Una simple coincidencia fue suficiente para cambiar el destino de dos mundos.
Zea nunca debió cruzarse en el camino del Rey Alfa.
Él es el gobernante más poderoso de todos los clanes. Un hombre cuya sola presencia inspira obediencia. Frío. Implacable. Incapaz de amar. Su vida siempre ha estado regida por una única ley: el deber está por encima de cualquier sentimiento.
Hasta que la conoce.
Desde el primer instante, algo en Zea despierta un instinto que creía muerto. Por primera vez, el Rey Alfa desea algo para sí mismo... y está dispuesto a desafiar al destino para conseguirlo.
Pero Zea también es un misterio.
Su familia ha vivido escondiendo una verdad tan antigua como peligrosa. Un secreto que ha pasado de generación en generación con una única regla: jamás acercarse a un alfa... y bajo ninguna circunstancia, a un Rey.
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Capítulo 13 El Miedo en los Ojos de los Padres
El escúter de Azú se detuvo frente a la pintoresca casita de los Durlin. El viaje había sido silencioso, con Zea agarrada a la cintura de su amiga, su cuerpo aún tembloroso por la humillación sufrida en la universidad.
Azú no había dicho una palabra durante todo el trayecto, pero su mente estaba trabajando a toda velocidad. Alguien había esparcido esos rumores, alguien quería dañar a Zea, y eso significaba que su amiga ya no estaba a salvo. No en la universidad, no en la calle, no en ningún lugar donde pudiera ser reconocida como la omega que había llamado la atención del Rey Alfa.
Azú sabía que debía llevar a Zea a un lugar seguro. Y aunque la mansión real era la opción más protegida, también era la que más problemas traería. Los padres de Zea no confiaban en los alfas, eso lo había notado desde el primer momento. Así que optó por lo siguiente mejor: la casa de los Durlin.
—Llegamos —dijo Azú, apagando el motor y bajando del escúter con la agilidad de quien está acostumbrada a moverse rápido.
Zea se bajó lentamente, sus ojos aún enrojecidos y su mirada baja. No quería que sus padres la vieran así, no quería preocuparlos. Pero sabía que era inevitable. Su madre siempre notaba cuando algo andaba mal.
Azú tocó la puerta con suavidad, y casi de inmediato se escucharon pasos apresurados del otro lado. Sabina abrió la puerta con una sonrisa radiante, su delantal de cocina aún puesto y las manos ligeramente manchadas de harina. Estaba preparando el almuerzo, como siempre hacía cuando Zea volvía de la universidad.
—¡Mi niña ha llegado! —exclamó Sabina, extendiendo los brazos para abrazar a su hija—. ¿Cómo estuvo el día?
Pero su sonrisa se congeló cuando vio el rostro de Zea. Los ojos rojos, las mejillas manchadas por lágrimas recientes, la mirada baja y la postura encogida. Sabina sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos.
—Mi... amor —dijo, su voz temblorosa, sin apartar los ojos de su hija—. La niña, la niña no se siente bien.
Gritó hacia el interior de la casa, y Jairo, que estaba en la cocina, dejó lo que estaba haciendo y salió corriendo. Al ver a su hija, su rostro se llenó de preocupación y alarma.
Pero entonces, su mirada se posó en la persona que acompañaba a Zea, y el color se drenó de su rostro.
—Prin... Princesa Azú —dijo Sabina, su voz apenas un susurro, y se inclinó en una reverencia torpe y apresurada—. Lo siento mucho, no la vi... yo no sabía que usted venía…
Azú levantó las manos en un gesto despreocupado, su sonrisa cálida y reconfortante, como si estuviera hablando con viejos amigos. "No hay problema, no se preocupe. Somos familia."
Se detuvo en seco, dándose cuenta de su error. Sus ojos se abrieron con sorpresa y se corrigió de inmediato, con una risa nerviosa. "La manada, quiero decir. La manada real. Todos somos una gran familia. Sí, eso quise decir."
Sabina asintió, aunque sus ojos seguían fijos en Azú con una mezcla de respeto y aprensión. Era extraño tener a la sobrina del Rey Alfa en su humilde hogar. Nunca habían tenido visita de tan alto rango, y la situación, sumada a la evidente aflicción de su hija, la tenía al borde del colapso.
Jairo, mientras tanto, se acercó a su hija con pasos lentos y suaves, como si se acercara a un animal asustado. No dijo nada. Simplemente la envolvió en un abrazo cálido, reconfortante, y Zea sintió que el peso del mundo comenzaba a aliviarse un poco. Su padre siempre había sido así: un hombre de pocas palabras, pero de gestos inmensos. Sabía que su hija, más que palabras, necesitaba protección y consuelo.
Zea volvió a llorar, esta vez sin contenerse. Los sollozos sacudieron su cuerpo mientras se aferraba a su padre, y Jairo la sostuvo con la fuerza de quien protegería a su hija contra el mundo entero si fuera necesario.
Sabina se acercó, sus ojos también brillantes de lágrimas, y acarició la cabeza de Zea con ternura. "Mi niña, ¿qué te pasó? ¿Quién te hizo daño?"
Azú dio un paso al frente, su expresión seria. "Señora, señor, losiento. Esto es culpa mía. Alguien ha estado esparciendo rumores sobre Zea. La han humillado en la universidad. Un grupo de estudiantes, liderados por Caterina, la acusaron de... de estar persiguiendo a mi tío."
Sabina palideció aún más, si eso era posible. Sus manos temblaban, y Jairo apretó a su hija con más fuerza.
—¿Hablaste con el Rey Alfa a solas? —preguntó Sabina, su voz tensa, girándose hacia su hija.
Zea se tensó en los brazos de su padre. La pregunta había sido como un latigazo, y su silencio fue la respuesta que Sabina temía.