Una chica de la era moderna reencarna en el cuerpo de Madeline, la prometida del frío Duque Elías. Tras quedar embarazada y decidida a proteger el futuro de su hijo, ella empaca sus maletas y huye lejos, escondiendo su rastro.
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Capítulo 12
Cuando Madeline salió de la biblioteca, su mente era un completo caos.
Las palabras que había escuchado seguían resonando una y otra vez en su cabeza.
"Después de lo ocurrido en la cacería..."
"El matrimonio debe celebrarse cuanto antes."
"Ella cumplirá con su deber."
"Ya será demasiado tarde para cambiar las cosas."
Cada frase parecía más inquietante que la anterior.
Mientras caminaba por los pasillos de la mansión apenas prestó atención a los sirvientes que se cruzaban en su camino. Su cabeza trabajaba a toda velocidad, intentando encontrar una explicación lógica.
Quizá estaba exagerando.
Quizá había entendido mal.
Quizá existía una explicación perfectamente razonable para todo aquello.
Pero entonces recordaba la noche de la cacería.
La copa.
El mareo.
La mañana siguiente.
Y la seguridad que había visto en los ojos de Elías cuando la acusó.
¿Y si él también sospechaba de Julián?
Aquella idea la hizo detenerse por un instante.
Porque si era así...
Entonces tal vez ella había sido la última en darse cuenta de lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
Al llegar a su habitación cerró la puerta inmediatamente.
Y luego giró la llave.
Una vez.
Y otra.
Como si eso pudiera protegerla de todos los problemas que la esperaban al otro lado.
Se apoyó contra la madera y dejó escapar un largo suspiro.
—¿Qué está pasando...?
Murmuró.
La habitación permaneció en silencio.
No había nadie que pudiera responderle.
Lentamente caminó hasta la cama y se dejó caer sobre ella.
Miró el techo.
Intentó ordenar sus pensamientos.
Pero era imposible.
Por primera vez desde que despertó en el cuerpo de Madeline, sintió que el futuro comenzaba a cerrarse a su alrededor.
Como una jaula.
Una elegante.
Hermosa.
Lujosa.
Pero una jaula al fin y al cabo.
Si permanecía allí...
¿Qué le esperaba realmente?
Un matrimonio con un hombre que desconfiaba de ella.
Un padre que parecía verla como una pieza más de sus planes.
Y una vida que ni siquiera había elegido.
La imagen de la antigua Madeline apareció en su mente.
Aquella joven que había pasado años esperando amor donde nunca lo hubo.
Años intentando agradar a personas que jamás la valoraron.
Años viviendo para cumplir las expectativas de otros.
Madeline cerró los ojos.
No.
Ella no quería eso.
No quería terminar igual.
No quería pasar el resto de su vida esperando que alguien la eligiera.
Ni vivir obedeciendo órdenes que no compartía.
Entonces otro pensamiento cruzó por su mente.
Uno que la hizo incorporarse lentamente.
¿Y si se iba?
El corazón le dio un pequeño vuelco.
La idea parecía absurda.
Descabellada.
Peligrosa.
Pero también...
Extrañamente liberadora.
Su mirada se dirigió hacia el cajón donde guardaba el dinero obtenido por la venta de las joyas.
Aún estaba allí.
Oculto.
Esperando.
No era una fortuna.
Pero era un comienzo.
—Podría irme...
Susurró.
Las palabras sonaron extrañas incluso para ella.
Porque apenas llegó a ese mundo ni siquiera sabía cómo sobrevivir sola.
Y ahora estaba considerando abandonar una mansión noble.
¿A dónde iría?
No lo sabía.
¿Con quién?
Con nadie.
¿Tenía algún plan?
Absolutamente ninguno.
Pero cuanto más lo pensaba...
Más le gustaba la idea.
Porque incluso la incertidumbre parecía preferible a permanecer encerrada allí.
Madeline bajó la vista hacia sus manos.
Por primera vez en mucho tiempo sintió algo parecido a la esperanza.
Pequeña.
Frágil.
Pero real.
Quizá el camino fuera difícil.
Quizá cometiera errores.
Quizá terminara arrepintiéndose.
Pero al menos sería una vida elegida por ella.
Y no una diseñada por alguien más.
Con aquella idea rondando en su cabeza, volvió a recostarse sobre la cama.
Todavía no podía marcharse.
Necesitaba prepararse mejor.
Necesitaba más dinero.
Más información.
Un destino.
Pero una cosa había quedado clara aquella noche.
Por primera vez...
Madeline comenzó a planear seriamente su huida.
Al día siguiente, Madeline actuó como si nada hubiera ocurrido.
Se levantó a la hora habitual, permitió que las doncellas la ayudaran a vestirse y bajó al comedor cuando anunciaron el almuerzo. Había pasado gran parte de la noche dando vueltas en la cama, pensando una y otra vez en la conversación que había escuchado en la biblioteca, pero no quería que nadie notara que algo había cambiado.
Mucho menos Julián.
El conde ya se encontraba sentado a la mesa cuando ella llegó. Celia estaba a su lado, hablando tranquilamente sobre alguna invitación que había recibido de una vizcondesa.
—Madeline, si tienes tiempo esta semana deberías acompañarme —comentó la condesa con una sonrisa amable.
—Lo pensaré, madre.
La conversación terminó ahí.
Madeline se concentró en la comida.
Por primera vez en mucho tiempo, el silencio le resultó incómodo.
Podía sentir la presencia de Julián al otro lado de la mesa.
Su figura recta.
Su porte imponente.
La forma en que observaba todo a su alrededor sin perder detalle.
Y, por más que intentó ignorarlo, las palabras de la noche anterior volvían una y otra vez a su mente.
"Ella cumplirá con su deber."
"Ya será demasiado tarde para cambiar las cosas."
Apretó ligeramente el tenedor.
¿De verdad estaba hablando de ella?
¿O simplemente estaba imaginando cosas?
No lo sabía.
Y aquello era precisamente lo que más la inquietaba.
Cuando terminaron de comer, Madeline se levantó con educación.
—Si me disculpan.
Celia le sonrió.
Julián no dijo nada.
Sin embargo, justo antes de que ella abandonara el comedor, el conde levantó la vista de su copa y la observó durante un instante.
Una mirada breve.
Pero extrañamente intensa.
Madeline no llegó a darse cuenta.
Ya había salido de la habitación.
Esta vez fue directamente a la biblioteca.
Entró con paso decidido y comenzó a recorrer las estanterías.
No buscaba novelas.
Ni libros de historia.
Ni nada parecido.
Buscaba un mapa.
Después de varios minutos encontró uno enorme enrollado en uno de los estantes inferiores.
Lo llevó hasta una mesa cercana y lo extendió cuidadosamente.
Sus ojos recorrieron el continente.
Montañas.
Bosques.
Ríos.
Ciudades.
Puertos.
Los recuerdos de la antigua Madeline la ayudaban a reconocer varios lugares, aunque todavía había muchas regiones que le resultaban desconocidas.
Apoyó un dedo sobre la capital.
Ahí estaba.
Luego comenzó a alejarse poco a poco.
Necesitaba encontrar un lugar donde nadie la conociera.
Un lugar donde el nombre de Madeline Fairchild no significara nada.
Un lugar donde Julián no pudiera encontrarla fácilmente.
Su mirada se detuvo sobre algunas ciudades comerciales.
Después sobre varios pueblos cercanos a la costa.
Finalmente observó una región más alejada, cerca de las fronteras del reino.
Parecía tranquila.
—Podría funcionar...
Murmuró.
Aunque enseguida negó con la cabeza.
Era demasiado pronto para decidir.
Ni siquiera sabía cuánto costaba viajar hasta allí.
O cuánto dinero necesitaría para sobrevivir.
Aquella tarde se dedicó a buscar respuestas.
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es sabía como ese Nathan que estuvo ahí espero que veamos pronto llegue lejos como también a ese tonto que le perdió
de irse más lejos y espero
que su madre la ayude a que no la
molesten temprano para darle tiempo
descubrirá que se escapó embarazada