Un amor secreto
Esta historia habla de un amor secreto entre Ariel, hijo de Santiago, y Kiara Emelyn, hija de Nicole y Gabriel. Desde pequeños crecieron juntos porque sus padres son mejores amigos y siempre les hicieron creer que eran como primos. Al cumplir 15 años, ambos comienzan a descubrir que lo que sienten va mucho más allá de una amistad. Sin embargo, ninguno se atreve a confesarlo por miedo a la reacción de sus familias. Entre miradas escondidas, mensajes secretos y momentos compartidos, Ariel y Emelyn intentarán entender sus sentimientos mientras mantienen su amor en secreto. ¿Podrán algún día contar la verdad?
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Capítulo 20: Ya no puedo más
Ya no podía más con aquella vida.
Esa frase llevaba varios días rondándome la cabeza.
Me encontraba sentado en la mesa del apartamento mientras Lucía preparaba la comida. Ella estaba en la cocina, ocupada con sus cosas, y yo permanecía en silencio mirando mi celular.
Había vuelto a revisar una fotografía de mi hija.
Eimy Arlette.
Ya tenía un año.
Un año en el que me había perdido demasiadas cosas.
Sus primeros pasos.
Sus primeras palabras.
Sus pequeñas ocurrencias.
Todo me estaba llegando por fotografías y mensajes.
Apagué la pantalla y respiré profundo.
—No puedo seguir viendo crecer a mi hija por fotos —murmuré.
Lucía apareció desde la cocina.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Ariel, llevas días así.
—Estoy cansado, Lucía.
Ella se quedó mirándome.
—¿Quieres que hablemos?
Negué con la cabeza.
—Después.
Miré el reloj.
Eran las ocho de la noche.
Me levanté de la mesa y agarré las llaves.
—¿A dónde vas? —preguntó Lucía.
—Voy a salir un rato.
—¿Adónde?
—No sé, Lucía. Necesito despejarme.
Salí del apartamento sin querer discutir.
Caminé varias calles hasta encontrar un bar. Entré y busqué una mesa apartada.
El hombre detrás de la barra me miró.
—Buenas noches. ¿Qué te pongo?
—Algo fuerte.
El hombre levantó una ceja.
—¿Seguro?
—Sí.
—Bueno, pero tómatelo con calma.
Asentí.
Me senté solo.
Durante unos minutos simplemente miré el vaso frente a mí.
Intentaba dejar de pensar.
Pero era imposible.
Cada vez que cerraba los ojos veía a Emely.
Y después aparecía mi hija.
—Eimy... —murmuré.
El hombre del bar se acercó un momento.
—¿Todo bien, chaval?
—Sí, tranquilo.
—No parece que estés muy bien.
Solté una pequeña risa sin humor.
—Es una historia larga, hermano.
—Pues no tienes pinta de querer contarla.
—Porque ni yo sé cómo arreglarla.
Me quedé nuevamente solo.
Yo sabía que tenía 21 años. Ya no era un niño. Pero eso no significaba que supiera cómo manejar todo lo que llevaba encima.
Quería despejar la mente.
Quería dejar de pensar en España, en Colombia, en Emely, en mi hija y en todas las decisiones que había tomado.
Con el paso del tiempo empecé a perder claridad y terminé hablando solo.
—¿Por qué me fui, pues?
Me quedé mirando la mesa.
—Yo pensé que podía empezar de nuevo...
Solté una risa triste.
—Qué bobada, Ariel.
Apoyé los brazos sobre la mesa.
—Eimy está creciendo y yo no estoy allá.
Me quedé callado unos segundos.
—¿Qué clase de papá soy si solamente puedo verla por una pantalla?
El hombre del bar se acercó nuevamente.
—Oye, ¿estás bien? Te estás quedando bastante ido.
—Estoy bien, señor.
—Creo que deberías parar ya.
Lo miré y asentí lentamente.
—Sí... creo que sí.
Me quedé sentado intentando ordenar mis pensamientos.
—Emely... —susurré—. Yo todavía te quiero.
Después bajé la mirada.
—Pero también fui yo quien decidió irse.
La culpa comenzó a pesarme más que antes.
No había conseguido olvidar a Emely.
Tampoco había conseguido acostumbrarme a estar lejos de mi hija.
Y por más que intentara convencerme de que había tomado la decisión correcta, cada día encontraba una razón nueva para dudar.
El hombre del bar volvió con un vaso de agua.
—Bebe esto y tómate tu tiempo antes de marcharte.
Lo miré agradecido.
—Gracias.
Tomé el vaso y respiré profundamente.
Por primera vez en mucho tiempo entendí algo que había estado evitando.
No necesitaba seguir huyendo de lo que sentía.
Necesitaba enfrentar las consecuencias de mis decisiones.
Miré nuevamente mi teléfono.
Tenía una fotografía de Eimy como fondo de pantalla.
La observé durante varios segundos.
—Perdóname, mi princesa —dije en voz baja—. Papá debió estar ahí.
Guardé el celular.
Aquella noche no había encontrado la forma de dejar de pensar.
Solo había conseguido darme cuenta de cuánto extrañaba mi vida en Manizales.
Y, sobre todo, cuánto extrañaba a mi hija.