Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 15 INTRUSO EN EL IMPERIO
El lunes por la mañana comenzó con el ritmo frenético de siempre. Los teléfonos de la recepción no paraban de sonar, los asesores corrían por los pasillos con documentos y el aroma a café recién hecho inundaba la planta veinticuatro. Yo me encontraba en mi despacho, sentada tras el escritorio de roble, repasando las cláusulas de un nuevo contrato internacional. Sentía esa agradable satisfacción que da el control absoluto sobre el trabajo. Mi fortaleza de cristal funcionaba como un reloj suizo.
De repente, el murmullo habitual del pasillo exterior se cortó de golpe. Un silencio pesado, antinatural y frío se extendió por toda la oficina, como si el aire se hubiera congelado de repente. Levanté la vista de la pantalla, extrañada por la repentina ausencia de ruido.
Antes de que pudiera ponerme de pie para investigar, la pesada puerta de mi despacho se abrió de par en en par. No fue una entrada suave. Fue un golpe de autoridad que hizo vibrar las paredes de cristal.
Mi secretaria intentó interponerse, con el rostro pálido y la voz temblorosa.
—Señorita Natalia, lo siento mucho... He intentado detenerlo, pero no tiene cita y ha subido directamente por el ascensor privado...
—Retírate, Jane —interrumpió una voz grave, profunda y cargada de una arrogancia helada que conocía demasiado bien—. Mi hija y yo no necesitamos citas para hablar.
El corazón me dio un vuelco violento en el pecho, golpeando mis costillas con tanta fuerza que por un segundo temí quedarme sin aire. Sentí como si el suelo de la oficina desapareciera bajo mis pies y un abismo frío me tragara por completo. Cruzando el umbral de mi despacho, vestido con un abrigo de lana negro de un valor incalculable y un traje de sastre gris que destilaba poder, estaba mi padre. Arthur.
A sus espaldas, dos de sus habituales guardaespaldas de Zúrich se plantaron en la puerta, cruzándose de brazos y cerrando el paso a cualquiera.
Hice un esfuerzo sobrehumano para que el pánico no se reflejara en mi rostro. Apoyé las palmas de las manos sobre la superficie lisa de mi escritorio, clavando los dedos en la madera para contener el temblor, y me obligué a ponerme de pie. Enderecé la espalda, levanté la barbilla y sostuve la mirada gélida de mi progenitor. Ya no era la niña de doce años que lloraba en el suelo, ni la adolescente de dieciséis desterrada en el internado. Era la CEO de mi propia empresa, y este era mi territorio.
—Déjanos a solas, Jane. Cierra la puerta —ordené a mi secretaria, manteniendo mi voz en un tono calmado, profesional y completamente frío.
La secretaria salió apresuradamente y la puerta se cerró, aislándonos del resto del bufete. Mi padre caminó por el despacho con pasos lentos y calculados, observando las paredes de cristal, los títulos colgados y las vistas espectaculares de la City de Londres. Esbozó una sonrisa despectiva, una mueca de superioridad que me revolvió las entrañas.
—Vaya, vaya... Así que aquí es donde se escondía la pequeña fugitiva —dijo Arthur, deteniéndose frente a mi escritorio y apoyando sus manos enguantadas sobre la madera—. Tengo que admitir que has montado un buen espectáculo, Natalia. Una oficina bonita, secretarias que se asustan y un cartel brillante en la entrada. Todo comprado con el dinero que le robaste a tu hermano y usando la educación que yo mismo financié.
—No le robé nada a nadie, padre —respondí, mirándolo fijamente, sin parpadear—. Cada céntimo que sirvió para levantar esta firma salió de mis propios ahorros, trabajando día y noche mientras terminaba la carrera que cursé por tu propia orden. Y este despacho es mío. Tú no tienes ningún poder aquí. Estás en Londres, no en tus astilleros de Zúrich.
Arthur soltó una carcajada seca, un sonido carente de cualquier pizca de humor que resonó con crueldad en el espacio. Se quitó los guantes de piel con parsimonia y los dejó sobre mi mesa, invadiendo mi espacio personal de la misma manera que lo hacía en su mansión.
—¿De verdad te crees esa mentira, Natalia? —preguntó, inclinándose hacia delante para que sus ojos grises quedaran a la altura de los míos—. ¿De verdad pensabas que por cruzar el mar y poner tus leyes de por medio te habías convertido en alguien libre? Has estado jugando a los negocios durante cuatro años, te he dejado tu pequeño momento de rebeldía, pero el juego se ha terminado hoy. Has cumplido veinticinco años. Ya has tenido suficiente diversión.
—No es un juego, Arthur. Es mi vida —repliqué, usando su nombre de pila por primera vez para marcar una distancia definitiva—. Soy una abogada titulada y la directora general de este bufete. No soy tu mercancía. No voy a volver a Suiza.
Mi padre dio un leve golpe sobre la mesa con su bolígrafo de oro, el mismo tic rítmico que me devolvió de golpe a las peores pesares de mi infancia. Su rostro se endureció, perdiendo cualquier rastro de ironía y mostrando al tiburón implacable que dirigía los negocios familiares.
—Escúchame bien, niña insolente —sentenció con una voz baja que vibraba con una furia contenida—. Me importa una mierda tu título de abogada y tu estúpida empresa. Tienes un contrato matrimonial firmado con la familia automotriz más importante de Zúrich desde el día en que naciste. Ese acuerdo es la clave para la fusión de nuestras empresas y no voy a permitir que una mocosa destruya mi reputación comercial ante mis socios. El padre de tu prometido exige que se cumpla lo pactado ya. Tu boda está fechada, las capitulaciones están listas y tú vas a regresar conmigo a Zúrich para firmarlas, te guste o no.
En ese momento, la puerta del despacho volvió a abrirse con brusquedad. María entró como un torbellino, con una carpeta en la mano y el rostro encendido de indignación. Al ver a los guardaespaldas en la entrada y la tensión reinante, se colocó de inmediato a mi lado, mirándome con preocupación antes de fijar sus ojos en mi padre.
—¿Quién es usted y qué hace en el despacho de la directora general? —exigió María, intentando usar su autoridad legal—. Seguridad ya está subiendo. Le exijo que abandone estas instalaciones de inmediato si no quiere que presentemos una denuncia por allanamiento de morada.
Arthur ni siquiera se molestó en mirar a María. La ignoró por completo, manteniendo sus ojos grises clavados en mí, como si mi socia fuera un mueble invisible en la habitación.
—Dile a tu pequeña amiga que se calle si no quiere que hunda su carrera legal antes del almuerzo —dijo mi padre con un desprecio absoluto—. No hablo con empleados, Natalia. Hablo contigo. Mis aviones privados están esperando en el aeropuerto de Heathrow. Tienes exactamente veinticuatro horas para recoger tus cosas personales y presentarte en la terminal. Si no lo haces voluntariamente, usaré toda la influencia de mi fortuna para destruir este bufete pieza por pieza. Puedo comprar a tus clientes, puedo demandar a tu firma por irregularidades que mis contables inventarán y puedo hacer que ninguna empresa de esta ciudad vuelva a contratar tus servicios. Te quedará una fortaleza de cristal vacía y una deuda que no podrás pagar en tres vidas. Tú eliges: regresas como una dama de alta sociedad para cumplir con tu deber, o regresas destruida y en la ruina absoluta.
Arthur recogió sus guantes de piel de la mesa, se los colocó despacio y se dio la vuelta hacia la salida. Se detuvo un segundo antes de cruzar el umbral, mirándome de reojo por encima del hombro.
—Tic, tac, Natalia. El reloj está corriendo. Nos vemos mañana en el aeropuerto. No me hagas perder el tiempo.
Salió del despacho flanqueado por sus guardaespaldas, dejando tras de sí un rastro de agua de colonia cara y una atmósfera de terror absoluto. En cuanto las puertas se cerraron, mis piernas cedieron por completo. Me dejé caer en mi sillón ejecutivo, con la respiración entrecortada y las manos tapándome el rostro para ocultar las lágrimas de rabia e impotencia que finalmente brotaron de mis ojos. Mi imperio de cristal, el que tanto me había costado levantar con el sudor de mi frente, acababa de ser invadido por el monstruo de mi pasado, y las amenazas de mi padre eran tan reales como el frío de Londres.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️