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Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Status: En proceso
Popularitas:271
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi



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Capítulo 15

Capítulo 15: El Primer Partido

Llegué al complejo deportivo cuarenta minutos antes del primer saque.

No porque quisiera un buen asiento. Todo lo contrario. Necesitaba encontrar el peor lugar posible —el rincón más alto de las gradas, donde nadie voltea a mirar— para poder observar sin ser observada. En mi vida anterior yo no había puesto un pie en las canchas de tenis de la universidad. Ni siquiera sabía que existían. Y Renato Solís había jugado su torneo de selección completamente solo, sin una sola cara conocida entre el público.

Esta vez, al menos, habría una.

Aunque él no lo supiera.

Subí las gradas de concreto con mi café en una mano y el celular en la otra, esquivando a un grupo de chicas que bajaban riendo con gorras del equipo universitario. El sol de las diez de la mañana ya pegaba fuerte y el aire olía a caucho caliente y a pasto recién cortado. Las canchas de arcilla se extendían abajo como rectángulos color ladrillo, perfectamente delineados, con sus redes tensas y sus líneas blancas recién pintadas para la ocasión.

Me senté en la última fila. Saqué los audífonos del bolso, me los colgué del cuello sin conectarlos a nada, y abrí una aplicación cualquiera en el teléfono. La pantalla del celular haría de escudo. Nadie cuestiona a una chica que mira su teléfono. Es prácticamente un acto de invisibilidad social.

Pero mis ojos no estaban en la pantalla.

Estaban en la cancha tres.

El torneo de selección del equipo universitario de tenis funcionaba con un formato brutal: eliminación directa. Ocho lugares disponibles, dieciséis aspirantes, cuatro canchas en simultáneo. Ganabas o te ibas a casa. Así de simple.

La lista de participantes estaba pegada en un tablero junto a la entrada. La había visto al pasar. Junto al nombre de cada jugador figuraba su clasificación nacional, su club de origen, su historial de torneos. Currículos deportivos pulidos como hojas de vida para una gran multinacional.

Al lado del nombre de Renato no había nada. Solo un guion. Sin clasificación. Sin club. Sin historial.

El murmullo entre los otros jugadores cuando lo vieron llegar fue casi imperceptible, pero yo lo capté desde las gradas como quien afina un instrumento y detecta la nota disonante. Un par de miradas de reojo. Una sonrisa condescendiente del tipo de la cancha uno, un chico rubio con muñequeras de marca que ya estaba estirando con su entrenador privado. El lenguaje universal de los que pertenecen mirando al que no.

Renato caminó hacia la cancha tres con la bolsa deportiva colgada del hombro —mi bolsa deportiva, aunque él no lo sabía— y sacó su raqueta. La vieja. La que tenía el marco reparado con cinta y la empuñadura gastado hasta la transparencia. La apoyó contra la red y empezó a calentar solo, lanzando pelotas al aire y golpeándolas contra la pared lateral con una precisión mecánica que nadie estaba mirando.

Nadie excepto yo.

Y excepto un hombre de unos cincuenta años, cabello gris cortado al ras, que estaba de pie junto a la valla de la cancha tres con los brazos cruzados y una expresión absolutamente ilegible. Marcos Rivera. Llevaba unos lentes de sol que le cubrían media cara, una polo negra sin logo, y emanaba esa clase de autoridad silenciosa que solo tienen las personas que alguna vez fueron las mejores del mundo en algo.

Había venido.

Sentí un alivio que no me esperaba. Cuando le envié el mensaje pidiéndole que observara a un jugador sin contrato, sin clasificación y sin nombre, me contestó con un escueto "Veré mi agenda". En el idioma de los entrenadores retirados, eso podía significar tanto "estaré ahí" como "piérdete". Pero ahí estaba, apoyado contra la valla con la paciencia de quien ha visto miles de partidos y sabe que los primeros dos juegos no significan nada.

El oponente de Renato llegó cinco minutos después. Bruno Navarro. Clasificación nacional juvenil: 47. Miembro del equipo universitario desde primer año. Patrocinado por una marca de ropa deportiva cuyo logo le cubría el pecho, la espalda y la gorra. Traía dos raquetas idénticas, ambas recién encordadas, y un séquito de tres amigos que se sentaron en primera fila con botellas de agua y la actitud de quien va a presenciar un trámite, no un partido.

Miré la pantalla de mi teléfono. En el reflejo oscuro del cristal vi mi propia expresión y la controlé. Relajé la mandíbula. Solté los hombros. Volví a ser la chica que no estaba prestando atención.

El árbitro subió a la silla.

—Navarro al servicio. Primer set. ¿Jugadores listos?

Bruno asintió con un gesto automático, botando la pelota contra el suelo con el ritmo de alguien que ha hecho esto cientos de veces.

Renato se limitó a asentir una vez. Firme. Sin gesto extra.

Y entonces empezó.

El primer saque de Bruno fue un cañonazo plano que cortó el aire con un silbido seco y rebotó en la línea del cuadro de servicio con la precisión de un reloj. Doscientos kilómetros por hora fácil. El tipo de saque que dice "yo soy el que juega aquí, tú eres el que mira".

Renato lo devolvió.

No con elegancia. No con gracia. Lo devolvió con un movimiento crudo, casi instintivo —el cuerpo rotando desde la cadera, el brazo como un látigo, la raqueta vieja encontrando la pelota en el punto exacto con un golpe que sonó diferente al de todas las otras canchas—. Un sonido más grave. Más denso. Como si la pelota hubiera chocado contra algo que no debería poder golpear así.

La devolución pasó rozando la red por el centro y cayó en la esquina del fondo.

Bruno la alcanzó. Apenas. Devolvió un globo alto que le dio a Renato todo el tiempo del mundo para posicionarse. Y entonces lo vi.

El derecho paralelo.

Renato plantó el pie izquierdo, cargó el peso sobre la pierna trasera, y descargó un golpe de derecha que cruzó la cancha como una línea recta dibujada con regla. La pelota golpeó el suelo a centímetros de la línea lateral, levantando un polvillo rojizo de arcilla, y siguió de largo contra la valla con un estruendo metálico que hizo voltear a la gente de las canchas vecinas.

punto ganador. Punto para Solís.

Silencio.

No el silencio respetuoso de quien reconoce un buen golpe. El silencio confundido de quien no entiende lo que acaba de ver. Los amigos de Bruno se miraron entre ellos. El chico rubio de la cancha uno dejó de estirar un segundo.

Yo mantuve los ojos en el teléfono. El corazón me latía en las muñecas.

Ahí estás, pensé. Ahí está lo que vi.

El primer set fue una guerra de trincheras.

Bruno tenía técnica, ritmo, experiencia. Sabía leer el partido, construir puntos con paciencia, usar los ángulos como un ajedrecista que mueve piezas hacia la trampa inevitable. Era bueno. Genuinamente bueno. Su clasificación no era un adorno.

Pero Renato tenía algo que no se entrena.

Tenía velocidad. No la velocidad de quien corre mucho, sino la de quien reacciona antes de que su cerebro termine de procesar la información. Sus piernas se movían como si el suelo fuera un resorte —dos pasos donde otros necesitan cuatro, recuperaciones imposibles desde fuera de la cancha que lo devolvían al centro como si una cuerda invisible tirara de él—. Y tenía potencia. Una potencia absurda, desproporcionada, que salía de un cuerpo delgado pero fibroso y convertía cada golpe en algo que parecía violar las leyes de la física.

Pero sobre todo, tenía hambre.

No la metáfora motivacional barata que usan los comentaristas deportivos. Hambre real. La de alguien que no tiene segunda raqueta. La de alguien que sabe que si pierde, nadie va a venir a consolarlo, nadie va a pagarle un entrenador nuevo, nadie va a decirle "la próxima será". Para Renato no había próxima. Estaba todo en este set, en este juego, en este punto.

Y se notaba.

Se notaba en cómo perseguía cada pelota como si fuera la última. En cómo apretaba los dientes entre puntos, los músculos del antebrazo marcándose bajo la piel, el sudor ya empapándole la camiseta gris —mi camiseta gris— pegándosele al pecho. En cómo no celebraba los puntos ganados ni se lamentaba los perdidos. Solo caminaba de vuelta a la línea de fondo, botaba la pelota dos veces —siempre dos—, y servía.

El primer set se fue a desempate.

El desempate fue un infierno. Punto por punto, saque por saque, con los dos jugadores empujándose al límite en cada intercambio. La arcilla volaba con cada frenada. Las pelotas dejaban marcas como heridas en el suelo. Los sonidos se volvieron primitivos —el gruñido del esfuerzo, el impacto seco de la pelota contra las cuerdas, el chirrido de las zapatillas sobre la tierra, la respiración entrecortada que se oía desde las gradas en los silencios entre puntos.

Seis a seis en el desempate. Minirrotura para Bruno. Siete a seis. Punto de set para Navarro.

Las gradas murmuraron. Los amigos de Bruno empezaron a aplaudir anticipadamente. La cosa estaba decidida. El tipo sin clasificación había dado pelea, sí, pero al final el orden natural se impondría. Siempre se impone.

Renato se paró detrás de la línea de fondo. Botó la pelota. Una vez. Dos veces. Levantó la mirada hacia el otro lado de la red, donde Bruno ya se preparaba para recibir.

Y sacó.

No fue su mejor saque del partido. No fue el más rápido ni el más colocado. Pero fue el más inteligente. Un saque cortado que abrió hacia afuera del cuadro, sacando a Bruno de la cancha, y antes de que la devolución cruzara la red, Renato ya estaba ahí —en la red, anticipando, como si pudiera ver un segundo en el futuro— y colocó una volea cruzada que murió en el cuadro vacío con un rebote bajo y definitivo.

Siete iguales.

El público dejó de murmurar. Ahora miraba.

Marcos Rivera se quitó los lentes de sol.

El segundo set lo ganó Renato seis a cuatro.

No con un solo golpe espectacular, sino con algo más difícil y más raro: adaptación. A mitad del set, dejó de intentar ganar los puntos con potencia pura y empezó a mover a Bruno. Lo llevaba de esquina a esquina, le cambiaba el ritmo, alternaba bolas profundas con dejadas cortas que morían junto a la red como pájaros que se quedan sin aire. Era como ver a alguien aprender en tiempo real. Cada juego era mejor que el anterior. Cada decisión, más precisa.

Bruno empezó a frustrarse. Se le notaba en los hombros —los llevaba cada vez más altos, más tensos— y en cómo había empezado a hablar solo entre puntos, moviendo los labios sin sonido, repasando errores que ya no podía corregir.

Yo seguía en la última fila. Seguía mirando la pantalla del teléfono. Pero en algún momento mis audífonos habían resbalado del cuello al regazo y ya ni siquiera intentaba mantener la farsa. Estaba inclinada hacia adelante, con los codos sobre las rodillas, y si alguien me hubiera mirado habría visto exactamente lo que yo no quería mostrar: que cada punto me importaba como si fuera mío.

El tercer set comenzó con Renato arriba cinco a dos. Break de servicio a favor.

Bruno cambió de raqueta. Se secó la cara con la toalla. Pidió un tiempo médico que no necesitaba —una vieja táctica para cortar el ritmo del oponente— y cuando volvió a la cancha, jugó el mejor juego de todo el partido. Ace. punto ganador de revés. Servicio y red. Recuperó el break.

Cinco a tres, con servicio de Renato.

Renato caminó hacia la línea de fondo. Se secó las manos en los shorts. Tomó la raqueta —esa raqueta vieja, reparada, ridícula comparada con el arsenal de su oponente— y la giró una vez en la mano. Vi el gesto desde arriba y algo se me apretó en el pecho.

Era un gesto de familiaridad. De confianza. Como un músico que toca su instrumento de siempre, el que conoce cada imperfección, cada vibración, cada respuesta. Renato no necesitaba una raqueta nueva. Necesitaba esa. Porque esa raqueta sabía cómo él jugaba.

Primer punto. Peloteo largo, quince golpes desde el fondo. Bruno buscó el ángulo imposible con un revés cruzado. Renato llegó —por supuesto que llegó— y respondió con un golpe de pase tan ajustado a la línea que Bruno ni siquiera corrió. Se quedó parado en la red, mirando la marca en la arcilla, y asintió. Una vez. El gesto involuntario de quien reconoce que está perdiendo contra alguien mejor.

Quince-cero.

Segundo punto. Saque directo. El mejor del partido. La pelota entró como un misil en la T, rebotó alto y pasó de largo antes de que Bruno terminara de girar.

Treinta-cero.

El público ya no murmuraba. Estaba en silencio, ese silencio denso que precede a las cosas que se van a recordar. Las canchas vecinas habían terminado sus partidos y algunos jugadores se habían acercado a la valla de la cancha tres. El chico rubio de las muñequeras de marca estaba entre ellos, con los brazos cruzados y una expresión que ya no tenía nada de condescendiente.

Tercer punto. Peloteo de fondo. Bruno jugó bien —jugó todo lo que podía— pero Renato lo fue empujando hacia atrás, centímetro a centímetro, hasta que la cancha se le acabó. El golpe final fue un derecho invertido desde tres cuartos de cancha que pasó la red por milímetros y picó justo dentro de la línea.

Cuarenta-cero. Tres punto de partidos.

Bruno sacudió la cabeza. Se limpió el sudor de los ojos. Sirvió.

Renato devolvió el servicio con un revés a dos manos que cortó el aire como una cuchilla. La pelota viajó paralela a la línea, recta, implacable, y golpeó el rincón más lejano de la cancha con un sonido que resonó por todo el complejo como un punto final.

juego, set y partido. Solís.

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Mara
Maravillosa 👏💐 más capitulos por favor ✨
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