Una simple coincidencia fue suficiente para cambiar el destino de dos mundos.
Zea nunca debió cruzarse en el camino del Rey Alfa.
Él es el gobernante más poderoso de todos los clanes. Un hombre cuya sola presencia inspira obediencia. Frío. Implacable. Incapaz de amar. Su vida siempre ha estado regida por una única ley: el deber está por encima de cualquier sentimiento.
Hasta que la conoce.
Desde el primer instante, algo en Zea despierta un instinto que creía muerto. Por primera vez, el Rey Alfa desea algo para sí mismo... y está dispuesto a desafiar al destino para conseguirlo.
Pero Zea también es un misterio.
Su familia ha vivido escondiendo una verdad tan antigua como peligrosa. Un secreto que ha pasado de generación en generación con una única regla: jamás acercarse a un alfa... y bajo ninguna circunstancia, a un Rey.
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Capítulo 7 El Paseo y la Mirada Ajena
El silencio entre ellos era un animal vivo, inquieto, que se movía entre las ramas de los rosales y se enredaba en los pétalos caídos. Bruno caminaba a paso lento, midiendo cada zancada para no dejar atrás a la joven omega que lo seguía con pasos temblorosos. No sabía qué decir.
El Rey Alfa, el hombre que había dado discursos ante miles de lobos, que había negociado tratados y declarado guerras, se sentía como un cachorro torpe en su primera luna.
Zea, por su parte, mantenía la mirada baja, fija en el camino de gravilla que crujía bajo sus pies. Sus dedos se aferraban al tiracorrea de su bolso con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos. El corazón le latía tan rápido que temía que él pudiera oírlo. ¿Por qué había aceptado? ¿Qué estaba haciendo? Sus padres le habían advertido, su tía Zafira le había repetido mil veces que los alfas eran peligrosos, y sin embargo, allí estaba, caminando al lado del más poderoso de todos.
Bruno notó su nerviosismo. El aroma a ansiedad que desprendía era tan sutil como penetrante, y su lobo interior se agitó, no con impaciencia, sino con un deseo profundo de calmarla, de protegerla de ese miedo que él mismo le causaba. Tenía que decir algo, romper el hielo antes de que ella saliera corriendo.
—Así que estudias finanzas —dijo finalmente, su voz grave y suave, como un trueno lejano—. Debes ser buena con los números.
Zea se aclaró la garganta, sorprendida de que él recordara su carrera. ¿Se lo había dicho Azú? ¿O había indagado por su cuenta? La idea de que el Rey Alfa hubiera preguntado por ella la turbó aún más.
—Sí —respondió, su voz apenas un susurro, y luego, cobrando un poco de valor, añadió—: Soy buena. Aunque todavía me falta mucho por aprender. Azú también es muy inteligente, por eso nos llevamos bien. Ella me ayuda con las materias teóricas y yo la ayudo con los cálculos. No soy una mala influencia para ella y…
Bruno soltó una risa que sonó más como un gruñido bajo, ronco y profundo, que como una verdadera carcajada. El sonido resonó en el pecho de Zea y le provocó un escalofrío que recorrió toda su columna.
—Estoy seguro de que la mala influencia entre ustedes dos no es de tu lado —dijo él, con una sonrisa que apenas curvaba sus labios, pero que iluminaba sus ojos grises de una manera que Zea no había visto antes.
Ella se sonrojó aún más, sintiendo que el calor le subía desde el cuello hasta las orejas. ¿Acaso era tan obvio que ella no era la más astuta? ¿Que su timidez y su torpeza social la delataban como la menos experimentada de las dos?
Bruno la observó, extasiado por la forma en que el rubor teñía sus mejillas, por la manera en que sus dedos se aferraban al bolso como si fuera un salvavidas. Quería tomarla de la mano, quería decirle que no tuviera miedo, que él nunca la lastimaría. Pero sabía que debía ir despacio, que una omega tan dulce y reservada como ella necesitaba tiempo para confiar.
—Deberías venir a practicar con las cuentas en la manada —dijo, intentando sonar casual, aunque cada palabra estaba medida con precisión—. Una cosa es la teoría y otra muy distinta es la práctica. Aprenderás mucho viendo cómo se administra el dinero de forma real. Podrías hacer una pasantía, si te interesa. Te enseñaría personalmente.
La oferta cayó sobre Zea como un balde de agua fría. Su mente comenzó a maquinar a toda velocidad. ¿Ir al despacho del Alfa? ¿Ellos solos? ¿Y de repente...? Recordó todas las historias que había escuchado, todas las advertencias de sus padres, todos los rumores sobre alfas que usaban su poder para aprovecharse de omegas indefensas. Su pulso se aceleró aún más, y sus pies se detuvieron sin que ella lo decidiera.
Bruno, que seguía caminando, notó su ausencia y se detuvo en seco. Zea, que no había estado prestando atención, chocó contra su espalda, que era tan sólida y firme como un muro de piedra. Dio un paso atrás, atontada, frotándose la frente con una mano mientras la otra seguía aferrada a su bolso.
—Lo siento —murmuró, avergonzada—, no estaba mirando…
Bruno se giró lentamente, y cuando sus ojos se encontraron con los de ella, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Zea estaba allí, tan cerca que podía contar las pestañas que enmarcaban sus ojos color miel. Su cabello castaño claro se movía suavemente con la brisa, y sus labios, ligeramente entreabiertos, parecían invitarlo a acercarse.
El lobo interior de Bruno rugió con una fuerza que apenas pudo contener. Quería tomarle la cara entre sus manos, quería inclinarse y probar sus labios, quería sentir su aroma envolverlo por completo. Pero se contuvo. No era el momento. No era así como debía hacerlo.
—Zea —dijo, su voz grave y ronca, cargada de una emoción que apenas podía controlar—, no tienes que disculparte. Nunca tienes que disculparte conmigo.
Zea levantó la vista, sus ojos encontrándose con los de él. Por un instante, el miedo se desvaneció, y solo quedó la conexión, ese hilo invisible que los unía desde que sus miradas se cruzaron por primera vez.
Pero en la distancia, entre los setos de rosas que bordeaban el jardín, una figura observaba la escena con los ojos entrecerrados y los puños apretados.
Briana era una loba de rango beta, miembro del consejo de ancianos de la manada, y tía de Isabel, la joven omega que llevaba meses persiguiendo al Rey Alfa sin éxito. Briana siempre había visto a su sobrina como la candidata perfecta para Bruno: de buena cuna, educada en las mejores costumbres, con un linaje impecable y una belleza que, aunque fría, era indiscutible.
Y ahora, ver a ese Alfa poderoso, ese Rey que había rechazado a su sobrina una y otra vez, mirando a una omega desconocida con esa devoción... era más de lo que podía soportar.
—¿Cambiar a mi sobrina? —murmuró Briana, su voz cargada de veneno—. ¿A una loba de tan buena cuna, por una pequeña omega? Una omega que pretende meterse con un Rey Alfa. ¿Qué se cree esa criatura?
Apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos. La indignación hervía en su pecho, y su lobo interior gruñía de furia. No podía permitirlo. No iba a permitir que una advenediza, una omega sin linaje ni posición, le arrebatara a su sobrina la oportunidad que merecía.
—Voy a acabar con esto —susurró, sus ojos oscureciéndose con determinación—. Isabel merece ser la Reina. Y yo me aseguraré de que lo sea.
Se dio la vuelta y se marchó, pero su mirada asesina hacia Zea quedó grabada en el aire como una promesa de guerra.
De vuelta en el jardín, Bruno y Zea seguían atrapados en su burbuja de tensión y deseo contenido. Él dio un paso adelante, y ella, en lugar de retroceder, se mantuvo firme.
—¿Qué te parece mi oferta? —preguntó él, su voz recuperando el control—. ¿Te gustaría venir a la manada a aprender sobre finanzas? Te prometo que será solo eso. Aprendizaje. Nada más.
Zea dudó. Su instinto le decía que huyera, que se alejara de ese Alfa que la envolvía con su presencia y la desarmaba con su mirada. Pero otra parte de ella, una parte más profunda, más primitiva, quería quedarse. Quería saber más de él. Quería entender por qué su corazón latía tan fuerte cada vez que lo veía.
—Yo... —comenzó, y luego se detuvo, mordiéndose el labio inferior—. Necesito pensarlo.
Bruno asintió, y una sonrisa suave, apenas perceptible, se dibujó en sus labios. "Tómate todo el tiempo que necesites. No hay prisa."
Pero en su interior, su lobo rugía de impaciencia. La quería ahora. La quería siempre. Y haría todo lo que estuviera en su mano para demostrarle que él no era como los demás alfas. Que él era diferente. Que con ella, estaba dispuesto a ser sumiso.
Mientras tanto, en las sombras del jardín, Briana ya estaba tramando su primera jugada. Y Zea, sin saberlo, acababa de ganarse una enemiga que no descansaría hasta verla lejos de Bruno.