NovelToon NovelToon
Bajo contrato con el magnate

Bajo contrato con el magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Venderse para pagar una deuda / Amante arrepentido / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8 — Bailar solo para él

La noche anterior, en la cena, Damián había respondido por fin: "Valentina Cabrera. Estudia danza y viene conmigo". Ninguna explicación más. A ella le había aliviado oír su nombre antes que una etiqueta, aunque el resto de la mesa siguiera mirándola como si faltara una respuesta.

* * *

A la mañana siguiente Valentina pidió la llave del salón y practicó antes de clase. Tenía que recuperar la hora que había perdido en la cena.

Frente al espejo, marcó el arranque de su pieza para la audición: un giro lento, el brazo abriéndose como si empujara el aire. Paró. No estaba bien. Volvió a empezar.

—Vas a gastar el piso —dijo Gonzalo desde la puerta.

Ella no se giró.

—Y tú vas a gastar el marco de esa puerta de tanto recargarte.

Gonzalo entró, con esa sonrisa suya que siempre parecía a punto de negociar algo.

—Te tengo una buena noticia. —Se sentó en la duela, la espalda contra el espejo—. El productor que va a estar en la audición es amigo de mi papá. Una llamada, Valentina. Una. Y entras directo a la ronda final, sin pelear con nadie.

Ella al fin lo miró.

—¿Un atajo?

—Te ahorrarías la primera selección. —Gonzalo miró las marcas del piso—. No te estoy diciendo que no sepas bailar. Justo por eso te lo ofrezco.

—No quiero que llames. Ya te lo dije.

—Vale…

—¿Y luego? —Valentina recogió su botella—. Si me dan el papel, ¿vas a recordarme que lo conseguiste tú? Como lo de la beca.

Gonzalo se quedó callado un momento. Luego se rió, bajo, casi con fastidio.

—Eres imposible.

—Soy terca. Es distinto.

Él se levantó, se sacudió el pantalón. Al pasar junto a ella le puso la mano en el hombro, un segundo, un roce.

—Si cambias de opinión, todavía hay tiempo.

Ella se apartó del contacto sin brusquedad, pero se apartó.

—No voy a cambiar de opinión.

* * *

En su cuarto de la vecindad, ya de noche, el teléfono vibró contra la mesa: una videollamada.

El nombre en la pantalla decía solo una letra. Una M.

Valentina miró la hora y contestó. Había dejado el cuaderno de cuentas abierto; lo apartó antes de encender la cámara.

—Buenas noches, señor Mondragón.

En la pantalla, Damián estaba en penumbra, con la corbata floja y un vaso corto en la mano. Detrás se veía el ventanal de la Torre.

—Es tarde —dijo él.

—Estaba ensayando.

—¿Sola?

—Sola.

Damián se quedó mirándola a través del cristal del teléfono, como si midiera algo.

—Baila.

Ella parpadeó.

—¿Perdón?

—Lo que ensayabas. Quiero verlo.

—Señor Mondragón, no es una pieza para… —Buscó la palabra—. No es para enseñarla así.

—No te la estoy pidiendo para el público. —Su voz bajó, ronca, sin prisa—. Te la estoy pidiendo para mí. Solo para mí.

Valentina llevaba todo el día esperando que alguien quisiera verla bailar. Le molestó que él lo pidiera como una orden y, aun así, empezó a calcular dónde podía poner el teléfono.

Valentina apoyó el teléfono contra los libros, en la silla, para que la tomara de cuerpo entero. El cuarto era chico. Corrió la mochila de una patada.

—No hay espacio.

—Enséñame lo que puedas.

Respiró. Cerró los ojos un segundo. Y arrancó.

Se contó el compás por dentro. Tuvo que recortar el giro y dejar fuera el salto para no golpear la cama. Cuando llegó a la parte de los brazos, encontró la distancia y pudo seguir sin corregirse. Damián había dejado el vaso en algún sitio fuera de la pantalla.

Del otro lado no se oía nada. Ni un comentario. Solo, una vez, el hielo moviéndose en el vaso.

Cuando paró, con el pecho subiendo y bajando, se atrevió a mirar la pantalla.

Damián se había acercado al teléfono. Valentina esperó un comentario sobre la pieza; le habría gustado preguntarle en qué momento había empezado a mirarla así.

—¿Para qué es esa pieza? —preguntó él, después de un rato.

—Para la audición. La del viernes. —Ella se enderezó, todavía sin aliento—. Voy a competir por un papel. Sin ayuda de nadie. Lo voy a ganar yo.

Algo cruzó la cara de Damián. Ella no supo leerlo.

—¿Y si no lo ganas?

—Me presentaré a otra. Pero primero quiero saber si puedo con esta.

Él se quedó callado un momento largo. Luego:

—Otra vez —dijo.

—Es tarde, señor Mondragón. Mañana tengo…

—Otra vez, Vale.

Valentina miró la hora. Si se negaba, terminaría la llamada sin saber qué le había gustado. Se puso de pie otra vez.

Repitió el fragmento, esta vez sin perder el equilibrio al terminar. Él le pidió el movimiento de los brazos una vez más. Cuando bajó el último, Valentina se apoyó en la cama.

—Hasta aquí. Mañana sigo.

Damián la miró un momento antes de asentir.

—Suficiente. —Una pausa—. Duérmete.

La llamada terminó.

Valentina se quedó en el suelo, estirando una pantorrilla. Había querido impresionarlo. Podía admitirlo ahora que no estaba en la pantalla, y eso la inquietó más que las órdenes que le había dado.

Se puso una alarma para la mañana y abrió de nuevo el cuaderno. Tardó en recordar qué cifra estaba sumando.

* * *

En la Torre Imperial, Lino esperaba junto a la puerta cuando Damián dejó el teléfono boca abajo.

El asistente le acercó la carpeta del día. Su jefe no la abrió.

—El contrato —dijo Damián al fin, sin voltear.

—¿Señor?

—El de la señorita Cabrera. Un año, ¿no?

—Un año, señor. Vence en primavera.

Damián hizo girar despacio el vaso vacío entre los dedos.

—Prepara una prórroga.

Lino levantó la vista de la carpeta.

—¿A cuánto, señor?

—Quiero ver las opciones. No le envíes nada todavía.

Lino anotó el encargo. Nunca le habían pedido preparar una prórroga tan pronto; lo habitual era tener listo el finiquito antes de que venciera el plazo.

—Como usted diga, señor.

Damián por fin se giró. Encendió otra vez el teléfono, buscó algo, y giró la pantalla hacia Lino sin ganas.

Era una foto del reporte del día. Vigilancia rutinaria de la escuela. Valentina en el salón de ensayos, y un muchacho de saco caro con la mano en su hombro.

—¿Quién es?

—Gonzalo del Río, señor. Hijo del subsecretario. Delegado de su generación. —Lino carraspeó—. Le… ofreció una recomendación para la audición. Ella la rechazó.

—¿La rechazó?

—Enteramente, señor. Dijo que quería ganar sola.

Damián amplió la fotografía hasta dejar en la pantalla la mano de Gonzalo sobre el hombro de Valentina.

—Pues vuelve a ofrecerle cosas a pesar de que ella le dice que no —murmuró.

Lino guardó silencio.

Damián dejó el teléfono junto a la carpeta.

—Esa audición —dijo, muy quedo.

—¿Señor?

—Esa audición. —Damián se aflojó del todo la corbata y la dejó caer sobre la silla—. Me encargo yo.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play