«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.
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Capítulo 2
El carruaje no tenía ventanas, solo tablones mal ajustados por los que se colaba un viento helado que calaba hasta los huesos. Pasamos tres días enteros metidos allí, apretados entre otros artesanos que apenas se atrevían a respirar. Nadie hablaba. De vez en cuando, el hombre a mi lado sollozaba en silencio, frotándose las manos temblorosas como si temiera que fueran las últimas horas que las conservaría pegadas al cuerpo.
Yo no lloré. Mantuve la espalda recta contra la madera podrida y los ojos fijos en el suelo, obligándome a respirar hondo cada vez que una punzada en la nuca me advertía de un sueño que pugnaba por salir. No quería ver nada más. Ya tenía suficiente con la realidad.
Cuando las ruedas de hierro rechinaron contra los adoquines lisos de la capital, el carruaje se detuvo de golpe.
—¡Fuera! ¡Todos al suelo, basura inmunda! —bramó el sargento desde el exterior.
La puerta trasera se abrió con estrépito. La luz blanca y cegadora del mediodía me golpeó la cara. Nos empujaron hacia abajo sin miramientos; caí de rodillas sobre un patio colosal de granito pulido, rodeado por murallas rojas tan altas que casi tapaban el cielo. El Palacio Imperial. Olía a incienso caro, a pólvora quemada y a la humedad de los estanques, pero debajo de todo eso flotaba un rastro metálico, denso, como de sangre recién lavada con cubos de agua.
Cientos de guardias con armaduras negras y lanzas afiladas custodiaban las escaleras ceremoniales. En el centro del patio, sobre mesas de madera tosca, descansaban los bloques de jade puro traídos de las canteras del norte.
—Tienen hasta que caiga el sol para demostrar que sus manos sirven para algo —anunció un hombre vestido con túnicas de seda verde oscura y un sombrero rígido de funcionario. Tenía cara de rata y una mirada evasiva que no se detenía en nadie—. El Altar de la Paz Celestial debe estar terminado para la ceremonia de entronización. Quien no pase la prueba de tallado básico, irá directo a las canteras de azufre. ¡A trabajar!
Me levanté sacudiéndome el polvo de la falda. Me asignaron una mesa apartada y un trozo de jade blanco lechoso, del tamaño de mi puño, junto a un juego de cinceles y una vasija de agua. En cuanto mis dedos tocaron la herramienta familiar, los latidos de mi pecho se calmaron. Esto era lo que yo sabía hacer. Esto era lo único que mi madre me había enseñado mejor que a nadie.
Empecé a trabajar. El metal arañaba la piedra con precisión; el agua lavaba el polvo blanco revelando los contornos de una flor de loto floreciendo entre espinas. Me concentré tanto que el ruido de los martillazos de los demás artesanos y los gritos de los soldados pasaron a ser solo un zumbido de fondo.
Estaba dando los últimos toques a los pétalos cuando una sombra cayó sobre mi mesa.
Era el funcionario de túnica verde. Se inclinó sobre la piedra, entrecerrando los ojos pequeños.
—Vaya, parece que la ramera del pueblo sabe mover las manos —murmuró con desprecio, estirando los dedos con anillos de plata para tocar la pieza terminada.
Antes de que sus dedos rozaran el loto, mi instinto se disparó. No fue una visión completa, sino una corriente fría recorriéndome la columna: vi sus ojos moverse hacia un colgante imperial que llevaba en la manga y luego hacia mí. Una trampa.
—Está terminada, excelencia —dije, retirando suavemente la pieza hacia mi pecho para que no la manchara.
El gesto fue casi imperceptible, pero al hombre se le descompuso el rostro. Para un cortesano acostumbrado a que los campesinos se arrastraran por el lodo, que yo le quitara el jade de su alcance era una ofensa mortal.
—¡Insolente! —chilló, y con un movimiento rápido de su manga, tiró al suelo una pequeña tablilla dorada con el sello de la tesorería real, haciéndola sonar contra mis sandalias—. ¡Mírenla! ¡No solo es una muerta de hambre rebelde, sino que intentaba esconder un sello de la corte bajo sus harapos!
El patio entero enmudeció. El sonido de los cinceles cesó al instante. Dos guardias se abalanzaron hacia mí y me agarraron de los brazos con tanta fuerza que casi me dislocan los hombros, haciéndome caer de rodillas frente a mi mesa.
—¡Yo no he tocado nada! —grité, clavando las rodillas en la piedra fría mientras forcejeaba—. ¡Él lo dejó caer de su propia manga!
—¡A callar, ladrona! —rugió el funcionario, escupiéndome las palabras en la cara—. El castigo por robo en los terrenos imperiales es la decapitación inmediata. ¡Guardias, traigan la espada!
El miedo me arañó la garganta, pero no iba a pedir clemencia. Me negaba a rogarle a una rata con túnica de seda. Apreté la mandíbula y mantuve la vista al frente, respirando entrecortadamente.
Fue en ese momento cuando la temperatura del patio pareció desplomarse diez grados.
Las puertas monumentales del salón del trono se abrieron de par en par. El crujido de la madera pesada retumbó como un trueno y un coro de cientos de armaduras arrodillándose al unísono sacudió el aire.
—¡Larga vida al Hijo del Cielo! —gritaron los soldados, pegando la frente contra el granito.
El funcionario cayó de bruces al instante, temblando como una hoja al viento.
Un solo par de botas de cuero negro, bordadas con hilo de oro en forma de garras de dragón, avanzó lentamente por las escaleras. Los pasos eran pausados, pesados, cargados de una autoridad que asfixiaba el aire.
Li Yan.
No se parecía a los retratos viejos de emperadores obesos o ancianos decrépitos. Era joven, alto, con una complexión ancha y fibrosa que no lograban disimular las capas de seda carmesí y negra que caían hasta sus tobillos. Llevaba el pelo negro azabache recogido en una corona alta de jade oscuro, y de su cintura colgaba una espada de hoja ancha cuya empuñadura estaba desgastada por el combate, no por el adorno. Su rostro parecía esculpido en mármol frío: pómulos afilados, mandíbula dura y una boca implacable que parecía no haber sonreído jamás.
Tenía unas ojeras sutiles, pero la mirada... la mirada era de un depredador que acababa de salir del matadero. Una mirada de hielo puro, desprovista de cualquier rastro de piedad.
Era el hombre de mis pesadillas. El mismo de la espalda ensangrentada.
—¿Qué es este alboroto? —preguntó. Su voz era grave, áspera, como dos piedras frotándose en la oscuridad. No gritó, pero cada palabra resonó por todo el patio.
—¡M-Majestad Imperial! —balbuceó el funcionario, sin levantar la frente del suelo—. Esta... esta vil artesana fue sorprendida robando sellos de la tesorería imperial en su primer día. Iba a ordenar su ejecución inmediata para no mancillar el patio...
Li Yan ni siquiera miró al hombre. Sus pasos siguieron avanzando con una lentitud que helaba la sangre, hasta detenerse a dos pasos de donde yo estaba arrodillada, sujeta por los guardias.
Desenvainó la espada. El silbido del metal cortando el aire fue limpio, letal. La punta de la hoja, afilada como una navaja, bajó lentamente hasta posarse justo debajo de mi barbilla, obligándome a levantar el cuello. El acero estaba tan frío que me cortó el aliento.
Cualquiera en mi lugar habría cerrado los ojos, llorando y pidiendo perdón por su vida.
Pero yo estaba furiosa. Furiosa con el funcionario, furiosa con el palacio y, sobre todo, furiosa con el monstruo que sostenía la espada. Recordé la voz de mi madre diciéndome que yo debía salvarlo, y el desprecio me ardió en las venas.
En lugar de bajar la cabeza, alcé la barbilla por voluntad propia, clavándole la mirada directo a los ojos.
No hubo sumisión en mi rostro. Solo fuego, reto y un odio limpio.
Y entonces, ocurrió.
La espada no se movió, pero vi cómo las pupilas oscuras de Li Yan se dilataban de golpe. La tensión letal de sus facciones se quebró por una fracción de segundo; sus labios se entreabrieron apenas y el hielo asesino de su mirada se desvaneció, reemplazado por un desconcierto tan profundo que pareció desarmarlo por completo.
Me miró como si hubiera visto a un fantasma. Como si llevara siglos buscando ese rostro exacto entre la niebla.
Durante tres latidos enteros, nadie respiró. El emperador sanguinario que degollaba traidores sin pestañear se quedó inmóvil, sosteniéndome la mirada mientras un temblor casi invisible le recorría los dedos sobre la empuñadura de la espada.
La frialdad volvió a su máscara un instante después, pero el daño ya estaba hecho. Yo lo había visto.
Bajó la espada con un movimiento seco, rompiendo el contacto.
—Suéltenla —ordenó Li Yan, sin apartar los ojos de los míos.
—¿M-Majestad? —se atrevió a balbucear el funcionario desde el suelo—. Pero la ley...
—He dicho que la suelten —repitió él, y esta vez el tono fue tan cortante que el funcionario se encogió como un perro apaleado.
Los guardias me liberaron al instante, retrocediendo con miedo. Me quedé de rodillas, frotándome las muñecas magulladas, sin romper el duelo de miradas con el emperador.
Li Yan dio un paso más hacia mí, inclinándose apenas para que solo yo pudiera escuchar el filo bajo de su voz:
—Tienes una mirada demasiado viva para una simple artesana de pueblo.
—Y usted tiene las manos demasiado manchadas para ser el Hijo del Cielo —le respondí en un susurro envenenado, sin vacilar.
Una sombra de asombro cruzó sus facciones, seguida de una tensión oscura y peligrosa que le encendió la mandíbula. En lugar de degollarme por semejante herejía, Li Yan se enderezó con lentitud y se dio media vuelta, ondeando su capa negra.
—Limpien esta basura —ordenó a la guardia, señalando al funcionario—. Y a la mujer, llévenla a mis aposentos privados en el Pabellón del Dragón. A partir de hoy, será mi talladora personal. Si intenta huir, rómpanle las piernas, pero si alguien más le pone un solo dedo encima... responderá con su cabeza.