Un amor secreto
Esta historia habla de un amor secreto entre Ariel, hijo de Santiago, y Kiara Emelyn, hija de Nicole y Gabriel. Desde pequeños crecieron juntos porque sus padres son mejores amigos y siempre les hicieron creer que eran como primos. Al cumplir 15 años, ambos comienzan a descubrir que lo que sienten va mucho más allá de una amistad. Sin embargo, ninguno se atreve a confesarlo por miedo a la reacción de sus familias. Entre miradas escondidas, mensajes secretos y momentos compartidos, Ariel y Emelyn intentarán entender sus sentimientos mientras mantienen su amor en secreto. ¿Podrán algún día contar la verdad?
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capitulo 18 Lo que mis padres no saben
Narra Ariel
Había pasado un año desde que llegué a España.
Ahora tenía 21 años y Lucía 20.
Habían pasado meses desde aquella conversación en la que ella me preguntó si quería tener un hijo con ella. No había sabido responderle.
Pero después tomé una decisión de la que, sinceramente, empezaba a arrepentirme.
Le pedí a Lucía que se mudara conmigo.
Mis papás sabían que estaba comprometido con una mujer y estaban felices por mí. Cuando hablaban conmigo por videollamada, me preguntaban cómo estaba todo y yo siempre respondía que bien.
Ellos no sabían lo que realmente pasaba dentro del apartamento.
No sabían de nuestras discusiones.
No sabían de los reclamos.
No sabían que muchas veces yo llegaba completamente agotado de trabajar y estudiar y lo único que quería era sentarme tranquilo.
Aquella tarde llegué al apartamento después de un día larguísimo.
Entre el trabajo y la universidad sentía que ya no me quedaban energías.
Dejé las llaves sobre la mesa y me senté un momento.
Lucía estaba en la sala.
—Has llegado tarde —me dijo.
—Tenía trabajo, Lucía.
—Siempre tienes trabajo.
No respondí.
Saqué el teléfono para revisar unas cosas.
Entonces apareció un mensaje de Emely.
Lo abrí.
“Ariel, nuestra hija ya está empezando a decir papá.”
Me quedé mirando la pantalla.
Sentí una mezcla de alegría y tristeza.
Eimy estaba creciendo.
Y yo me estaba perdiendo muchas cosas.
Sin darme cuenta, sonreí.
Lucía se dio cuenta.
—¿Otra vez estás hablando con ella?
Levanté la mirada.
—Es Emely.
—Ya lo sé.
—Me está hablando de nuestra hija.
—Siempre hay una razón.
—Porque es la mamá de mi hija, Lucía.
Ella empezó a molestarse.
—Pues parece que nunca puedes dejar de hablar con ella.
—¡Porque tenemos una hija!
—¡Y yo soy tu pareja!
—¡Eso también lo sé!
La discusión empezó a subir de tono.
Yo estaba cansado.
Demasiado cansado.
—No quiero discutir —dije.
—Pero siempre haces lo mismo. Te vas, llegas cansado y luego te pones a hablar con ella.
—¡Porque tengo derecho a saber de mi hija!
—¿Y yo qué?
—¡No todo gira alrededor de vos, Lucía!
Ella se quedó mirándome.
—No me hables así.
Sentí que estaba perdiendo la paciencia.
Golpeé la mesa con fuerza.
El ruido hizo que Lucía se quedara completamente quieta.
Respiré profundamente.
—¿Sabés qué, mujer? Me tenés harto.
Lucía abrió los ojos.
—Ariel...
—Estoy cansado, ¿entendés? ¡Cansado!
Ella comenzó a llorar.
Y en cuanto la vi llorando, bajé un poco la voz.
—Estoy trabajando todo el día y estudiando al mismo tiempo. Llego aquí muerto del cansancio y lo único que encuentro son reclamos.
—Yo solo quiero que me prestes atención.
—Pues no puedo estar pendiente de vos las veinticuatro horas.
—Antes sí podías.
—Antes no tenía esta vida.
Lucía se secó las lágrimas.
—¿Te arrepientes de haberme traído a vivir contigo?
No respondí.
Ese silencio fue suficiente.
Ella bajó la mirada.
—Lo sabía.
—Lucía...
—No. Déjalo.
Se levantó del sofá.
—Yo pensé que estábamos construyendo una vida juntos.
Me quedé sentado.
—Yo también lo pensé.
—Entonces, ¿qué cambió?
Miré mi teléfono.
La fotografía de Eimy seguía abierta.
—Todo cambió cuando entendí que todavía tengo cosas pendientes con mi pasado.
Lucía volvió a llorar.
—¿Emely?
No respondí.
—Siempre es Emely.
Me pasé las manos por la cara.
—No quiero hacerte daño, Lucía. Pero tampoco puedo fingir que mi vida es sencilla.
—¿Y qué quieres que haga?
—No lo sé.
—Siempre dices que no sabes.
Me quedé callado.
Afuera comenzaba a oscurecer.
Pensé en mis papás, que seguramente creían que yo estaba feliz.
Pensé en el trabajo.
En la universidad.
En Eimy.
En Emely.
Y en Lucía, que estaba frente a mí llorando.
Había querido construir una vida nueva en España, pero cada día me daba más cuenta de que había tomado decisiones demasiado rápido.
Y ahora tenía que enfrentar las consecuencias.
Porque comprometerse con alguien no significaba que todos los problemas desaparecieran.
Al contrario.
A veces significaba tener que trabajar todavía más para descubrir si realmente habías elegido el camino correcto.