Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?
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El precio de quince años
El descanso fue una ilusión. Pasé las pocas horas que quedaban de la noche dando vueltas en mi jergón de paja, con el eco de las palabras de mi padre retumbando en mis oídos.
El peso del secreto familiar y el frío de la madrugada me tenían con los ojos abiertos en la penumbra.
De repente, un sonido espantoso rasgó el aire del amanecer. No era la campana del pueblo, sino un cuerno de guerra extranjero, largo y grave, que hizo vibrar la madera de mi habitación.
El sonido se repitió tres veces, anunciando que el colosal ejército enemigo ya estaba aquí.
Me levanté de golpe, con el corazón golpeando mi pecho. Me vestí a toda prisa y salí corriendo hacia la plaza principal.
El pueblo era un caos controlado. Los hombres y mujeres capaces de combatir corrían a sus posiciones y unidades con armas en la mano, mientras las antorchas agonizaban bajo la densa niebla matutina.
Encontré a mi hermano cerca de la entrada norte. Tenía el rostro pálido y sostenía su equipo con fuerza.
Antes de que pudiéramos darnos cuenta, las pesadas puertas de madera comenzaron a abrirse lentamente bajo la supervisión de mi padre y Philos.
Un único jinete avanzaba al trote a través de la poca niebla que aún quedaba, sosteniendo una bandera blanca de tregua en su mano derecha.
Se detuvo a pocos metros de la entrada y, con una voz potente que resonó en todo el pueblo, entregó el mensaje: el rey de los gálatas exigía una audiencia inmediata en el campamento bárbaro antes de iniciar cualquier conflicto. No quería hablar con emisarios, sino directamente con Oemirus.
Mi padre no lo dudó. Con la frialdad de un comandante experimentado, ordenó que una pequeña escolta lo acompañara: mi tío Philos, Melos y un grupo de diez hombres de aquellos que siempre habían estado con él desde los primeros días de su juventud, sus hermanos de armas.
Yo aproveché que mi padre, mi tío y mi hermano iban al frente; agarré el arco con el que había aprendido a cazar, unas flechas, y me coloqué al final de la línea doble de los hombres que escoltaban el grupo.
Nadie me detuvo. La tensión y concentración eran tales que nadie se percató de que yo también iba a esa reunión.
Caminamos un centenar de pasos más allá de los muros, adentrándonos en un campamento donde el cielo de la mañana ya daba sus primeros rayos de sol.
Allí, rodeado por un grupo de hombres con aspecto feroz y físicamente imponentes, nos esperaba el líder de aquellos guerreros.
El rey Grocker era un ser imponente. Su estatura era descomunal, superando los ciento noventa centímetros de altura; tenía los hombros anchos como un buey, una barba larga y unos ojos que reflejaban una frialdad absoluta. Su sola presencia física infundía un respeto aterrador.
Cuando Oemirus se detuvo frente a él, Grocker dio un paso antes, haciendo crujir la hierba helada bajo sus pesadas botas de cuero.
—Quince años —dijo Grocker, y su voz profunda vibró en el aire como un trueno.
—Quince años he cargado con el luto y el dolor de perder a mi hermano menor, Crok. Él vino a estas tierras con oro, buscando un hogar y un trato justo para nuestra gente. Y tú, Oemirus, me devolviste su cadáver ensangrentado.
Mi padre sostuvo la mirada del gigante sin parpadear. Incluso desde mi posición al final de la fila, pude notar la rigidez y la tensión en su mandíbula.
—Fue un malentendido trágico, rey Grocker —respondió con voz firme.
—Mis hombres reaccionaron con miedo, creyendo que desenvainaba un arma. Lamento la muerte de su hermano todos los días de mi vida.
—¡Tus lamentos no me devolverán a mi sangre! —rugió el rey bárbaro.
Por un segundo, la furia transformó su rostro imponente, revelando un enojo salvaje que amenazaba con desatar la violencia en ese mismo instante.
—Tu pequeña liga y tus muros de madera no son nada ante mi ejército. He venido a borrar tu estirpe de la tierra para saciar la memoria de Crok.
Pero no vine solo.
Quise traer a un viejo amigo tuyo para que vieras el valor real de la corona que defendías.
Grocker hizo un leve gesto con la mano. De entre las filas de guardias, una silueta vestida con túnicas de seda fina, pero visualmente sucias, dio un paso al frente.
Sentí que la sangre se me congelaba en las venas al reconocerlo por las descripciones de la noche anterior. Era un hombre de mediana edad, de postura elegante, pero con una mirada escurridiza que delataba su naturaleza cobarde. Su rostro mostraba una sonrisa burlona y soberbia.
Era Efialtes.
Mi tío ahogó una maldición y dio un paso al frente con la mano en la espada, pero mi padre lo detuvo alzando el brazo.
—Mírate, Oemirus —dijo Efialtes, y su voz siseó con un desprecio absoluto mientras acomodaba los pliegues de su túnica.
—El gran regente de Palfidias, el héroe del pueblo, viviendo como un vagabundo en una frontera plagada de salvajes. ¿De verdad pensaste que tu exilio te mantendría a salvo para siempre?
—¿Qué haces aquí, traidor? —bramó Melos, incapaz de contener la rabia al ver al hombre que había destruido el futuro de su familia.
Efialtes soltó una pequeña risa seca, mirando a mi hermano con condescendencia.
—Hago lo que un verdadero hombre de Estado debe hacer para sobrevivir —respondió Efialtes, inclinando levemente la cabeza hacia el rey bárbaro.
—Cuando el ejército del rey Grocker cruzó las fronteras de Wilders, la capital, Apameia, cayó en cuestión de días.
El rey Tridates intentó luchar con orgullo, pero su acero no fue rival para la fuerza del soberano gálata. Su cabeza adorna ahora una pica en las ruinas de su propio palacio.
Un incómodo silencio cayó sobre los escoltas de mi padre. El rey Tridates había muerto; estábamos completamente desamparados.
—Iba a correr la misma suerte —continuó Efialtes, perdiendo por un segundo la sonrisa al recordar el terror de la caída.
—Pero le ofreció al rey Grocker un trato que no pudo rechazar. A cambio de perdonarme la vida, le prometí guiarlo directamente hacia el escondite del hombre que asesinó a su hermano.
Grocker miró a Efialtes con un desprecio evidente por la forma en que se encogía la rata útil, y luego volvió a clavar sus ojos de cazador sobre mi padre.
—La traición de tu propia gente te ha traído hacia mí, Oemirus —sentenció el rey bárbaro, cruzando sus enormes brazos sobre su pecho.
—El juego ha terminado. Entrega tu cabeza y la de tus hijos ahora mismo, y permitiré que las familias de este pueblo vivan como nuestros esclavos.
Si te niegas, mi ejército marchará y, en cuestión de unos minutos, no dejará una sola piedra en pie sobre Wilders. Elige.
Las palabras de Grocker quedaron flotando en el aire matutino, pesadas y definitivas, mientras la niebla terminaba de desvanecerse por completo.
Tras él, miles de soldados permanecían en un orden absoluto: un muro de escudos y lanzas que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Tal vez unos cuarenta mil bárbaros. El silencio del campamento era asfixiante.
Sin embargo, Oemirus permaneció inmóvil. Su mirada no se desvió hacia el traidor, sino que se mantuvo fija en los ojos del gigantesco rey.
Lentamente, mi padre paseó la vista por el grupo que lo acompañaba. Frente a la monstruosa amenaza, las espaldas de nuestros guerreros se mantuyeron firmes; sus hombros rígidos demostraban que no había un solo destello de miedo ni temblor en las manos que acariciaban los pomos de sus espadas.
Mi tío Philos dio un paso al frente, rompiendo la formación, y escupió en el suelo justo a los pies de Efialtes.
—Una rata siempre buscará un amo nuevo cuando el barco se hunde, Efialtes —dijo Philos con una voz que destilaba un desprecio absoluto.
—Encontraste a un viejo, es cierto, pero cometiste un error absoluto. No tienes idea de con quién te estás metiendo.
Uno a uno, los diez hombres desenvainaron sus armas. El sonido del acero rompiendo el silencio fue un eco de pura rebeldía.
No hubo necesidad de palabras entre ellos; preferían combatir y teñir el barro con su propia sangre antes que permitir que sus familias fueran arrastradas hacia las cadenas de la esclavitud.
Mi padre dio media vuelta, dándole la espalda a Grocker sin mostrar el más mínimo temor a recibir un ataque a traición.
—Diles a tus hombres que empiecen a golpear sus escudos, Grocker —sentenció Oemirus con una frialdad que congeló la sonrisa de Efialtes.
—Nos vemos en el campo de batalla.
—¡Insensato! —chilló Efialtes, perdiendo la compostura mientras dábamos los primeros pasos de regreso.
—¡Van a morir todos! ¡No son nada contra los gálatas!
No respondimos. Regresamos a paso firme hacia las empalizadas del pueblo, dejando atrás el campamento enemigo. A nuestras espaldas, la fuerza enemiga comenzaba a moverse de inmediato.
Al cruzarse las grandes puertas de madera del pueblo, el panorama cortaba la respiración. La plaza y las pasarelas defensivas estaban abarrotadas.
Los guerreros veteranos que habían fundado esta ciudad junto a mi padre observaban listos para luchar con el corazón en un puño. Formaron junto a sus propios hijos e hijas, que estaban terminando de equiparse, agarrando cascos, escudos y flechas.
Había un orgullo inmenso en las miradas de los ancianos, pero también un terror profundo; un frío que les calaba los huesos al ver a su descendencia preparándose para enfrentar una muerte casi segura en las afueras de los muros.
En total, unos mil quinientos hombres y mujeres de nuestro pueblo estaban dispuestos a dar la vida por su hogar, sus familias y todo lo que este poblado representaba para ellos.
Salimos a su encuentro, formando tres líneas. En las dos primeras iba la infantería comandada por mi padre y mi tío; en la última línea se colocaron las arqueras, conmigo mimetizado entre las filas traseras. A un flanco se encontraba Melos, comandando a los pocos jinetes con los que contábamos.
Nuestros ojos buscaban el horizonte, midiendo la monstruosa disparidad numérica.
Justo cuando la tensión abundaba en nuestras mentes y el desánimo empezaba a pesar, el suelo empezó a vibrar. Un estruendo rítmico llegó de todas partes: nuestros flancos, el bosque detrás de nosotros y las colinas cercanas al pueblo.
No eran los bárbaros golpeando sus escudos y gritando. Era un avance que no podíamos creer.
Desde todas las direcciones, una marea de jinetes e infantería comenzó a emerger a toda velocidad. Los estandartes eran coloridos, gastados, adornados con cráneos y piel de lobo.
¡Era la coalición!
Pero no venían solos. Junto a los líderes de las polis que habían dudado en la asamblea, cabalgaban figuras imponentes con armaduras de metal remarcado y rostros pintados de guerra: los señores de la guerra locales y los líderes de las tribus nómadas de bandidos los acompañaban.
Aquellos señores y bandidos que durante quince años habían sido rivales de mi padre, habían venido.
Un jinete imponente, uno de los más temidos entre esos señores, era Gurta. Detuvo su caballo junto a la posición de Oemirus. Su rostro estaba cruzado por una enorme cicatriz, fruto de un antiguo duelo con mi padre.
—¿Pensaste que te dejaríamos toda la diversión a ti? —rugió salvajemente, apagando el murmullo de las tropas.
— ¿Esos extranjeros creen que pueden venir aquí a asesinarte y pisotear nuestras tierras?
Exclama con fuerza:
—Están muy equivocados. Si alguien va a quedarse con tu cabeza algún día, ese seré yo, no unos simples bárbaros. Venimos no solo a defender lo nuestro, sino también a quien alguna vez fue un digno rival.
Un rugido se desató entre aquel gran grupo de guerreros de todas las partes de nuestra región.
Bandidos, señores de la guerra y la coalición; antiguos aliados y enemigos formados juntos en un solo bando, unificando sus armas bajo un mismo propósito.
Veinte mil guerreros juntados por el amor a su tierra, a la libertad y al respeto que se había ganado mi padre en esos quince años de crudos enfrentamientos. Una unión que ni el rey Grocker ni el traidor de Efialtes pudieron jamás prever.