Un amor del pasado. Un secreto doloroso. Y una voz que necesita ser escuchada.
Para el mundo criminal, Matteo Vitale es «El Lobo de Roma»: un capo despiadado, frío y sin corazón. Pero tras las puertas de su mansión, Matteo es solo un padre desesperado por proteger a Leo, su pequeño de siete años. Marcado por una traición desgarradora y traumatizado por los maltratos de su verdadera madre, el niño ha quedado sumido en un silencio absoluto y solo confía en Matteo.
Matteo juró no volver a abrir su corazón a nadie, hasta que Chiara Romano regresa a Italia tras diez años de ausencia.
Chiara ya no es la jovencita que él recordaba; ahora es una mujer independiente, experta en armamento, segura de sus curvas y con un espíritu vibrante que no se deja intimidar por la mafia. Sin lástima ni presiones, su calidez y su risa comienzan a derribar las defensas del pequeño Leo y a desafiar la armadura de hielo de Matteo.
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Capítulo 19: La trampa de Isabella y la furia del Lobo
La lluvia caía sin tregua sobre el asfalto del estacionamiento subterráneo del edificio corporativo de los Romano. El eco de las gotas golpeando las vigas de concreto creaba un zumbido denso, perfecto para ahogar cualquier grito.
Isabella avanzaba a pasos apresurados hacia su auto, ajustándose el tapado de piel. En su bolso llevaba la copia de un expediente falso que pensaba filtrar a la prensa sensacionalista esa misma noche: un reportaje amañado que pintaba al pequeño Leo como una criatura mentally inestable, un peligro violento e incurable para la sociedad, y a Chiara como una manipuladora oportunista que utilizaba a un niño mentalmente dañado para escalar posiciones en el monopolio del armamento.
Estaba a solo dos metros de su vehículo cuando las luces del nivel subterráneo parpadearon y se apagaron de golpe.
Un silencio sepulcral envolvió el lugar, interrumpido únicamente por el chasquido sordo de una puerta de hierro al cerrarse. Isabella se congeló en el sitio, sintiendo cómo los vellos de sus brazos se erizaban por instinto.
—¿Quién está ahí? —preguntó con la voz temblorosa, dando un paso atrás mientras buscaba las llaves en su bolso con dedos torpes—. Les advierto que el personal de seguridad está por...
No alcanzó a terminar la frase.
Una sombra colosal emergió de la negrura detrás de una de las columnas de concreto. Unos pasos pesados, lentos y calculados retumbaron en el pavimento, aproximándose con la cadencia imparable de un depredador que ya tiene a su presa acorralada.
—Tu seguridad está inconsciente en el piso tres, Isabella —resonó una voz de ultratumba, baja, grave y cargada de una vibración tan oscura que pareció hacer vibrar el aire del estacionamiento.
Isabella soltó un ahogo de terror cuando la luz tenue de un foco de emergencia iluminó la figura que se alzaba frente a ella.
Era Matteo Vitale.
El Capo no llevaba saco; vestía únicamente su camisa negra con las mangas arremangadas, dejando al descubierto sus antebrazos tensos y las venas marcadas por la adrenalina. Su rostro era una máscara de piedra tallada en el dolor y la furia más implacable que Roma hubiera visto en décadas. Pero lo más aterrador no era su tamaño, sino sus ojos: los iris grises, habitualmente fríos como el hielo, ardían convertidos en dos brasas de puro fuego negro.
—M-Matteo... —balbuceó ella, dando dos pasos hacia atrás hasta que su espalda chocó violentamente contra la columna de concreto—. ¿Qué... qué haces aquí?
Matteo no respondió. En un movimiento ridículamente rápido para un hombre de su envergadura, cerró la distancia.
Antes de que Isabella pudiera lanzar un chillido, la mano gigantesca del Capo se abrió y se cerró con una fuerza descomunal alrededor de su garganta. La estalló contra la pared de concreto, levantándola varios centímetros del suelo con un solo brazo.
El impacto le sacó todo el aire a Isabella. El bolso se le cayó de las manos, desparramando las hojas del expediente falso por el suelo mojado.
—¡Agh...! —gimoteó ella, arañando inútilmente la muñeca de acero de Matteo mientras sentía cómo el oxígeno desaparecía de sus pulmones. Sus ojos se abrieron desorbitados por el pánico real.
—Se te advirtió una vez —susurró Matteo, acercando su rostro al de ella hasta que Isabella pudo sentir el calor abrasador y peligroso de su respiración—. Se te dijo que no volvieras a cruzar la línea con mi familia. Y tú tuviste la estupidez de redactar esta basura sobre mi hijo.
Matteo apretó la toma un milímetro más. El rostro de Isabella comenzó a tornarse rojo, sus piernas pataleaban en el aire sin encontrar punto de apoyo y sus labios temblaban de puro pavor ante la certeza de que este hombre era capaz de partirle el cuello en ese mismo instante sin pestañear.
—Pensaste que la prensa iba a publicar esto hoy —prosiguió el Capo en ese tono bajo, letal, que helaba la sangre de sus enemigos en las ejecuciones de la mafia—. Pensaste que ibas a arrastrar el nombre de un niño de siete años por el barro para vengarte. Crees que soy ciego, Isabella. Crees que no sé cada paso miserable que das.
—M-Matteo... por favor... —alcanzó a articular ella entre estertores, soltando lágrimas de pura humillación y dolor—. ¡Yo... yo te vi primero! ¡Antes de que esa zorra apareciera! ¡Ella te... te manipuló! ¡Yo merecía estar a tu lado, no ella! ¡Yo te amaba!
Matteo soltó una risa corta, una ráfaga de aire helado que hizo que a Isabella se le congelara el corazón.
—¿Tú me viste primero? —repitió el Capo, clavándole las pupilas negras a milímetros de su cara—. Déjame aclararte una cosa, pedazo de basura: yo jamás te vi a ti. Nunca. Ni hace cinco años, ni hoy, ni en mil vidas más. Para mí nunca fuiste más que una sombra molesta. No existes. No eres nada.
Isabella soltó un sollozo ahogado, sintiendo cómo el desprecio absoluto de Matteo le dolía tanto como la falta de aire en sus pulmones.
—Chiara no necesitó manipular nada para entrar a mi casa —continuó Matteo, aflojando la presión apenas lo suficiente para que ella escuchara cada una de sus palabras antes de la sentencia—. Ella tiene lo que tú jamás vas a tener en tu podrida existencia: alma, valentía y el amor de mi hijo.
—Por... favor... —suplicó ella, con la vista comenzando a nublársele por la falta de oxígeno.
Matteo la acercó un poco más a su rostro, con la mandíbula apretada con tanta violencia que los músculos de su cuello amenazaban con romper la piel.
—Escúchame muy bien porque esta es la última palabra que vas a escuchar de mi boca en tu vida —sentenció el Lobo de Roma con una voz que pareció retumbar desde el fondo de la tierra—. Si vuelves a pronunciar el nombre de Leonardo, si vuelves a intentar escribir una sola mentira sobre él, o si te atreves a respirar a menos de cien metros de Chiara Romano... me va a importar un carajo la alianza con tu padre. Te voy a arrancar de la faz de la tierra. Te voy a desintegrar a ti y a todo lo que tocaste, ¿me entendiste?
Isabella, temblando de pies a cabeza, con el llanto desbordado por sus mejillas y el pánico calándole hasta los huesos, asintió enérgicamente con la cabeza, incapaz de articular palabra.
Matteo la soltó de golpe.
Isabella cayó al suelo de rodillas como un saco de papas, tosiendo desesperadamente, llevándose ambas manos al cuello mientras intentaba tragar bocanadas de aire. El cuerpo le temblaba en un ataque de pánico incontrolable.
El Capo no se molestó en mirarla caer. Levantó una de sus botas lustradas y pisó el expediente falso en el suelo, rompiendo los papeles contra el agua sucia. Luego, se ajustó las mangas de la camisa con absoluta parsimonia, dándole la espalda.
—Edans —dijo Matteo hacia la negrura del pasillo.
La mano derecha del Capo emergió de las sombras.
—Señor.
—Llama a Giordano Romano. Dile que su hija mayor tuvo un ligero altercado en el estacionamiento y que sugiero fuertemente que la mande a un internado en Suiza antes de que termine en el fondo del río Tíber.
—Enseguida, señor.
Matteo caminó hacia su auto sin volver la vista atrás ni un solo segundo. Dejó a Isabella hecha un ovillo en el suelo de concreto, temblando entre sollozos, sabiendo que el Lobo de Roma le había perdonado la vida por única y última vez.
Edans te soltó la bomba 💣💣💣 Vanessa sin filtro ahora veremos que le dirás 🤔🤔🤔❓❓❓
Ahora sí viene la fiesta de compromiso de Chiara y Matteo por fin.
Matteo ahora después de esa confesión te liberaste porque Chiara no se asustó sino que te respaldó por lo que hiciste.