Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?
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Sangre, barro y cenizas
El estruendo del golpe de escudos y los gritos de los bárbaros se hicieron notar; a cada lado, ambos ejércitos ya se encontraban listos para cargar.
El fragor del choque borró cualquier rastro de pensamiento.
No hubo espacio para la estrategia elegante cuando las fuerzas finalmente colisionaron en aquel verde césped.
Fue un impacto brutal, un crujido sordo de miles de escudos de madera y metal rompiéndose al mismo tiempo.
La marea gálata, poderosa y feroz, empujó con el peso de sus cuarenta mil guerreros.
Sin embargo, la resistencia de nuestra inesperada alianza contuvo la avalancha inicial con una fuerza nacida del puro instinto de supervivencia.
Desde la línea trasera de los arqueros, el aire se volvió denso, saturado por el olor a sudor, hierro y la primera sangre derramada en el lodo.
Tensé la cuerda de mi arco de caza hasta que los dedos me ardieron, soltando flechas directamente hacia los huecos de la formación bárbara.
A mi alrededor, el silbido de los proyectiles oscurecía el cielo, replicando aquella mortífera lluvia que mi padre describía en las crónicas de Palfidias.
—¡Mantengan la línea! ¡No den un solo paso atrás! —el grito de mi tío resonó con la autoridad de un veterano curtido.
A sus treinta y cinco años, Philos se movía en la vanguardia como un torbellino de acero. Su espada cortaba extremidades y quebraba lanzas enemigas con una precisión quirúrgica, recordándoles a los bárbaros y a nuestros aliados por qué era reconocido como un igual al lado de mi padre desde que era apenas un muchacho. A su lado, Oemirus comandaba el centro de la infantería.
Su figura infundía un respeto absoluto; cada estocada suya derribaba a un invasor, coordinando los movimientos de nuestros hombres para evitar que las brechas en el muro de escudos se convirtieran en un avance hacia la muerte.
En el flanco derecho, la tierra temblaba bajo las herraduras. Mi hermano Melos, al frente de una caballería compuesta por nuestro pequeño escuadrón del pueblo y un grupo de nómadas, lideraba una carga relámpago que golpeaba contra la caballería bárbara.
Su rostro, habitualmente pálido por las situaciones y el peso de saber que sería el heredero, estaba ahora encendido por la adrenalina del combate.
Melos hundía su lanza con furia salvaje sobre los enemigos montados, abriéndose paso seguido por el resto de su sección y aliviando la presión sobre nuestros guerreros a pie.
—¡Rómpanlos! ¡Que sepan que el sur de Wilders ya tiene sus señores! —bramó una voz atronadora desde el flanco izquierdo.
Era Gurta. El temido señor de la guerra avanzaba como un demonio desatado, empuñando una enorme hacha ensangrentada.
Incitaba a los bandidos y demás señores de la guerra a cargar, peleando con una brutalidad sin cuartel e imitando a aquel temible hombre.
La enorme cicatriz de su rostro, recuerdo de los duros enfrentamientos en viejos duelos con mi padre, se torcía en una mueca de placer salvaje cada vez que partía el cráneo de un gálata.
Gurta cumplía su palabra: no iba a permitir que unos extranjeros le quitaran el derecho de reclamar la frontera.
Pero la disparidad numérica de cuarenta mil contra veinte mil era un duelo difícil de ganar.
A pesar de los esfuerzos de Melos y la carnicería provocada por Gurta, el peso del ejército de Grocker comenzó a desgastar nuestras fuerzas.
Los guerreros de la coalición caían uno a uno, sobrepasados por el relevo constante de las tropas gálatas.
Fue entonces cuando el campo de batalla pareció abrirse, cediendo ante una presencia descomunal. El rey Grocker entró en acción. Sus casi dos metros de altura destacaban sobre el caos, abriéndose paso a base de fuerza bruta pura.
Los escudos de nuestros hombres volaban hechos astillas ante los golpes de su hacha de doble filo. Sus ojos buscaban un solo objetivo en mitad del fragor de la batalla.
—¡Oemirus! —gritó el gigante con una voz que silenció por un instante el estruendo de las armas.
—¡Tu deuda de sangre se paga hoy!—exclamo el rey bárbaro
Mi padre no retrocedió. Intercambió una mirada rápida y cargada de complicidad con Philos, avanzó con paso firme y plantó cara al rey bárbaro.
El duelo comenzó con una violencia frenética. Grocker atacaba con la potencia de un buey, lanzando tajos descendientes que hacían temblar los brazos de mi padre cada vez que los bloqueaba con su escudo. Pero Oemirus poseía la astucia de las viejas campañas.
Esquivando un hachazo mortal que se hundió en la tierra helada, se deslizó hacia la dirección contraria al ataque y, con una estocada ascendente, rápida como el rayo, hundió la punta de su acero directamente en el ojo izquierdo del gigante.
Un profundo alarido de dolor brotó de la garganta de Grocker. El rey gálata soltó su arma por un segundo, llevándose las manos al rostro mientras la sangre brotaba entre sus dedos, manchando su larga barba. Había perdido el ojo, pero el dolor no lo debilitó; transformó su furia en una locura homicida.
Ciego de ira, Grocker embistió con todo su cuerpo, barriendo a mi padre antes de que pudiera recuperar la posición de guardia. El impacto fue demoledor.
El rey bárbaro recuperó su hacha y, con un revés brutal, destrozó el peto que portaba mi padre, quebrándole un par de costillas y mandándolo a volar varios metros sobre el barro.
Oemirus quedó tendido, escupiendo sangre, incapaz de levantarse, con la respiración entrecortada y la mirada nublada.
—¡Muere, maldito! —chilló Grocker, alzando el hacha con ambas manos para descargar el golpe final sobre el cuerpo indefenso de mi padre.
—¡Nooooo! —el grito no fue mío, sino de Philos.
Mi tío rompió el duelo por completo y se arrojó en una carrera desesperada. No pensó en su propia vida; solo vio a su mentor, el hombre que lo había guiado desde los diecisiete años en sus comienzos, a punto de ser ejecutado.
Philos se interpuso en el último milisegundo, usando su espada y su escudo para detener el descenso del hacha.
El choque de metales fue ensordecedor. Las armas de Philos resistieron, pero la fuerza descomunal de un Grocker enfurecido superó su resistencia.
El filo del hacha gálata venció su defensa y se hundió profundamente en el hombro de mi tío, bajando en diagonal hasta destrozar su pecho.
Philos cayó de rodillas instantáneamente. Sus ojos, siempre llenos de una determinación tranquila, buscaron a su querido amigo por última vez, emitiendo un suspiro ahogado antes de desplomarse inerte sobre el fango.
Quien alguna vez supo ser el líder de una guardia de honor y el hermano de armas de toda una vida junto a Oemirus, había muerto.
—¡Tío! —grité, perdiendo toda la compostura.
Solté el arco. El miedo desapareció, reemplazado por un vacío helado y una rabia ciega que me quemó las venas.
Saqué la daga de caza que él me había obsequiado, ubicada en mi cinturón, y corrí con todas las fuerzas de mis piernas hacia el cuerpo de mi padre, esquivando golpes y los cadáveres que se encontraban por el suelo.
No era un guerrero, pero no me quedaría atrás mientras destruían lo que quedaba de mi familia.
Sin embargo, el sacrificio de Philos cambió el curso de la batalla. Al ver morir a mi tío y contemplar a Oemirus herido de gravedad, un rugido de furia y odio estalló en los hombres de mi padre. Siguieron a estos dos guerreros toda su vida, entraron en un frenesí de matanza y destrucción, arremetiendo como fieras salvajes contra todo lo que se cruzaba en su paso con tal de resguardarlos.
Gurta, con la cara llena de sangre, embistió directamente contra la guardia personal gálata queriendo alcanzar a Grocker.
Al mismo tiempo Melos, que había logrado liberar su flanco, ordenó a los nómadas y a los hombres del pueblo que aún seguían en sus caballos que cargaran desde el costado con una rabia ciega, aplastando a los bárbaros que intentaban bloquear su avance.
Grocker, tambaleándose por la pérdida de sangre debido a la destrucción de su ojo y viendo que las caballerías de los flancos se acercaban a toda velocidad como demonios, entendió que no podría sostener el combate mucho tiempo más.
Su guardia de élite lo rodeó rápidamente, protegiéndolo en su retirada mientras lo ayudaban a mantenerse en pie.
—¡Retirada! —ordenaron los cuernos bárbaros, cuyo tono largo y grave ahora sonaba quebrado y caótico.
Los gálatas comenzaron a replegarse a toda velocidad, dejando atrás su campamento, que contaba con suministros, tesoros y unos cincuenta esclavos de todas partes de estas tierras, además de miles de cadáveres en el campo de batalla.
Lo que quedaba del colosal ejército enemigo huía, derrotado y con un rey lisiado, desvaneciéndose en dirección a las ciudades del norte.
Un clamor de victoria se alzó entre los hombres de la coalición, los pueblos nómadas, los bandidos y los señores de la guerra. Los vítores resonaron en todo el valle de Wilders; habían logrado lo imposible, defender su libertad contra una fuerza superior.
Pero el festejo se apagó casi de inmediato, transformándose en un eco amargo y vacío.
El enemigo había sido vencido, pero a un gran costo de vidas, de familiares y de seres queridos: habíamos perdido a unos siete mil hombres, mientras que los bárbaros contaban unas quince mil bajas.
Llegué jadeando al lado de mi padre, cayendo de rodillas en el barro junto a Melos, que acababa de desmontar a toda prisa. Oemirus yacía pálido, con un gran hematoma en su torso y la respiración débil; de su boca brotaba sangre con cada intento de habla.
Rápidamente fue llevado al pueblo para intentar ser salvado.
A pocos metros, el cuerpo sin vida de Philos comenzaba a enfriarse bajo el sol de la tarde. La coalición había ganado, pero bajo un costo muy grande.
Más tarde, revisamos el campamento enemigo para asegurarnos de que no hubiese más amenazas.
Permitimos a Gurta y a los señores que se quedaran con los tesoros, además de una parte del oro; el resto fue repartido entre los bandidos y los nómadas, quienes también se llevaron parte de los suministros.
Les permitimos a los esclavos tomar la decisión de quedarse o irse, a lo que todos accedieron a quedarse, ya que se sentirían más seguros en nuestro pueblo con nosotros.
Esa noche, dentro y fuera de las murallas, hubo un festejo por la hazaña que habíamos conseguido. Muchos se encontraban tristes por sus pérdidas, pero al mismo tiempo aliviados por haber podido salvar a los que aún los esperaban en sus hogares.
Recorrí el pueblo y sus alrededores para pensar un poco, viendo cómo aquellos que alguna vez se enfrentaban por el poder hoy compartían el vino y el alimento entre risas.
Vi a mi hermano, que estaba acompañado por algunas muchachas del escuadrón de arqueras; logró hacerse de una buena reputación después de su liderazgo en la batalla.
De regreso me encontré con una chica que parecía de mi edad, sentada en
el costado del templo frente a la plaza central.
—¿Te encuentras bien? —le pregunté mientras me acercaba.
—Sí, solo estaba pensando en mi familia. Esos bárbaros los asesinaron, incluso a mis hermanitos —respondió con una voz suave, pero entrecortada y triste.
—Lamento oírlo, esos hombres son unas malditas bestias. Lo peor de todo es que aún siguen allá afuera dañando y haciendo lo que se les da la gana —respondí con enojo tras escuchar la respuesta de aquella chica.
—Mi nombre es Kallos, soy de la capital, Apameia —me dijo con un tono más calmado.
—Yo soy Mélon —respondí con una sonrisa leve, esperando que eso la tranquilizara.
—Ven, ¿quieres comer o tomar algo? Sentada aquí sola no creo que puedas llegar a degustar nada —le dije tomando su temblorosa mano.
La ayudé a levantarse y la llevé conmigo para que pudiera comer y beber algo, ya que se veía que seguramente no la alimentaban bien.
Recorrimos el pueblo hablando con la gente y los guerreros de la coalición que disfrutaban del festín.
Le mostré los alrededores y disfrutamos de aquella noche, a pesar de todo por lo que ambos habíamos pasado.