Tras descubrir la infidelidad de su pareja, Ariana decide cumplir su sueño de ser madre soltera mediante inseminación artificial. Su única regla: nada de donantes Alfas. Sin embargo, un error en la clínica la vincula de por vida con Alexander Blackwood, el Alfa más poderoso y temido del país.
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Episodio 23
El sonido del cierre de la puerta retumbó en la habitación como un trueno final. Ariana se quedó inmóvil en el centro de la suite, sintiendo cómo el frío que había traído de la calle se disipaba ante la calefacción de la estancia, pero sobre todo, ante la presencia abrasadora de Alexander. Él se despojó de su saco con un movimiento fluido y comenzó a desabrocharse los puños de la camisa, sin apartar los ojos de ella.
—El abrigo, Ariana —repitió él. Su voz no era una sugerencia; era una vibración que ella sentía en la boca del estómago.
Con manos temblorosas, ella se deshizo de la prenda de lana y la dejó caer sobre un sillón cercano. Se sentía vulnerable, expuesta bajo la luz plateada de la luna que inundaba la estancia.
—Acércate —le ordenó, extendiendo una mano.
Ariana caminó hacia él. Cada paso parecía requerir un esfuerzo sobrehumano, como si estuviera entrando en el radio de acción de una fuerza gravitatoria de la que no podría escapar. Cuando estuvo frente a él, Alexander le tomó las manos. Sus palmas ardían.
—Lo que vamos a hacer es una transferencia de energía vital —explicó Alexander, su mirada dorada escaneando su rostro—. Como humana, tu aura es una señal débil en un bosque de depredadores. Para Viktor, eres una anomalía silenciosa. Pero después de esta noche, cuando él intente rastrearte, solo encontrará mi propia oscuridad protegiéndote.
—¿Duele? —preguntó ella en un susurro.
—Tu cuerpo se sentirá pesado, como si tuvieras fiebre. Es tu biología adaptándose a la frecuencia de un Alfa. Pero el cachorro... —Alexander llevó una de las manos de Ariana hacia su propio pecho, donde su corazón latía con una fuerza ensordecedora— el cachorro lo necesita. Él ya es parte de mi manada, y tú eres su nexo.
Alexander la atrajo hacia la cama. Se sentó y la instó a hacer lo mismo. El silencio de la mansión era absoluto, pero para Ariana, el aire estaba lleno de un zumbido eléctrico.
—Debes estar en contacto directo con mi piel el mayor tiempo posible —dijo él, terminando de desabotonar su camisa y dejándola a un lado. Su torso, marcado por el entrenamiento y la naturaleza de su especie, brillaba bajo la luna.
Ariana tragó saliva, sintiendo que el calor en sus mejillas aumentaba. Con dedos torpes, comenzó a desabrochar los botones de su blusa. Alexander no la ayudó; la observaba con una intensidad devoradora, marcando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Cuando ella quedó en su lencería básica, se sintió morir de vergüenza, pero Alexander no mostró lascivia, sino un respeto casi sagrado.
—Recuéstate —le indicó.
Ella se deslizó sobre las sábanas de seda negra. Un segundo después, sintió el peso de Alexander al acostarse a su lado. Él la rodeó con sus brazos, pegándola completamente a su cuerpo. El contacto fue un choque térmico. La piel de Alexander estaba tan caliente que Ariana soltó un pequeño jadeo.
Él hundió el rostro en el hueco de su cuello, inhalando profundamente.
—Cierra los ojos —susurró contra su piel—. Visualiza mi rastro. Deja que el aroma a bosque y tormenta llene tus pulmones. No luches contra la sensación de pesadez.
Ariana obedeció. Al principio, sintió miedo, pero gradualmente, una calidez líquida comenzó a expandirse desde su vientre hacia afuera. Era como si el pequeño ser en su interior estuviera abriendo un canal. Alexander comenzó a restregar su mejilla contra la de ella, y luego su cuello, transmitiendo sus feromonas de manera agresiva y constante.
Sentía el vello de los brazos de él contra los suyos, la firmeza de sus piernas entrelazadas con las de ella. Alexander empezó a emitir un ronroneo bajo, un sonido gutural que provenía del fondo de su pecho y que parecía sintonizar con el ritmo cardíaco de Ariana.
—Estás asimilando —murmuró él, su voz cargada de una satisfacción animal—. Tu sangre se está espesando con mi esencia. Mañana, Viktor Volkov no verá a una humana. Verá a la mujer que ha sido reclamada por el Alfa de los Blackwood hasta la última célula.
Ariana se sintió flotar en una neblina de calor y seguridad. El miedo que la había perseguido desde que entró en la empresa se desvaneció, reemplazado por una lealtad instintiva hacia el hombre que la sostenía. En esa cama, bajo la mirada de la luna, la niñera que huía de una traición terminó de morir, y en su lugar, algo mucho más fuerte empezó a despertar.
Se durmió envuelta en los brazos de la bestia, sin saber que mientras ella soñaba con bosques y lobos, en los límites de la propiedad, Viktor Volkov observaba las luces de la mansión, preguntándose por qué, de repente, el aire olía tan intensamente a un poder que no debería pertenecer a una simple mujer.