Los malentendido de mantener un amor oculto, los fantasmas de un rey que no sabe expresar amor y una segunda op0rtunodad que Anastacia no desperdiciaría
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El Veneno de la Duda
Desde su escritorio cubierto de mapas tácticos y decretos reales, Nataniel presenciaba cada uno de los encuentros entre su esposa y el joven noble. La vista desde el estudio real le permitía divisar con nitidez los balcones de la galería este.
Día tras día, el rey veía cómo Anastasia —la mujer que con él se mostraba siempre tímida, reservada, con la mirada esquiva y la voz temblorosa— reía abiertamente y sin reservas en presencia de Óscar. Veía los susurros íntimos al oído, las sonrisas cómplices, las manos entrelazadas con ternura y los abrazos que se daban en la penumbra de las columnas. Para un hombre analfabeto en el lenguaje de los sentimientos, aquellas escenas no tenían más que una interpretación obvia y desgarradora: Anastasia y Óscar eran amantes apasionados.
El alma de Nataniel comenzó a corromperse bajo el veneno devastador de los celos. Para el monarca, que pasaba las noches en blanco atormentándose sobre cómo acercarse a su esposa sin romper su fachada de rey inquebrantable, ver cómo ella le entregaba su calidez y su afecto a otro hombre era un suplicio diario. En su mente cegada por el dolor y el orgullo herido, el matrimonio político que a él le había dado la bendición de tener a la mujer de sus sueños, para ella no era más que una jaula de oro que la apartaba del hombre al que verdaderamente amaba.
Nataniel no lograba comprender por qué ella lo rechazaba tan sutilmente mientras florecía ante la sola presencia de Óscar. La ira se convirtió en su única defensa contra la humillación.
Una noche, incapaz de contener la tormenta interna que amenazaba con volverlo loco, Nataniel irrumpió en los aposentos de la reina sin anunciarse. La puerta se abrió de golpe, chocando contra la pared de piedra.
Anastasia, que se encontraba frente al espejo de su peinador desatando sus largos cabellos oscuros, se puso de pie de inmediato, sobresaltada por la entrada violenta de su esposo.
—¿Nuevamente ha estado el señor Óscar en la galería este? —preguntó Nataniel con una voz peligrosamente baja, dando pasos lentos y pesados hacia ella. Sus puños estaban fuertemente apretados a los costados.
—Así es, majestad —respondió ella, dando un leve paso atrás por el instinto de cautela, bajando la mirada—. Óscar me hace compañía durante las mañanas. El castillo es inmenso y resulta desolador cuando pasáis jornadas enteras encerrado en el consejo de estado o en los campos de maniobra.
—¿Compañía? —repitió Nataniel, deponiendo cualquier rastro de cortesía. Su voz resonó en la habitación, cargada de un sarcasmo amargo que hizo estremecer a la reina—. Decidme, Anastasia, ¿qué clase de compañía requiere que os susurréis al oído como dos conspiradores? ¿Qué clase de conversación poética exige que os toméis de las manos con tanta efusividad frente a la vista de los sirvientes?
—¡Nataniel! —exclamó Anastasia, sintiendo que la sangre se le helaba en las venas por la gravedad de las insinuaciones—. Os ruego que midáis vuestras palabras. Óscar es mi amigo de la infancia, alguien a quien considero un hermano. No hay absolutamente nada impropio ni deshonroso en mi relación con él.
—¡No me tratéis como a un imbécil! —rugió el rey, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a escasos centímetros de su rostro. Anastasia pudo oler la tensión en su aliento y ver el destello de rabia pura en sus ojos azules—. La reina de Veloria no debe alimentar rumores indignos por los pasillos del palacio. Vuestra cercanía con ese hombre roza la imprudencia más descarada. ¡Se murmura por las esquinas que mi esposa prefiere el regazo de un conde sureño antes que el lecho de su rey!
—¡Eso es una calumnia vil! —defendió ella con las lágrimas agolpándose en sus ojos, la voz entrecortada por la punzante injusticia de las acusaciones—. ¡Jamás he faltado a mis deberes ni a mi honor como reina!
—¡Es suficiente! —sentenció él, alzando una mano para cortarla de golpe. Sus hombros temblaban por el esfuerzo sobrehumano que hacía para no gritarle que lo único que deseaba era ser él quien recibiera una sola de sus sonrisas—. No quiero volver a ver a ese hombre cruzando los arcos de la galería este. A partir de mañana, sus visitas quedan severamente restringidas. Y si vuelvo a encontraros a solas con él, tomaré medidas que no serán del agrado de ninguno de los dos.
Nataniel dio media vuelta y salió de la habitación dando un portazo que sacudió los candelabros de las paredes.
Anastasia se dejó caer sobre la silla del peinador, ocultando el rostro entre sus manos y rompiendo en un llanto amargo. Se sentía profundamente herida por la brusquedad y la desconfianza de su esposo. Y, sin embargo, prefirió tragarse las lágrimas y guardar silencio: sabía que revelar la verdad sobre los verdaderos sentimientos de Óscar implicaba entregar la cabeza de su amigo al verdugo o condenarlo al deshonor eterno.