Alfonso en su soledad como empresario lee una historia de romance entre un duque y su princesa pero entre las intrigas y el romance se enamora de un personaje secundario, el Príncipe Anthony, quien reprime sus sentimientos para que el hombre que ama y su hermana sean felices, pero todo cambia cuando Alfonso reencarna en el duque y en la primera oportunidad expresa sus sentimientos por el príncipe.
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Capítulo 2: Un Empujón al Abismo
El descanso para el almuerzo llegaba a su fin. Los rayos del sol poniente teñían de tonos dorados y anaranjados la estructura de cristal del edificio corporativo. Alfonso guardó el teléfono en el bolsillo interior de su saco, inhaló profundamente el aire fresco e hizo el ademán de ponerse de pie para regresar a su oficina.
Al cruzar el pasillo que conectaba el balcón con la zona interior, se encontró con Don Roberto, el conserje asignado a la planta ejecutiva. Roberto era un hombre sexagenario, de manos encallecidas y sonrisa franca, que llevaba más de dos décadas trabajando en la empresa. Mientras la mayoría de los ejecutivos pasaban a su lado ignorándolo como si fuera parte del mobiliario, Alfonso siempre se tomaba unos minutos para conversar con él.
—Buenas tardes, Don Roberto. ¿Qué tal sigue su nieta de la neumonía? —preguntó Alfonso con sincero interés, deteniendo su paso.
El rostro del anciano se iluminó con gratitud.
—¡Oh, Don Alfonso! Muchas gracias por preguntar. Ya está muchísimo mejor, gracias a Dios. Las medicinas que compró el tratamiento que me recomendó funcionaron de maravilla. Ya volvió a la escuela esta mañana.
—Me alegra enormemente escuchar eso, Roberto. Cuídese mucho y no haga esfuerzos pesados con los contenedores de archivo, por favor.
—Usted siempre tan atento, joven. Que tenga una excelente tarde.
Alfonso le ofreció una sonrisa cálida y un asentimiento respetuoso antes de dar media vuelta para recoger su taza de café, que había olvidado sobre la barandilla del balcón.
Fue en ese preciso instante cuando la puerta pesada de acceso al balcón se abrió de golpe, estrellándose contra la pared de concreto con un estampido seco.
—¿Así que ahora le coqueteas hasta al personal de limpieza? —la voz de Julián retumbó en el espacio semiabierto, cargada de una histeria venenosa.
Julián avanzó a pasos agigantados. Su cabello estaba desordenado, sus ojos claros lucían inyectados en sangre y la mandíbula le temblaba por la ira incontrolada. Olía levemente a alcohol, a pesar de ser media tarde.
Alfonso suspiró con profunda fatiga mental, manteniendo la postura erguida pero dando un paso prudente hacia atrás.
—Julián, por favor. Controla tu tono —dijo Alfonso con voz pausada, neutra y firme—. Solo estaba preguntando por la salud de la familia de Don Roberto. No tienes absolutamente ningún derecho a fiscalizar mis interacciones con nadie.
—¡No me vengas con tus discursos diplomáticos, infeliz! —gritó Julián, acortando la distancia hasta quedar a pocos centímetros de su rostro—. ¡Me rechazaste a mí, me humillaste al terminar lo nuestro, pero andas repartiendo sonrisitas y amabilidad con cualquier idiota que se te cruce! ¡Te conozco, Alfonso! ¡Solo quieres hacerme rabiar! ¡Te encanta verme perder la cabeza!
—Esto es absurdo y ridículo. La relación terminó hace un mes, Julián. Acéptalo de una vez por todas y mantén la profesionalidad en el trabajo —respondió Alfonso, intentando esquivarlo por la izquierda para ingresar al edificio.
Pero Julián lo interceptó bruscamente, sujetándolo de la solapa de la chaqueta con ambas manos. La fuerza del agarre arrugó la tela fina.
—¡Tú no te vas a ninguna parte! —bramó Julián, fuera de sí—. ¡No vas a deshacerte de mí como si fuera basura! ¡Si no eres mío, no vas a ser de nadie más! ¡Tú me perteneces, Alfonso!
—¡Suéltame! ¡Estás demente! —exclamó Alfonso, perdiendo la paciencia e intentando zafarse. Forcejeó con fuerza, sujetando las muñecas de Julián para romper el agarre.
El forcejeo se volvió errático y violento. La ceguera emocional de Julián, combinada con su estabilidad física comprometida, lo llevó a dar un tirón agresivo hacia adelante y luego un empujón ciego y destructivo con todo el peso de su cuerpo.
Alfonso no tuvo tiempo de afianzar los pies en la superficie pulida del balcón. El impacto de las manos de Julián contra su pecho desequilibró por completo su centro de gravedad. Su espalda chocó contra la barra metálica de protección, que apenas le llegaba a la cintura.
Por un milisegundo, Alfonso sintió el frío del metal. Luego, el vacío.
El centro de masa de su cuerpo sobrepasó el límite de la barandilla. Sus pies abandonaron el suelo. El rostro aterrorizado de Julián —quien pareció reaccionar demasiado tarde al ver lo que había provocado— se alejó rápidamente hacia arriba mientras el edificio corporativo parecía ascender en el cielo.
El viento gélido de la caída silbó de forma ensordecedora en los oídos de Alfonso. Quince pisos de altura. La aceleración de la gravedad convirtió los segundos en una eternidad fragmentada.
Sorprendentemente, tras el golpe inicial de pavor, una calma extraña y absoluta envolvió la mente de Alfonso. No pensó en la empresa, ni en las finanzas, ni en la injusticia de la agresión de Julián. Sabía que el impacto contra el asfalto sería definitivo e insuperable.
En esos últimos tres segundos de existencia, liberado de todas las presiones y dolores de su realidad, la mente de Alfonso evocó una sola imagen con claridad cristalina: el rostro ilustrado del príncipe Anthony, con sus ojos color miel brillante, sus mechones dorados y su mirada llena de un anhelo callado.
Qué trágico es morir así... —pensó Alfonso, mientras una lágrima se extraviaba en el viento de la caída—. Ojalá... ojalá hubieras tenido a alguien que te amara de verdad, Anthony. Alguien que no te dejara solo...
Un estruendo seco y una negrura absoluta cerraron el telón.