Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.
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Capítulo 19
Capítulo 19: Alguien que da la cara
Se lo conté todo.
Al teléfono primero, a trompicones, y en la noche completo, en su casa, sentada en el sillón con las piernas cruzadas mientras él escuchaba de pie, con los brazos cruzados y la mandíbula cada vez más apretada.
—O sea que le debes dinero a tu ex —dijo, muy despacio, cuando terminé.
—A Kevin. Sí. Veinte mil. Para la operación de mi papá. —Tragué saliva—. Se los iba a ir pagando de a poquito.
—Kevin. —Repitió el nombre como quien muerde algo agrio—. El gamer. El que te dejaba pelear tu lugar cada tres días.
—Damián…
—No. —Levantó una mano—. Mañana lo arreglamos. Todo. De un jalón. Y no lo vuelves a ver, Sofía. En tu vida. Eso no te lo estoy pidiendo. —Me clavó los ojos, negros de celos—. Te lo estoy diciendo.
Me irritó y me protegió a la vez, esa manera suya de disponer las cosas como si fueran suyas. Y yo, que siempre había sido la que reparaba todo sola, la que marcaba primero, la que cedía, sentí algo desconocido: alguien más agarraba el timón. Alguien daba la cara por mí.
—————
Antes de eso, esa misma tarde, en la oficina de Renata, me había caído otro secreto encima.
Miranda Herrera. La "muñequita" de Velatech, la que toda la oficina señalaba como la nueva amante de Fabián, la que todos criticaban por coqueta.
Era la infiltrada de Renata.
—Yo la puse ahí —me dijo Renata, tranquila, mientras Miranda, del otro lado del cristal, le sonreía a Fabián con una coquetería de manual—. Que la vea y no la toque. Que él crea que la puede tener y que ella siempre se le escape. Es la carnada. Mientras Fabián babea por Miranda, se descuida, y yo documento cada paso que da.
Me quedé con la boca abierta. La "villana" del chisme de oficina era una pieza de ajedrez de mi jefa.
—No voy a firmar el divorcio todavía —siguió Renata, y me expuso su credo entero como quien enseña un plano—. Primero recupero lo mío. El patrimonio. La empresa. La dignidad. Guardo las apariencias por mi hijo y porque me conviene. El orgullo herido no se cobra con gritos, Sofía. Se cobra con inteligencia y con paciencia. La que grita, avisa. La que calla, gana.
La miré como se mira a una maestra. En ese momento decidí, sin decírselo, que quería ser como ella. Una mujer que no dependía de nadie. Que se cobraba pensando.
—————
Al día siguiente, en un restaurante de manteles largos, los cuatro frente a frente. Damián y yo de un lado. Kevin y Brenda del otro, ella con el mechón todavía disimulado bajo un peinado nuevo.
Damián no perdió el tiempo. Sacó una tarjeta y la deslizó sobre el mantel, hacia Kevin.
—Veintidós mil. El préstamo y los intereses. —Su voz no subió ni un tono—. Con esto, la deuda queda saldada. Y tu historia con ella —hizo una pausa milimétrica— queda archivada. Para siempre. No la buscas. No le escribes. No existes.
Kevin miró la tarjeta. Miró a Damián. Y, para su honra, no se achicó: tomó la tarjeta, la guardó, y estiró la mano para estrechar la de Damián, de hombre a hombre.
Damián se le quedó viendo la mano.
Y no se la estrechó.
El gesto lo dijo todo. Kevin bajó la mano despacio, asintió con una dignidad triste, y no insistió.
Después Damián se volvió hacia Brenda.
—Tú le gritaste "arrimada" en la calle. Delante de todos. —Silencio de hielo—. Ahora te disculpas. Delante de todos. Con la misma voz.
Brenda, blanca, farfulló una disculpa temblorosa.
—Más fuerte.
La repitió más fuerte, con lágrimas de rabia.
Y entonces Damián me miró a mí. Solo me miró. Y en esa mirada había un permiso.
Me levanté, di la vuelta a la mesa, y le solté a Brenda tres cachetadas de desquite, una por cada humillación de los primeros meses, delante del restaurante entero. No me tembló la mano. Brenda no se atrevió ni a chistar, con Damián ahí.
Volví a mi lugar con la palma ardiendo. Y Damián me tomó la mano enrojecida, se la llevó a la boca, le sopló despacio sobre la piel caliente, y me preguntó, bajito, solo para mí:
—¿Te dolió?
Se me hinchó el pecho de una manera nueva. Porque nadie, nunca, en toda mi vida, había dado la cara por mí así.
—No —le dije, y me salió la sonrisa sola—. Se sintió rico.
—————
No aguantamos hasta la casa.
En el estacionamiento subterráneo de la plaza, apenas se cerró la puerta del auto y quedamos en penumbra entre el eco de los motores, me jaló hacia él. Yo iba caliente todavía de la adrenalina, del orgullo, de verlo defenderme, y lo besé yo primero, con las dos manos en su cara.
—Aquí no —dije, y no lo dije en serio, y él lo supo.
—Aquí sí —murmuró contra mi boca, y me pasó al asiento con él, y me subió la falda con una mano mientras con la otra echaba el seguro.
Fue rápido y fue urgente y fue mío. Yo lo guie, le desabroché, me acomodé sobre él en el poco espacio, con la nuca contra el techo y la risa entrecortada, y él me sostuvo de las caderas y me dejó llevar el ritmo, mirándome desde abajo con esos ojos negros como si yo fuera lo único en el mundo.
—Despacio —le pedí, y él obedeció; y después—: así, ya —y él me siguió; leyéndome, siempre leyéndome, dándome exactamente lo que yo marcaba. Me mordí el labio para no hacer ruido en el silencio del estacionamiento, y él me tapó un gemido con su boca, y me llevó hasta el borde y por encima, ahí, apretados y torpes y felices, en el asiento de su auto como dos adolescentes.
Después nos reímos como tontos, despeinados, y nos fuimos a la casa y faltamos los dos al trabajo esa tarde entera. Y volvimos a querernos en su cama, ya sin prisa, toda la tarde, hasta que se metió el sol y nos dio hambre y él se levantó desnudo a hacerme unos huevos y yo lo miré desde la cama pensando que nunca en mi vida había sido tan feliz.
—————
El fin de semana, paseando por la calle peatonal con Alondra —Damián nos había dejado una tarjeta "por si se les antoja algo", así, como si nada, con esa manera suya de aventar el dinero sin darle importancia—, mi amiga me miró de reojo entre los aparadores.
Habíamos entrado a probarnos vestidos que ninguna de las dos hubiera podido pagar hacía un año. Yo me veía en el espejo con uno color vino, carísimo, y por un segundo me imaginé la vida entera así: los vestidos, el auto negro esperando afuera, el hombre que daba la cara por mí. Y me dio, en vez de gusto, un vértigo raro. Como asomarse a algo demasiado alto.
—Oye. En serio. —Alondra se recargó en el mostrador—. Ese hombre te trata como reina. Te saldó una deuda, te dio permiso de cachetear a tu enemiga, te sopla la mano. Sofi. —Se detuvo—. ¿Y si un día te casaras con él?
Me mordí la lengua. Bajé la vista del espejo a mis tenis gastados, los mismos de siempre, asomando ridículos debajo del vestido de vino, al lado de todo ese lujo, y sentí la grieta vieja abrirse un dedito.
—Puras fantasías de una muerta de hambre —murmuré, y me quité el vestido—. Para el gran Godoy yo soy un antojo, Alondra. Los ricos se casan con ricas, con gente de su mundo, con apellidos. Yo soy la novia de hoy. La de mientras. —Colgué el vestido en su gancho, con cuidado, como quien devuelve algo que no le pertenece—. Y los antojos, tú sabes, se acaban en cuanto uno se llena.
Alondra no me contestó. Pero me pasó el brazo por los hombros, y las dos salimos de la tienda sin comprar nada, y yo me guardé esa fantasía en el fondo, bien hondo, donde guardaba las cosas que me daba miedo querer.