Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 12 EL PRECIO DE LA LIBERTAD
Alessandro Velini se giró hacia Dante Carusso con una lentitud que parecía coreografiada. Los dos hombres se miraron a los ojos por primera vez.
El magnate caído y el mafioso hecho a sí mismo. La sangre azul y la sangre de las calles. El hombre que lo había tenido todo y el hombre que lo había construido todo desde la nada.
—Usted —dijo Alessandro, y su voz era un hilo de hielo—. Usted es peor que mi hermano. Al menos Mateo tuvo la decencia de apuñalarme por la espalda. Usted lo hace frente a mi hija.
Dante se incorporó lentamente. Dio dos pasos hacia ellos, y en esos dos pasos hubo algo de felino, de depredador, de hombre que no está acostumbrado a que lo desafíen.
—Señor Velini —dijo, con esa voz grave que no necesitaba gritar—. Entiendo su enfado. Si tuviera una hija, tampoco querría verla casada con un hombre como yo. Pero las circunstancias son las que son. Su hermano lo traicionó. Su banco lo abandonó. Sus amigos desaparecieron. Yo fui el único que extendió la mano cuando usted se ahogaba. Puede odiarme todo lo que quiera. Pero su hija está viva. Su esposa va a recibir atención médica. Y usted no va a pudrirse en una celda. Eso es más de lo que nadie más hizo por usted.
—¿Y qué espera a cambio? —escupió Alessandro—. ¿Que le bese los pies? ¿Que le entregue lo poco que me queda?
Dante negó con la cabeza.
—No espero nada de usted. El trato es con su hija. Ella pone su apellido, su reputación, su lugar en la sociedad. Yo pongo el dinero y la protección. Es un intercambio de servicios. Nada más.
—Un intercambio de servicios —repitió Alessandro, con amargura—. Habla de mi hija como si fuera una mercancía.
—Su hija —dijo Dante, y por primera vez su voz se endureció un poco— es la mujer más valiente que he conocido en mi vida. En cinco días perdió su casa, su fortuna, su futuro. Vio a su madre morirse de a poco. Durmió en un colchón en el suelo. Comió pan duro porque no había nada más. Y aun así, aun así, encontró la fuerza para salir a la calle y hacer un trato con el diablo con tal de salvar a su padre. No la trate como una víctima. No es una víctima. Es una guerrera.
Maya se quedó sin aliento.
Dante Carusso, el mafioso, el asesino, el hombre de las manos manchadas de sangre, acababa de defenderla. Y no con palabras vacías, sino con una convicción que resonó en cada rincón de la sala.
Alessandro también lo sintió. Su postura cambió. La rabia seguía ahí, ardiente, pero debajo de ella había algo nuevo. Algo que no quería reconocer.
—¿Por qué ella? —preguntó al final—. Hay mil mujeres de la alta sociedad que aceptarían casarse con usted por la mitad de lo que ofrece. ¿Por qué mi hija?
Dante lo miró fijamente.
—Porque las otras no valen la pena. Su hija sí.
Nadie habló durante un largo momento. El reloj de pared marcaba los segundos con un tictac que parecía contar los latidos del corazón de Maya.
Finalmente, Alessandro suspiró. Un suspiro largo, profundo, como si estuviera exhalando el último resto de su orgullo.
—Maya —dijo, volviéndose hacia ella—. ¿Es esto lo que quieres?
Maya pensó en la palabra "querer". ¿Quería casarse con Dante Carusso? No. ¿Quería salvar a su padre? Sí. ¿Quería sacar a su madre de ese departamento de mierda? Sí. ¿Quería tener una casa, comida, seguridad? Sí. ¿Quería vengarse de su tío Mateo? Más que nada en el mundo.
—No es lo que quiero —respondió, con honestidad—. Pero es lo que necesito hacer.
Alessandro cerró los ojos. Cuando los abrió, la derrota brillaba en ellos, pero también una especie de respeto.
—Entonces no me queda más que aceptarlo.
Se giró hacia Dante. Dio un paso al frente. Y luego, para sorpresa de todos, extendió la mano.
—Cuídela —dijo—. Porque si le hace daño, si la lastima, si la traiciona... no importa que esté en la cárcel o que esté muerto. Encontraré la manera de hacerle pagar.
Dante miró la mano extendida durante lo que pareció una eternidad. Luego, lentamente, la aceptó.
—No la lastimaré —dijo—. Se lo juro por mi madre, que está muerta y no puede oírme, pero se lo juro igual.
El apretón de manos fue firme, breve, cargado de una tensión que no desaparecería pronto. Dos hombres que se odiaban, unidos por una mujer que ninguno de los dos merecía.
Maya observó la escena con el corazón encogido.
Esto es el principio, pensó. El principio de algo que no sé cómo va a terminar.
*_*
Salieron del juzgado bajo un sol cegador.
El Maserati negro los esperaba en la puerta, con el motor encendido y el chofer (un hombre grande, de cara cuadrada y ojos inexpresivos) sosteniendo la puerta abierta.
—Suban —dijo Dante—. Vamos al registro civil. La ceremonia es en una hora.
Alessandro vaciló. Miró el coche, miró a Dante, miró a Maya.
—¿No podemos esperar ni un día?
—No —respondió Dante, con esa frialdad quirúrgica que lo caracterizaba—. Cada minuto que pasa, su hermano mueve fichas. Mientras no estemos casados, el acuerdo no es legal. Si algo le pasa a Maya antes de firmar, yo no tengo ninguna obligación de protegerlos. ¿Entiende?
Alessandro apretó la mandíbula. Pero asintió.
Subieron al coche. Maya en medio, entre su padre y el hombre que estaba a punto de convertirse en su esposo. El contacto de los cuerpos era incómodo, demasiado cercano, cargado de una intimidad que ninguno había elegido.
Dante miró a Maya por encima del hombro de ella.
—¿Arrepentida? —preguntó, en voz baja, solo para ella.
Maya lo miró a los ojos. Esos ojos grises, profundos, imposibles de leer.
—Aún no —respondió—. Pregúntame mañana.
Dante casi sonrió. Casi.
—Trato hecho.
El coche arrancó, dejando atrás el juzgado, dejando atrás los cinco días más oscuros de la vida de Maya Velini.
Adelante, la esperaba un registro civil, un juez de paz, y un apellido nuevo.
Carusso.
Sonaba a peligro. Sonaba a poder. Sonaba a un destino que Maya nunca había imaginado.