 — La segunda carta
La segunda carta llegó a nombre de Franco sin remitente. Esta vez no fue entregada en la oficina, sino dejada en el buzón de su residencia.
La abrió delante de Aurelia.
—Aquí aparece el árbol —dijo ella.
Franco leyó la primera página.
Se mencionaba aquella tarde de verano y una reunión de adultos celebrada dentro de la casa Blackwood.
—¿Sabías que había una reunión? —preguntó Aurelia.
—Recuerdo haber visto a mi padre preocupado. Nada más.
En la segunda página aparecía una referencia a una persona cuyo nombre había sido eliminado de varios registros.
Aurelia señaló la inicial.
—Es la misma que aparece en el contrato.
Franco sintió un nudo en el estómago.
—Entonces alguien conocía nuestras familias desde antes de que nosotros supiéramos que había una conexión.
—O alguien quiere que creamos eso.
Franco sonrió con cansancio.
—Siempre encuentras una segunda posibilidad.
—Porque hasta ahora cada respuesta fácil nos llevó por el camino equivocado.
Ana recibió una copia de la carta esa misma tarde. No sabía quién la había enviado, pero reconoció la referencia al árbol.
Víctor la encontró mirando el papel.
—¿Qué significa?
Ana lo dobló rápidamente.
—Nada.
—No parece nada.
—Estoy asustada.
Víctor quiso abrazarla, pero se detuvo.
—¿Quieres contarme algo?
Ana negó con la cabeza.
—Todavía no.
Él aceptó, aunque la duda quedó instalada.
En FranLia, Aurelia y Franco registraron la carta junto al contrato.
—No la usaremos como prueba —dijo ella.
—Pero tampoco la ignoraremos.
La segunda carta contenía una frase que parecía escrita para provocar una reacción.
«Recuerden el verano en que todo cambió.»
Aurelia la leyó varias veces.
—Podría referirse a nosotros.
—O a la reunión de nuestros padres —respondió Franco.
Walter amplió la imagen de la carta para estudiar la tinta y el papel.
—No puedo identificar al autor, pero el papel pertenece a una serie fabricada hace años.
Andrew preguntó:
—¿La carta es antigua?
—No necesariamente. Podría haberse escrito recientemente con papel guardado.
Aurelia sonrió.
—Por eso no me gusta interpretar objetos antes de conocer su procedencia.
Franco levantó la mirada.
—A veces pareces disfrutar desmontando misterios.
—Disfruto saber cuándo estoy inventando uno.
Ana recibió una copia y reaccionó con una preocupación que Víctor no pudo ignorar.
—¿Conoces ese nombre? —preguntó.
Ana negó demasiado rápido.
—No.
—Entonces ¿por qué estás tan asustada?
Ana se quedó callada.
Víctor no la presionó.
Pero antes de salir dijo:
—Cuando estés preparada para decirme la verdad, quiero que sea porque decidiste hacerlo, no porque tengas miedo de perderme.
Aquella frase marcó la primera vez que alguien de su círculo estableció un límite sin abandonar la conversación.
Aurelia pidió que la segunda carta fuera analizada antes de incorporarla al expediente.
El papel, la tinta y el sobre fueron revisados por un especialista.
—No puedo decir quién la escribió —explicó—. Pero tampoco parece un documento antiguo.
Franco preguntó:
—¿Entonces fue preparado recientemente?
—Es posible.
Aurelia miró la carta.
—Eso significa que alguien conoce detalles del pasado y quiere que los revisemos ahora.
—O quiere dirigir nuestra atención —dijo Franco.
La posibilidad quedó registrada.
Franco decidió consultar a un especialista sobre la carta sin revelar información innecesaria.
—Quiero saber si el papel puede vincularse con alguno de nuestros archivos —explicó.
El especialista confirmó que no había una coincidencia directa.
Aurelia recibió la noticia con alivio.
—Al menos no tenemos que fingir que sabemos quién la escribió.
Franco respondió:
—Pero sí sabemos que quien la envió conocía el contenido de archivos antiguos.
La carta siguió siendo una pista, no una prueba.
Franco guardó la carta en una funda transparente.
—No quiero que termine perdida entre los demás documentos.
Aurelia respondió:
—Ni que termine ocupando más importancia de la que merece.
Walter asintió.
—Podemos clasificarla como evidencia pendiente.
La decisión parecía sencilla, pero evitaba que una carta anónima se convirtiera en la base de una acusación.
Aurelia preguntó a Walter si era posible comparar la tinta de la carta con los documentos del archivo.
—Podemos intentarlo, pero no tendremos una identificación segura.
—No necesito una identidad todavía —respondió ella—. Solo necesito saber si alguien está intentando hacernos creer que la carta es más antigua de lo que es.
El análisis confirmó que la carta había sido preparada recientemente.
La información permitió descartar una interpretación que los habría llevado demasiado lejos.
—Exacto.
La segunda carta no resolvía nada. Sin embargo, demostraba algo importante: alguien conocía detalles que solo podían encontrarse en archivos antiguos o en recuerdos familiares.
Franco guardó la carta en una funda transparente y evitó tocarla más de lo necesario.
—Si alguien quiere que encontremos esto, también puede estar esperando nuestra reacción —dijo.
Aurelia asintió.
—Entonces no vamos a reaccionar. Vamos a comprobar.
Pasaron parte de la tarde comparando la fecha de la carta con los registros de la propiedad de Blackwood. Encontraron una coincidencia: aquella reunión del verano había sido anotada en una agenda familiar, pero el nombre de uno de los asistentes había sido tachado.
—Esto no demuestra quién era —dijo Aurelia.
—Pero demuestra que alguien quiso ocultarlo.
La investigación comenzó a adquirir una dimensión más personal. Franco se mostró incómodo al hablar de su padre, y Aurelia no lo presionó.
—No tienes que contarme nada antes de estar preparado.
—Lo sé. Por eso puedo contártelo cuando esté preparado.
La frase tuvo un significado que iba más allá de los documentos. Su relación estaba avanzando, pero ambos seguían aprendiendo a respetar los límites del otro.
Al terminar, Franco la acompañó hasta el ascensor. Antes de que las puertas se cerraran, Aurelia preguntó:
—¿Sigues arrepentido de aquella noche de lluvia?
Él sonrió.
—De la interrupción de Walter, sí. De lo demás, no.
Las puertas se cerraron antes de que Aurelia pudiera responder.
—Nuestro —repitió él.
—Esto sigue siendo nuestro secreto.
Antes de marcharse, Aurelia apoyó la mano sobre su mejilla.
Esa noche, Aurelia fue al departamento de Franco con la excusa de revisar la segunda carta. Terminaron trabajando solo unos minutos.
—No estás leyendo —observó Franco.
—Tú tampoco.
Ambos rieron. Franco cerró la carpeta y se acercó. Aurelia lo recibió con un beso tranquilo que poco a poco se volvió más intenso. Después se quedaron abrazados en el sofá, hablando en voz baja sobre cuánto había cambiado todo desde que decidieron dejar de negar lo que sentían.