Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.
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Capítulo 06
Frente a Seraphina, de pie con una reverencia deferente, había un hombre de mediana edad, ataviado con ropas de nobleza menor. Su rostro estaba marcado por la adulación y la cobardía, sus ojos, llenos de servilismo. Estaba hablando con Seraphina en voz baja, pero el silencio del jardín, y la aguda audición de Evelyn en su cuerpo infantil, le permitieron captar fragmentos de la conversación.
—...La Emperatriz está satisfecha con los nuevos arreglos, Princesa —dijo el hombre, su voz untuosa. —Su ilustre madre ha asegurado que su posición en la corte es inquebrantable. Y, por supuesto, la bendición del Emperador, aunque tardía, es... un gran honor.
Seraphina sonrió, una sonrisa fría y calculada que no llegaba a sus ojos. —El Emperador es un hombre de... visión. Comprende que el futuro del imperio reside en la fuerza, no en la debilidad. —Sus ojos se posaron en las flores del jardín, con una expresión de desinterés fingido. —Y la debilidad, como bien sabes, no es tolerada en esta corte.
Evelyn sintió un escalofrío. Sabía de quién hablaban, aunque no la nombraran directamente. Hablaban de ella. De la princesa olvidada, la débil, la que era un obstáculo.
El hombre asintió con fervor. —Absolutamente, Princesa. La debilidad es una enfermedad que debe ser erradicada. La Emperatriz está organizando un banquete para celebrar su reciente... reconocimiento. Se dice que el Archimago Valerius asistirá.
Los ojos de Seraphina se encendieron con un interés repentino. —Valerius, ¿dices? Interesante. Su presencia siempre es... esclarecedora. Asegúrate de que los mejores manjares y vinos sean servidos. Quiero que la corte vea que la gloria del imperio reside en su verdadera heredera.
Evelyn apretó los puños. "Verdadera heredera". Seraphina no perdía la oportunidad de recalcar su propia posición y de menospreciar la de Evelyn, la hija legítima de la difunta Emperatriz. La envidia de Seraphina por el linaje de Evelyn y su potencial mágico era un tema recurrente en la novela, una de las principales motivaciones de sus intrigas.
La conversación continuó, llena de eufemismos y de veneno apenas disimulado. Evelyn se sintió expuesta, vulnerable, a pesar de estar oculta. Era como si las palabras de Seraphina la alcanzaran a través del cristal, hiriéndola con su desprecio. La mente adulta de Evelyn quería gritar, quería confrontar a Seraphina, quería desenmascarar su hipocresía. Pero la niña de cinco años solo podía temblar y esconderse.
Necesitaba un plan. Uno que fuera más allá de "ser vista". Tenía que ganarse al Emperador antes de que Seraphina consolidara aún más su posición. Y el banquete que se avecinaba, con la presencia del Archimago Valerius, podría ser una oportunidad. Si lograba irrumpir en el banquete, aunque fuera por un momento, podría lograr su objetivo. Pero irrumpir en un evento de la corte significaba arriesgarse a la ira del Emperador, o de la Emperatriz.
La visión de su muerte se cernió sobre ella de nuevo, más real, más vívida que nunca. Sentía el frío de la soga, el peso de la traición. No podía permitirse fallar.
Seraphina y el noble se alejaron, sus voces desvaneciéndose a medida que se adentraban en el jardín. Evelyn esperó hasta que sus siluetas desaparecieron por completo antes de atreverse a moverse. El alivio fue inmenso, pero también la confirmación de la magnitud del peligro que la rodeaba. Este palacio no solo era frío y opulento; era un campo de batalla de ambiciones.
Salió del pasillo de servicio, adentrándose en el área de los jardines interiores. Tuvo que esconderse varias veces detrás de arbustos o columnas mientras sirvientes y guardias pasaban, siempre atenta a cualquier mirada o sonido. Sus pequeños pulmones ardían y sus piernas flaqueaban. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras. La noche se acercaba, y con ella, los peligros de la oscuridad.
Necesitaba encontrar un lugar seguro para pasar la noche. Y luego, por la mañana, reanudar su búsqueda de las áreas centrales.
Se encontró en un patio secundario, con una fuente de mármol en el centro y un banco de piedra bajo un árbol antiguo. El lugar parecía desierto. La quietud era un bálsamo. Se acercó al banco, y se sentó, sintiendo el frío de la piedra a través de su camisón de seda. El hambre era una punzada constante en su estómago, pero el cansancio era aún más abrumador.
Sus pensamientos divagaban. La vida moderna. Las comodidades. Un baño caliente. Una comida decente. Una cama suave. Todo eso parecía un sueño lejano, una fantasía de otra vida. Aquí, en el cuerpo de la princesa Evelyn, cada necesidad básica era un lujo, cada momento de seguridad, una victoria.
Recordó las descripciones del Emperador Aurelius en la novela. Un hombre imponente, con una mirada gélida y unos ojos dorados que podían intimidar a cualquiera. Un mago poderoso, su presencia era suficiente para hacer temblar a los más valientes. La Evelyn original le tenía un miedo reverencial, y sus intentos de acercamiento eran siempre tímidos y fácilmente ignorados.
Ella no podía ser tímida. Tenía que ser audaz, pero astuta. ¿Cómo se acercaba a un hombre así? ¿Cómo se derretía un corazón de piedra que te veía como un recordatorio constante de su dolor?
"Un plan tierno y calculado de supervivencia". La frase resonó de nuevo en su mente. La ternura de una niña de cinco años podía ser una poderosa arma. La inocencia, la vulnerabilidad, la necesidad de amor. Esas eran las herramientas que ella, la mujer adulta atrapada en un cuerpo infantil, tendría que usar.
Se quedó dormida en el banco de piedra, su pequeño cuerpo acurrucado, su mente llena de planes y temores. Los sueños que tuvo fueron un revoltijo de su vida pasada y de esta nueva, con flashes de autobuses y de ojos dorados, de risas de Seraphina y de silencio opresivo.
Se despertó con el frío helado de la madrugada. El cielo estaba teñido de un gris pálido, y el aire era gélido y húmedo. Su cuerpo le dolía por haber dormido en el banco, y el hambre era un agujero ardiente en su estómago. Pero la determinación, aunque un poco abrumada por el cansancio, seguía intacta.
Hoy era el día. Tenía que llegar a las áreas centrales del palacio. Tenía que encontrar un camino.