Tradición, armas y sangre: la mafia tiene reglas claras, y la primera es que ninguna mujer gobierna. Valeria Rossi vino a destruirlas todas. Acostumbrada a dominar el mundo empresarial, su vida da un vuelco cuando cae en las garras de Dante Volkov, un líder despiadado que no perdona ni comparte lo que es suyo. Entre noches de placer salvaje que le hacen olvidar a su novio y una posesión rabiosa que la quema por dentro, Valeria y Dante transformarán la atracción en una guerra de poder. Porque ella no se rinde ante nadie... y si Dante la quiere a su lado, tendrá que aprender a gobernar con una reina por delante.
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CAPÍTULO 14: El empujón de los cómplices
El penthouse de Alessia en la zona alta de la ciudad tenía esa iluminación tenue, elegante y misteriosa que invitaba a la confidencia. Desde el ventanal del piso catorce se contemplaban las luces del centro financiero, pero adentro la atmósfera olía a perfume caro, canapés gourmet y al chocar continuo de las copas de champán.
Valeria estaba descalza, hundida en un sillón de cuero blanco con una copa de Dom Pérignon en la mano. Alexis observaba desde la barra mientras Pablo terminaba de servir la tercera ronda de trago largo. Alessia, vestida con un conjunto de seda negro impecable, caminaba de un lado a otro como una directora de escena ajustando los detalles de una obra maestra.
—A ver, esperá... me estás diciendo que le sostuviste la mirada en la cara a tu viejo, le sonreíste a tu novio y al ruso casi le da un infarto de rabia ahí mismo en el club náutico? —preguntó Pablo, largando una carcajada franca antes de apoyarse en el respaldo del sillón.
—Literalmente —intervino Alexis con una sonrisa de lado, sirviéndose un trago—. Dante apretaba la copa de vino con tanta fuerza que pensé que iba a reventar el cristal en la mesa. Y Valeria, impecable. Rozándole la mejilla a Martín como si fuera el hombre más fascinante del planeta, solo para ver cómo a Volkov se le marcaban los músculos del cuello.
Alessia soltó un chillido de fascinación pura y se tiró al lado de Valeria en el sillón, tomándole las manos con entusiasmo desenfrenado.
—¡Es fantástico! ¡Es sencillamente perfecto, Vale! —exclamó Alessia, chocando su copa con la de su amiga—. Yo pensé que ibas a volver del almuerzo hecha un mar de lágrimas por la culpa de Martín o asustada por las amenazas del ruso, ¡pero volviste convertida en una verdadera reina!
—No me voy a quedar llorando en un rincón, Alessia —respondió Valeria con la voz firme, aunque un destello de calor le subió a las mejillas al recordar la presión de los dedos de Dante bajo su ropa en la penumbra del pasillo—. Él cree que porque infunde miedo en los negocios y porque tiene esa presencia salvaje puede arrebatarnos todo. Cree que me tiene acorralada, que con un beso violento y tres palabras en el oído me va a tener arrodillada pidiendo por favor. Pero si Dante Volkov quiere guerra, le voy a jugar de igual a igual.
—Esa es mi amiga, carajo —festejó Pablo, sentándose frente a ellas y cruzando las piernas con soltura—. Pero escuchame una cosa, muñeca. Si vas a jugar al póker con un capo de la Bratva, no podés ir a apostar con fichas de cotillón. El tipo es un cazador nato. Los hombres como Dante están acostumbrados a que las mujeres se les tiren encima o le tengan pánico. Si le demostrás pánico, te devora; si te le entregás fácil, se aburre y pasa a la siguiente.
—Exactamente —coincidió Alessia, poniéndose seria dentro de su dinamismo habitual—. Si el oso ruso quiere cazar, enseñale que esta presa tiene garras. Hacelo rabiar, Vale. Usá tu elegancia, tu inteligencia corporativa y esa frialdad de los Rossi para que sufra por no tenerte. Que entienda que para probar un milímetro de tu piel va a tener que sudar sangre.
Valeria le dio un sorbo largo al champán, sintiendo cómo las burbujas le refrescaban la garganta. La conversación estaba lejos de frenarla; la energía de sus amigos le estaba inyectando un combustible peligroso pero adictivo.
—¿Y cuál es el plan según ustedes? —preguntó Valeria con una ceja levantada y una sonrisa intrigada.
—Paso número uno: el ajedrez erótico corporativo —sentenció Pablo con gestos teatrales pero certeros—. Mañana tenemos la reunión de revisión de contratos para la logística del puerto. En vez de evitarlo o ponerte nerviosa cuando te hable, vas a tomar el control de la mesa. Te ponés el traje más ceñido que tengas, ese rojo fuego o el blanco con escote cruzado. Usás perfume de azahar en los puntos de pulso... el cuello, las muñecas, la parte trasera de las rodillas.
—Pablo, no estoy tratando de seducirlo en un boliche —se rió Valeria, negando con la cabeza.
—No te equivocás, estás haciendo algo mucho más complejo: seducirlo en su propio terreno —la corrigió Alessia de inmediato, inclinándose hacia ella—. Escuchá a Pablo porque tiene razón. Cuando estén en la sala de juntas, no le rehúyas la mirada jamás. Si él te mira con esa fijación de depredador, sostenela. Pero justo cuando sientas que la tensión está por reventar la sala, le desviás la atención, sonreís con frialdad y le hablás de una cláusula bancaria o de una penalización por demora. Mantenelo en el borde de la cordura. Que sienta que la mujer que tocó en el pasillo es un volcán, pero que la ejecutiva que tiene enfrente es inalcanzable.
—Y lo más importante —agregó Alexis desde la barra, mirando a su hermana con tono protector pero divertido—: no le des el gusto de verte a solas tan fácil. Dante funciona por dominación física. Si te atrapa en un ascensor o en un pasillo oscuro, usa su tamaño y su fuerza para desarmarte. Si necesitás hablar con él fuera de la mesa, hacelo siempre con gente alrededor o en espacios donde él no pueda tocarte sin montar un espectáculo. Que se coma la rabia de tenerte a un metro y no poder estirar la mano.
—Es desquiciante —admitió Valeria en voz baja, mirando el líquido dorado de su copa—. Cuando me tocó hoy... les juro que sentí que perdía el control de mi propio cuerpo. No hay forma de explicarlo. Es una locura física.
—Y por eso mismo el juego tiene que ser mental, mi amor —dijo Alessia con una sonrisa felina—. El sexo salvaje ya demostró que lo tiene garantizado con vos si te atrapa, pero el desafío de no poder dominarte la cabeza lo va a volver absolutamente demente. Hacelo dudar. Hacelo rabiar cuando escuche nombrar a Martín, pero cuando queden a un paso, dejale caer una gota de miel... un roce disimulado con los dedos al pasarle un documento, un suspiro justo cuando se crucen en la puerta, un perfume que se le quede pegado en la ropa.
—Básicamente, transformá la tensión sexual en una tortura china —resumió Pablo entre risas—. Que el tipo no pueda dormir pensando si lo estás manipulando o si de verdad querés que te arruine la vida otra vez.
Valeria se recostó contra el respaldo del sillón, dejando que los consejos de sus amigos calaran profundo en su mente. Miró a Alexis, quien le devolvió una cabeceada de aprobación. Ya no había vuelta atrás. La culpa por Martín seguía ahí, latente como una sombra incómoda que tendría que resolver tarde o temprano, pero el instinto de supervivencia y el fuego salvaje que Dante había despertado en su interior la impulsaban a ir hacia adelante.
Se puso de pie, acomodándose el cabello, y levantó su copa en el centro de la sala.
—Por las guerras que valen la pena pelear —propuso Valeria con la mirada encendida.
—Por la heredera que le va a enseñar modales al ruso —brindó Pablo, haciendo chocar su copa.
—Por el caos —agregó Alessia con una carcajada picante.
Valeria bebió el último trago de champán sintiendo una corriente de adrenalina pura recorriéndole las venas. Mañana empezaba el verdadero juego. Dante Volkov pensaba que la había marcado como su propiedad, pero estaba a punto de descubrir que la presa que intentaba cazar tenía garras de acero y no pensaba facilitarle la cacería a nadie.