La vida de un escritor otaku
Saito Takahara tiene 28 años y lleva una vida tranquila y solitaria en Tokio.
Es un escritor de novelas ligeras que ha conseguido ganarse la vida con sus historias, pero fuera de su trabajo pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su casa, escribiendo, jugando videojuegos y disfrutando de su mundo otaku.
Todo cambia una noche en Akihabara.
Al salir de una tienda, Saito encuentra a dos jóvenes sentadas en la calle, agotadas y sin un lugar donde pasar la noche. Son Izumi, de 21 años, y Akane, de 18.
Sin saber qué les ha ocurrido y sin esperar nada a cambio, Saito decide ayudarlas y les ofrece quedarse en su casa.
Lo que comienza como una simple ayuda termina convirtiéndose en algo mucho más grande.
La casa que durante años había estado en silencio comienza a llenarse de conversaciones, risas, videojuegos y momentos que Saito jamás imaginó vivir. Mientras Akane empieza a sentirse cada vez más cómoda a su lado, Izumi mantiene cierta distancia.
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Los celos de Akane
El fin de semana finalmente había comenzado.
Me desperté más tarde de lo habitual. Después de pasar buena parte de la noche pensando en lo que Izumi me había contado, apenas había conseguido dormir unas horas.
Cuando bajé las escaleras, encontré a Akane sentada en el sillón de la sala, con una taza de café entre las manos.
—Buenos días, Akane.
—Buenos días.
Su respuesta fue bastante seca.
Me quedé mirándola unos segundos antes de dirigirme a la cocina.
Preparé mi café y, mientras lo hacía, decidí preguntarle si quería desayunar.
—¿Quieres que prepare algo para comer?
—No.
Otra respuesta corta.
Aquello era extraño.
Normalmente Akane siempre aceptaba algo para desayunar, incluso cuando no tenía mucha hambre.
Tomé mi taza y regresé a la sala. Intenté sentarme a su lado para hablar con ella, pero apenas me acerqué, Akane se movió hacia el otro extremo del sillón y comenzó a mirar su teléfono.
No dije nada.
Simplemente me quedé observándola.
Quería contarle lo que había ocurrido la noche anterior.
Quería explicarle lo que Izumi me había contado sobre su pasado.
Pero no sabía cómo empezar.
No sabía si Izumi quería que yo hablara de aquello con alguien más.
Y, sobre todo, no sabía cómo explicarle a Akane que la razón por la que había pasado tanto tiempo despierto no era lo que Izumi había dicho al final, sino todo lo que había tenido que soportar antes de conocernos.
Tomé un poco de aire.
—Akane, yo...
Antes de poder continuar, escuché pasos bajando por las escaleras.
Izumi apareció en la sala.
—Buenos días.
—Buenos días —respondí.
Akane también la saludó, aunque su tono continuaba siendo algo frío.
Miré a Izumi.
—¿Quieres desayunar?
—Sí. Tengo bastante hambre.
—Está bien.
Regresé a la cocina y preparé café y algo para que comiera.
Cuando volví, Izumi ya estaba sentada en la mesa del comedor.
Dejé el desayuno frente a ella.
—Gracias.
—De nada.
Izumi tomó un sorbo de café y frunció el ceño.
—Saito...
—¿Sí?
—No recuerdo qué pasó ayer.
Sentí que algo dentro de mí se relajaba.
No sabía por qué, pero me sentí aliviado.
—Volviste a beber demasiado.
—¿Otra vez?
—Sí.
—¿Y qué hice?
—Te quedaste dormida.
—¿En el sillón?
—Sí.
Izumi me miró unos segundos.
—Entonces, ¿por qué desperté en mi habitación?
—Te cargué hasta allí.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Me cargaste?
—Sí.
—¿Por qué no me dejaste dormir en el sillón?
Me encogí de hombros.
—No lo sé. Supongo que pensé que estarías más cómoda en tu cama.
Izumi comenzó a sonreír.
—¿O acaso querías aprovecharte de mí?
—¡¿Qué?!
Sentí cómo mi cara se calentaba.
—¿Me cargaste hasta mi habitación para manosearme mientras estaba dormida?
—¡Claro que no!
Mi voz salió más fuerte de lo que esperaba.
Desde el sillón, Akane se levantó.
No dijo nada.
Simplemente tomó su teléfono y subió las escaleras.
La observé alejarse.
—Izumi, eres tonta. No hagas ese tipo de bromas.
Izumi soltó una carcajada.
—Está bien, está bien. Lo siento.
Aún así ella continuó riéndose, yo no podía dejar de pensar en la reacción de Akane.
Después de desayunar, Izumi regresó a su habitación.
—Voy a revisar unas cosas en la laptop.
—Está bien.
Yo aproveché para regresar a mi habitación y continuar escribiendo.
Había avanzado bastante con mi nueva novela, pero todavía tenía mucho trabajo por delante.
Intenté concentrarme.
Durante aproximadamente una hora, conseguí hacerlo.
Hasta que escuché unos golpes en la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió.
Era Akane.
—¿Podemos hablar?
—Sí, claro.
Akane entró y se sentó en el borde de mi cama.
Cerré la laptop.
—¿Qué sucede?
—Quería salir a comprar algunas cosas.
—Claro. Podemos ir.
Me levanté.
—Aunque deberíamos preguntarle a Izumi si quiere venir.
La expresión de Akane cambió ligeramente.
—Izumi volvió a acostarse.
—Ah...
Me quedé pensando unos segundos.
—Entonces podemos ir nosotros dos.
Akane sonrió.
—Sí.
Nos preparamos y salimos de casa.
Apenas comenzamos a caminar, Akane tomó mi mano.
No dije nada.
Después de lo ocurrido en los últimos días, ya me había acostumbrado un poco a que ella hiciera ese tipo de cosas.
—¿A dónde quieres ir?
—Primero quiero comprar algo.
—¿Qué cosa?
Akane no respondió.
Simplemente me llevó hasta una librería.
Al entrar, recorrió los estantes hasta detenerse frente a una sección de novelas.
Entonces vi mi propio libro.
“Donde el silencio se rompe”.
Mi nueva novela ya estaba publicada.
Akane tomó un ejemplar.
—Ahora sí voy a poder leerlo.
—Lo siento la próxima serás la primera en leer el manuscrito.
Sonreí.
—Esta vez voy a cumplir mi promesa.
Después de pagar el libro, continuamos caminando.
Nuestra siguiente parada fue una tienda de ropa.
Akane comenzó a mirar diferentes prendas.
—¿Quieres comprar algo?
—Sí.
—Entonces toma.
Saqué mi billetera y le ofrecí dinero.
Pero Akane me agarró del brazo.
—No.
—¿No?
—Entra conmigo.
—¿Yo?
—Sí.
Antes de que pudiera protestar, ya me estaba llevando dentro.
Una vendedora se acercó a nosotros.
—¿Puedo ayudarlos?
Akane asintió.
—Estoy buscando un vestido para un evento especial.
—Por supuesto.
La mujer comenzó a mostrarle diferentes vestidos.
Finalmente, Akane eligió tres.
El primero era azul.
Sencillo, pero elegante.
El segundo era gris y tenía varios volados que le daban un aspecto más delicado.
Y el tercero era rojo, con una terminación de tela blanca y traslúcida a la altura de los tobillos.
Akane salió del probador con el vestido rojo.
Me quedé mirándola durante unos segundos.
Era diferente a como solía verla en casa.
Mucho más elegante.
—¿Qué opinas?
Tardé un momento en responder.
—Te vez hermosa.
Akane se sonrojó.
La vendedora sonrió.
—Su novio tiene razón.
—¡No somos pareja!
Lo dije demasiado rápido.
La vendedora pareció sorprendida.
Akane, en cambio, sonrió.
—Nos llevamos este.
—Akane...
—Este.
Antes de que pudiera decir algo más, la vendedora comenzó a preparar la compra.
Al final terminé pagando el vestido.
Cuando salimos de la tienda, miré a Akane.
—¿Y ahora?
—Podríamos ir a tomar algo.
—Está bien.
Fuimos hasta un café cercano.
Nos sentamos frente a frente y pedimos nuestras bebidas.
Durante unos minutos ninguno dijo nada.
Entonces Akane dejó su taza sobre la mesa.
—Saito.
—¿Sí?
—Escuché lo que hablaron ayer.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué... cuánto escuchaste?
—Todo.
Sentí que el corazón me comenzaba a latir más rápido.
—¿Todo?
Akane asintió.
—Ya conocía la historia de Izumi.
—¿Cómo?
—Ella me la contó hace tiempo. Después de conocernos.
Bajé la mirada.
No sabía qué decir.
Akane continuó.
—También pienso como ella.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti.
Levanté la mirada.
—Creo que eres una buena persona, Saito.
Sentí una pequeña sonrisa aparecer en mi rostro.
—Y también estoy muy feliz de estar contigo.
Aquellas palabras me hicieron sentir bien.
—Yo también estoy muy feliz de tenerlas en mi vida.
Akane sonrió.
—¿A las dos?
—Sí.
—¿Por qué?
Pensé unos segundos antes de responder.
—Porque gracias a ustedes mi vida se volvió mucho más alegre.
Miré por la ventana del café.
—Antes de que aparecieran, pasaba casi todo mi tiempo solo. Escribía, jugaba y volvía a escribir. Ahora hay alguien con quién compartir el día a día, esperándome cuando regreso a casa.
Volví a mirarla.
—Para mí son muy importantes.
Akane sonrió.
—Ya me di cuenta de que eres un caballero.
—¿Un caballero?
—Sí.
Bebió un poco de su café.
—Ayer Izumi te hizo una propuesta y tú no te aprovechaste de ella. La ayudaste y la llevaste a su habitación.
Me quedé callado.
—Para mí eso significa mucho.
—Solo dijo esas cosas porque estaba borracha.
Akane inclinó ligeramente la cabeza.
—Es muy probable.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero muchas veces, cuando las personas están borrachas, terminan diciendo lo que realmente piensan o sienten.
Me quedé inmóvil.
En ese momento recordé las palabras de Izumi.
“Me gustas, Saito.”
Mi rostro comenzó a calentarse.
Intenté apartar ese pensamiento.
Solo había sido una situación provocada por el alcohol.
Eso era todo.
Akane me miró.
Yo la miré a ella.
Ninguno de los dos dijo nada más.
Cuando salimos del café, Akane volvió a tomar mi mano.
Continuamos caminando juntos.
Después de unos minutos pasamos frente a una tienda especializada en vestidos de boda.
Akane se detuvo.
Miró el escaparate durante unos segundos.
—Saito.
—¿Sí?
—¿Alguna vez pensaste en casarte?
Me sorprendí por la pregunta.
—¿Casarme?
—Sí.
Miré los vestidos del escaparate.
—La verdad es que nunca lo había pensado demasiado.
Hice una pequeña pausa.
—Pero supongo que, si algún día encuentro a la persona adecuada, me gustaría formar mi propia familia.
Akane me miró.
Yo la miré a ella.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Ambos terminamos sonrojándonos.
—Vamos —dije finalmente.
—Sí.
Continuamos caminando hacia casa.
Cuando llegamos, Izumi estaba sentada en el sillón.
—Bienvenidos.
Entonces miró nuestras manos.
Seguíamos tomados de la mano.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Vaya, vaya... ¿los tortolitos tuvieron una cita?
—¡No fue una cita!
Me puse rojo.
Akane, en cambio, parecía bastante tranquila.
—Mira lo que compré.
Le mostró la bolsa.
Izumi la tomó y miró dentro.
—¿Un vestido?
—Sí.
—Qué bonito.
Entonces Izumi levantó la mirada hacia mí.
Su expresión cambió ligeramente.
Era una mirada que decía claramente que estaba pensando en algo.
Akane subió a su habitación para guardar sus cosas.
Apenas desapareció de nuestra vista, Izumi se volvió hacia mí.
—¿Así que ahora sales con Akane? y ¿La acompañas a probarse ropa?
—No salí con ella.
—¿Entonces qué hicieron?
—Ella quería comprar algunas cosas.
—¿Y por qué no me invitaron?
—Porque me dijo que estabas durmiendo.
—Solo estaba acostada por la resaca.
Izumi cruzó los brazos.
—Hubiera ido si me lo hubieran dicho.
—Lo siento.
—¿Entonces fue una cita?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Suspiré.
—Podemos hacer algo los tres mañana.
Izumi sonrió.
—Está bien. Lo aceptaré.
En ese momento escuchamos pasos en las escaleras.
Akane bajó.
Llevaba puesto el vestido rojo que acababa de comprar.
Me quedé mirándola.
Por alguna razón, volví a tener la misma reacción que había tenido en la tienda.
Se veía preciosa.
Izumi lo notó inmediatamente.
—Saito, cierra la boca. Se te va a caer la baba.
—¡¿Qué?!
Sentí cómo me ponía rojo.
Akane sonrió feliz.
—Saito dijo que me veía hermosa.
—¡Akane!
Izumi comenzó a reír.
—Así que se lo dijiste.
—Yo...
No sabía qué responder.
Decidí escapar antes de que pudieran seguir molestándome.
—Voy a mi habitación.
Subí las escaleras y me recosté un rato en la cama.
Tomé mi teléfono.
Tenía un mensaje nuevo.
Era de Hana.
“¿Quieres cenar conmigo esta noche?”
Sonreí.
Después de pensarlo unos segundos, acepté.
Me cambié y bajé nuevamente.
—Chicas, voy a salir.
Izumi levantó la mirada.
—¿A dónde?
—Tengo una cena con Hana.
Akane bajó la mirada.
No dijo nada.
Izumi sonrió.
—Vaya, vaya... qué mujeriego.
—No soy ningún mujeriego.
—¿Entonces qué es Hana?
—Una amiga.
Izumi levantó una ceja.
—¿Una amiga?
—Sí. Una amiga.
—Entiendo.
Se quedó sonriendo.
—Que tengas una buena cena, mujeriego.
—Ya te dije que no soy...
Decidí no continuar.
—Nos vemos después.
—Adiós —dijo Izumi.
Akane no respondió.
Simplemente se dio la vuelta y regresó a su habitación.
Me quedé unos segundos mirando las escaleras.
No sabía exactamente qué le pasaba.
Pero después de todo lo que habíamos hablado durante el día, su reacción me preocupaba.
Finalmente salí de casa.
Mientras caminaba hacia la estación, no pude evitar pensar en ella.
Pero ya era demasiado tarde.
Esta vez, sin embargo, tenía la sensación de que Akane no estaba simplemente molesta.
Y no sabía por qué, pero eso me preocupaba más de lo que quería admitir.