Aurelia creía haber dejado atrás los secretos de su pasado.
Hasta que vuelve a encontrarse con Franco.
Lo que nace entre ellos los lleva a descubrir documentos ocultos, acusaciones manipuladas y una verdad que alguien lleva años intentando enterrar.
Una nueva pista los obliga a regresar al lugar donde todo comenzó.
Y allí comprenden que nada era como les contaron.
Ahora Aurelia y Franco deberán descubrir quién manipuló los acontecimientos que cambiaron sus vidas y cuánto están dispuestos a arriesgar para conocer la verdad.
Porque amar puede ser una elección.
Perdonar, otra.
Pero descubrir la verdad...
puede tener un precio demasiado alto.
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Capítulo 20 — El archivo desaparecido
El archivo de Blackwood estaba casi vacío. Varias cajas habían sido retiradas recientemente.
—Alguien llegó antes que nosotros —dijo Walter.
Encontraron únicamente un índice.
Uno de los documentos faltantes correspondía al año en que Franco y Aurelia se conocieron.
Franco no ocultó su frustración.
—Toda mi vida pensé que el pasado estaba cerrado.
Aurelia respondió:
—Quizá nunca estuvo cerrado. Quizá alguien se aseguró de que pareciera así.
Un guardia antiguo recordó a una mujer que había visitado el lugar semanas antes.
No quiso decir su nombre.
Solo describió el vehículo.
Era el mismo que Ana había utilizado en varias ocasiones.
Víctor rechazó la conclusión.
—Eso no demuestra que Ana estuviera allí.
Andrew respondió:
—No. Pero sí demuestra que tenemos que preguntarle.
Por primera vez, Víctor aceptó acompañarlos.
La visita comenzó con una revisión del exterior. Walter fotografió la cerradura, las ventanas y el libro de ingreso antes de que alguien moviera una sola caja. El administrador había aprendido a desconfiar de las prisas y agradeció que el grupo siguiera un procedimiento claro.
—Si una caja falta, quiero saber cuándo dejó de estar —dijo Aurelia—. No solo quién pudo llevársela.
Franco la observó trabajar y reconoció en ella una seguridad distinta de la que tenía años atrás. Ya no recorría Blackwood tratando de encajar en la historia de otros. Estaba reconstruyendo la historia con sus propias reglas.
En una estantería encontraron el registro de movimientos físicos.
Cinco cajas habían salido en fechas distintas. Una de ellas correspondía al año en que Aurelia y Franco se conocieron; otra contenía documentación financiera anterior al conflicto que había separado a las familias.
—Esto es más amplio de lo que pensábamos —dijo Andrew.
—Y por eso no vamos a meterlo todo en una sola explicación —respondió Aurelia.
El encargado recordó algo más. Meses antes había visto a una mujer entrar en la propiedad, pero no podía asegurar que fuera Ana.
El dato quedó registrado como testimonio, no como prueba.
Mientras Walter y Andrew continuaban revisando el libro de accesos, Aurelia salió unos minutos al jardín. Franco la siguió.
Quedaron solos junto a los árboles.
—¿Te duele estar aquí? —preguntó él.
—Me incomoda. Es distinto.
—¿Quieres que nos vayamos un momento?
Aurelia negó.
—Quiero quedarme porque ahora puedo hacerlo por decisión propia.
Franco se acercó y rozó su frente con la de ella.
—Entonces me quedo contigo.
Aurelia sonrió.
Se besaron despacio, sin urgencia, y se separaron antes de que la intimidad se transformara en una distracción.
Cuando Walter salió a buscarlos, ambos ya estaban concentrados otra vez.
—Encontramos algo —dijo Walter.
Regresaron al archivo.
El hallazgo final fue una copia de una autorización cuyo original no figuraba en el sistema digital. No revelaba al responsable, pero demostraba que alguien podía manipular el rastro documental.
Walter comparó el registro físico con la copia digital y encontró una diferencia de cuarenta y ocho horas en una de las entradas.
—Eso significa que una caja pudo haber sido retirada antes de que el sistema reflejara el movimiento —explicó.
—No demuestra quién lo hizo —dijo Aurelia.
—Pero demuestra que el control documental era menos seguro de lo que parecía —añadió Walter.
El grupo decidió no llevarse ningún original.
Cada documento sería fotografiado y catalogado.
Víctor, que antes habría buscado una confirmación inmediata sobre Ana, aceptó el procedimiento sin discutir.
—Estoy empezando a entender la diferencia —dijo.
—¿Cuál? —preguntó Andrew.
—Entre sospechar de alguien y demostrar algo.
Aurelia escuchó la conversación desde la otra sala. No intervino.
Aquello era precisamente lo que había querido conseguir: que las personas aprendieran a pensar sin que ella tuviera que dirigirlas.
Antes de abandonar Blackwood, Walter revisó una última vez el índice.
—Hay algo más —dijo.
Señaló una referencia correspondiente a una caja que no aparecía en el inventario actual.
—¿Qué contenía? —preguntó Franco.
—No lo sabemos. Solo aparece el código y la fecha de salida.
Aurelia anotó el dato.
—Entonces será una de las primeras cosas que busquemos.
No quisieron sacar conclusiones sobre el vehículo relacionado con Ana. La coincidencia debía comprobarse antes de convertirse en una acusación.
De regreso a FranLia, acordaron solicitar los registros que pudieran obtener legalmente y mantener cada hallazgo separado de las sospechas.
Franco condujo en silencio durante unos minutos.
Aurelia miró por la ventana y luego apoyó una mano sobre la suya.
—Gracias por no convertir Blackwood en un enemigo.
—No quiero que el lugar tenga más poder del que merece.
Ella sonrió.
El resto del viaje continuó sin hablar del pasado.
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Esa noche, Aurelia revisó las fotografías del archivo en su apartamento.
Una de las imágenes mostraba una marca casi imperceptible en el borde de una caja. La amplió y descubrió un código que no aparecía en el inventario digital.
Lo anotó.
Esta vez no llamó inmediatamente a nadie.
Quería comprobar primero si aquel código correspondía realmente a la caja que figuraba como desaparecida.
Después de unos minutos, escuchó que llamaban a su puerta.
Al abrir, encontró a Franco con una bolsa de comida.
—Traje algo que no sea un documento.
Aurelia sonrió.
—Eso sí es una buena noticia.
—Pensé que probablemente todavía no habías cenado.
—No había cenado.
—Entonces acerté.
Aurelia se hizo a un lado para dejarlo entrar.
—Pasa.
Dejaron los documentos sobre la mesa y cenaron juntos en la cocina. Durante un rato hablaron de cualquier cosa que no tuviera relación con Ana, Blackwood o la sociedad intermediaria.
Necesitaban aquella Pausa.
Cuando terminaron, regresaron al documento.
Aurelia le mostró la fotografía ampliada.
—Mira esto.
Franco se inclinó para observarla.
—Ese código no estaba en el inventario.
—Exactamente.
—¿Crees que corresponde a la caja que falta?
—No quiero creerlo todavía. Quiero comprobarlo.
Franco asintió.
—Entonces mañana lo verificamos con Walter.
—Sí.
Cerraron la carpeta.
Por una vez, ninguno intentó encontrar una respuesta inmediata.
Franco se sentó junto a ella en el sofá y tomó su mano.
—Quédate tranquila esta noche.
Aurelia apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Lo intentaré.
—No tienes que resolverlo todo hoy.
Ella sonrió.
—Lo sé.
Permanecieron unos minutos en silencio.
Franco la besó con ternura y Aurelia respondió antes de acomodarse nuevamente junto a él.
El silencio del departamento les permitió descansar de las sospechas y del ruido de la empresa.
El archivo de Blackwood seguía guardando preguntas.
El código de aquella caja sería la siguiente pista.
Pero esa noche podían dejar el caso a un lado.
Por unas horas, solo necesitaban estar juntos.