En el mundo moderno, Yang Zhang lo tenía todo: diecisiete años, un cuerpo alto (de más de un metro ochenta y ocho), músculos definidos de atleta y la imponente masculinidad del capitán del equipo de baloncesto escolar. Era el escudo de sus amigos y el orgullo de sus padres, dos dentistas de costumbres metódicas. Sin embargo, en un parpadeo, un brutal accidente vehicular destruye su vida y se lleva a sus padres en las llamas.
En el instante previo a la muerte, una entidad fría y enigmática llamada el "Sistema" interviene para salvar su alma. Cuando Zhang abre los ojos, descubre que ha sido transmigrado a un mundo místico de cultivo y clanes marciales, adoptado como el único heredero del sabio líder del Clan Yang.
Pero el cambio no es solo de mundo: al mirarse en el reflejo del agua, Zhang descubre con estupor que ya no posee su cuerpo alto y robusto de deportista. Ahora habita la figura de un joven de facciones delicadas, tez de porcelana, contextura pequeña, delgada y frágil.
NovelToon tiene autorización de Macarena rios para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 9- La Trampa
El silencio tenso que siguió a la acusación de Zhang paralizó el pabellón médico. El aroma a ceniza quemada y hierbas rancias parecía haberse vuelto aún más denso.
El Doctor Dare Mo Cho retrocedió medio paso, con los ojos abiertos de par en par detrás de sus gafas de montura metálica. Una gota de sudor frío le resbaló por la sien, pero rápidamente forzó una risita nerviosa y servil, juntando las manos dentro de las mangas anchas de su túnica gris.
—¡Qué ocurrencia tan audaz, joven príncipe Yang! —exclamó el doctor con voz temblorosa, intentando mostrarse dolido—. ¿La Peste Verde? Esa es una leyenda siniestra de las guerras antiguas del Suroeste. Yo soy un humilde servidor del Clan Lang, dedicado durante tres décadas a la medicina... ¿Cómo puede acusarme de semejante abominación?
—Un humilde servidor no llevaría en sus mangas el aroma concentrado del hongo de sombra verde, Doctor —intervino Chen Liu con su voz baja, fría y glacial.
El segundo amo del Clan Chen no había soltado la cintura de Zhang ni un solo segundo. Con la mano libre, mantenía el mango de su daga apuntando discretamente hacia el suelo, listo para reaccionar ante cualquier amenaza.
El profesor Wuyen Cho dio un paso al frente, con el rostro ensombrecido por la gravedad de la situación.
—Registren el pabellón —ordenó el profesor a los guardias de la academia—. Si hay alguna prueba de manipulación mística, no saldrá de este recinto hasta que el líder Lang Yan sea informado.
Al ver que los guardias avanzaban, la expresión servil del Doctor Dare Mo Cho se transformó instantáneamente. Una sonrisa grotesca y retorcida dibujó sus labios.
—Llegan demasiado tarde, cachorros de la academia —susurró el boticario.
Con un movimiento relámpago, el doctor estrelló un pequeño frasco de cristal negro contra el suelo de piedra.
Una humareda verdosa y sofocante explosionó en la estancia, cegando momentáneamente a todos y provocando accesos de tos. Los enfermos encadenados en las camillas comenzaron a convulsionar en masa, emitiendo rugidos bestiales mientras sus ojos se teñían de un verde fosforescente y rompían sus ataduras.
—¡Cuidado con la neblina! ¡No la respiren! —gritó Zhang, cubriéndose la boca con la manga azul.
En medio del caos, el Doctor Dare Mo Cho corrió hacia una puerta secreta oculta tras una estantería de elixires.
—¡No va a escapar! —exclamó Zhang.
Canalizando el qi de la Recámara Azul en sus piernas, Zhang se impulsó a través de la densa humareda como una ráfaga de luz azulina. Chen Liu, moviéndose en perfecta sincronía como su sombra protectora, lo siguió a escasos centímetros, desenvainando su arco y disparando dos flechas que sellaron el marco de la puerta de madera justo antes de que el traidor pudiera cerrarla por completo.
Ambos jóvenes irrumpieron en el pasadizo subterráneo. El corredor de piedra descendía en espiral hacia las entrañas de la residencia médica, iluminado únicamente por teas de fuego verde que crepitaban en los muros.
Al final del túnel, llegaron a una cámara circular llena de frascos con fluidos extraños, pergaminos prohibidos y altares de alquimia oscura. En el centro de la habitación, el Doctor Dare Mo Cho los aguardaba de pie junto a un colosal espejo marco de bronce tallado con rostros agonizantes: el Espejo de las Sombras.
—Sois persistentes —siseó el boticario, girándose hacia ellos. Sin embargo, su rostro parecía estar deformándose; la piel de sus mejillas se resquebrajaba como arcilla seca—. Pero habéis caído directamente en mi trampa.
—Ese cuerpo... no es real —dedujo Zhang de inmediato, escaneando la figura del doctor con su percepción mística—. Es un títere de carne. Una marioneta de alquimia.
—¡Un observador muy agudo, príncipe Zhang! —se burló la criatura con una carcajada distorsionada—. El verdadero médico murió hace semanas. Yo solo soy un fragmento del espíritu de mi amo... y este laboratorio es su tumba.
El títere extendió los brazos y el Espejo de las Sombras comenzó a pulsar con una luz carmesí y verde. De la superficie de cristal emergieron múltiples espectros oscuros en forma de serpientes de humo que se abalanzaron sobre ellos.
—¡Zhang, a mi espalda! —ordenó Chen Liu, dando un paso al frente para cubrirlo.
Sin embargo, Zhang no se quedó atrás. Con un movimiento elegante de sus manos pequeñas, canalizó una ola masiva de energía azul de la Recámara Azul, creando un escudo transparente que repelió el impacto de los espectros.
—¡Trabajamos juntos, Chen! ¡A la de tres, la combinación de la cascada! —le gritó Zhang con una sonrisa confiada y resuelta que iluminó la penumbra.
Chen Liu lo miró por una fracción de segundo, sintiendo un calor invencible en el pecho al ver la audacia y la fe ciega que Zhang depositaba en él, recordando esa tecnica que algun dia habran practicado obligatoriamente.
—Entendido —asintió Chen Liu.
Chen Liu disparó una flecha imbuida en qi de viento que rasgó el aire y paralizó al títere contra el altar. Simultáneamente, Zhang ejecutó un salto acrobático por encima de las mesas de alquimia, extrayendo su espada mística directamente de su alma. La hoja brilló con un resplandor azul cobalto deslumbrante al cortar el aire.
¡ZAS!
Con un trazo impecable, la espada de Zhang atravesó el núcleo del Espejo de las Sombras, mientras la flecha de Chen Liu impactaba en el pecho de la marioneta.
El espejo se hizo trizas en una explosión de destellos mágicos. La marioneta de barro y carne del Doctor Dare Mo Cho emitió un alarido final antes de deshacerse en un puñado de cenizas negras sobre el suelo de piedra.
El laboratorio subterráneo comenzó a temblar mientras la magia oscura que lo sostenía colapsaba.
—¡Se va a derrumbar! ¡Tenemos que salir de aquí! —exclamó Zhang.
En medio del desprendimiento de rocas, Zhang resbaló con los escombros. Antes de que cayera, la mano firme de Chen Liu lo sujetó con fuerza de la muñeca y lo tiró hacia su pecho, envolviéndolo en un abrazo protector mientras corrian juntos de regreso por el pasadizo. esta vez tomando un camino diferente.
Salieron al patio trasero de la residencia justo cuando el túnel se hundía por completo.
Agotados pero a salvo, ambos cayeron sobre la hierba húmeda del jardín bajo la luz dorada del atardecer que comenzaba a romper entre las nubes grises.
Zhang, acostado de espaldas en el pasto con la túnica azul algo desordenada y el cabello largo esparcido sobre la tierra, respiraba con agitación mientras soltaba una risita limpia y cristalina.
—Vaya... eso sí que estuvo cerca —dijo Zhang, girando la cabeza para mirar a Chen Liu, que permanecía sentado a su lado, revisándolo con mirada atenta.
—Eres demasiado imprudente, Yang Zhang —murmuró Chen Liu con tono severo, aunque sus dedos temblaron levemente al acomodarle con infinita ternura un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja a Zhang—. Te abalanzaste sobre un espejo místico sin saber qué maldición contenía.
Zhang observó el rostro de porcelana de Chen Liu, la seriedad de sus rasgos y el leve sonrojo que volvía a teñirle las orejas al notar lo cerca que estaban.
—Sabía que no me pasaría nada —respondió Zhang con una sonrisa pícara y cálida—. Porque sabía que tú estabas cubriéndome la espalda.
Chen Liu se congeló por un instante. Desvió la mirada hacia las ruinas del pabellón, apretando los labios para disimular la sonrisa involuntaria que amenazaba con dibujarse en su rostro.
—...Vamos. Debemos informar al profesor Wuyen Cho de que el verdadero traidor sigue con vida en algún lugar del reino —dijo Chen Liu, poniéndose de pie y extendiéndole la mano a Zhang para ayudarlo a levantarse.
Zhang tomó su mano pequeña contra la palma más grande de Chen Liu, sintiendo la firmeza de un lazo que ni la Peste Verde ni las sombras de la guerra podrían romper jamás.