Amanda fue regalada a la familia Smirnov para saldar las deudas de su padre, Vladimir Smirnov el patriarca intenta entregarla a su hijo para por fin tener un nieto, pero no todo sale como lo esperaban: un romance apasionado y el secreto del heredero de la familia.
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Capítulo 22: La confesión sin velos
Alek sintió que la respiración se le atascaba en la garganta al tenerla tan cerca. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Amanda y el leve temblor de su pecho acelerado.
—¿Qué es lo que quieres, Amanda? —preguntó él, intentando mantener la voz firme, aunque la ronquera traicionaba su agitación interna.
Amanda se inclinó ligeramente hacia él, apoyando una mano fina y pálida en el brazo del sillón, justo al lado de la cabeza de Alek. La proximidad era tan íntima que sus alientos comenzaron a mezclarse en la penumbra.
—Quiero que dejes de mentirte a ti mismo y que dejes de mentirme a mí —dijo ella con una voz cargada de una pasión contenida que hizo temblar las fibras más íntimas del mafioso—. Dices que lo de esa noche fue un delirio de borracho. Pero yo sé lo que sentí cuando me besaste. Sé la forma en que me miras en cada reunión, cómo te tensas cada vez que me acerco y cómo te mueres por tocarme aunque tu orgullo te lo impida.
Alek cerró los ojos un segundo, dejando escapar un largo suspiro que pareció quemarle los pulmones.
—Amanda... no entiendes nada —murmuró él con amargura—. No sabes lo que pides. No sabes lo frustrante y humillante que es para un hombre estar frente a la mujer que... frente a una mujer como tú y saber que su cuerpo no va a responder. Ya te conté mi secreto. Ya sabes que estoy lisiado por dentro. ¿Por qué insistes en revolver la herida?
Amanda levantó la mano que tenía libre y, con una audacia que sorprendió al propio Alek, posó sus dedos con infinita suavidad sobre la mejilla del ruso. La piel de él estaba caliente, marcada por la sombra de la barba de dos días.
Alek se congeló ante el contacto. Un estremecimiento violento recorrió su espalda, pero no se alejó.
—No me importa tu secreto, Alek —dijo Amanda con una sinceridad tan pura y desarmante que al hombre se le oprimió el corazón—. No me importa lo que haya pasado con otras mujeres en tu pasado. Ni me importa si crees que tu cuerpo está muerto. Lo único que me importa es lo que pasa entre nosotros dos.
Alek abrió los ojos, mirándola con una mezcla de fijación y desconcierto.
—¿De qué estás hablando?
—Hablo de que me gustas, Aleksandr —confesó ella abiertamente, sin rodeos, mirando directamente al fondo de sus ojos azul verdoso—. Me gustas como hombre. Me gusta tu fuerza, tu inteligencia, tu voz... e incluso la forma en que intentas protegerme de ti mismo. No me importan los antecedentes ni las teorías médicas. Quiero intentarlo contigo.
Alek pestañeó, incrédulo ante lo que acababa de escuchar.
—¿Intentarlo? —repitió con voz ronca.
—Sí —asintió Amanda con determinación—. Hagamos una prueba. Un intento real entre tú y yo. Dejemos de lado las suposiciones y descubramos si realmente tu cuerpo no responde... o si simplemente estabas esperando a la persona indicada.
Alek sintió un latigazo de orgullo y vergüenza recorrer su cuerpo. La propuesta de Amanda era una locura desorbitada, un salto al vacío que amenazaba con exponerlo a la humillación más grande de su vida si su cuerpo volvía a fallarle frente a ella.
Se puso de pie bruscamente, apartando la mano de Amanda de su rostro y dando dos pasos hacia atrás, dándole la espalda.
—¡No! —dijo Alek con voz tajante y alterada—. Absolutamente no. No soy un experimento de laboratorio, Amanda. Ni voy a someterte a ti a una situación tan grotesca. No voy a permitir que presencies mi fracaso como hombre.