Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.
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Capítulo 20
Capítulo 20
Durante el vuelo miré varias veces a Jerónimo.
Quería saber si estaba enfadado conmigo. Si llevaba días esperando que se lo dijera. Si el rescate habría sido distinto de no conocer la identidad de los bebés.
Él no me hizo ninguna pregunta hasta que empezamos a bajar.
—En Monteverde está Jasso. Puede revisarla. Si prefiere un hospital, se lo digo al piloto.
Quería un lugar donde no tuviera que explicar otra vez cómo me había raspado las rodillas.
—Vamos con el médico.
Feliciano nos esperaba en la entrada de la hacienda. Me dio una manta y me dijo su nombre antes de indicarme dónde podía sentarme. No me tomó del brazo ni trató de quitarme el bolso.
Jasso me preguntó si quería que Jerónimo entrara a la revisión.
Dije que sí.
El médico comprobó los golpes y el embarazo. Nos explicó lo que veía y qué debía vigilar. Cuando aparecieron los dos latidos, Jerónimo se acercó a la pantalla sin tocarme.
—¿Los dos? —preguntó.
Reconocí mi pregunta de aquella primera consulta.
Jasso asintió. Jerónimo se quedó allí mientras el médico señalaba las imágenes. Yo había temido tanto verlo ante un ultrasonido que no había imaginado que también él pudiera necesitar que alguien le repitiera una buena noticia.
Al terminar, pidió un minuto para hablar conmigo. Dejé que se sentara.
—La auxiliar habló con mi equipo a través de su abogado —explicó—. Tenía miedo de que la clínica le atribuyera toda la responsabilidad. Entregó una declaración y los datos con los que se pudo comprobar el cruce.
—¿Cuándo?
—Hoy. Antes del aviso de Poncho.
Todavía no sabía dónde estaba Robledo ni tenía mis originales. Conocía lo suficiente para identificar el embarazo. Lo demás habría que compartirlo y contrastarlo, cuando yo pudiera decidir cómo.
—Yo lo supe al pedir mi expediente —dije—. No sabía qué iba a hacer usted si se enteraba.
Jerónimo miró la venda de mi muñeca.
—Puedo entender que tuviera miedo.
—Todavía tengo.
No respondió con una promesa de que confiar sería fácil.
—Entonces empezamos por decirle qué sé y por preguntarle lo que no sé.
Le pedí que no anunciara mi embarazo ni mi nombre a su familia o a la prensa sin hablarlo conmigo. Que los informes médicos siguieran llegando primero a mí.
Aceptó. No hablamos de vivir juntos, de apellidos ni de todo lo que aquella conversación iba a cambiar.
Dormí varias horas.
Flor llegó antes del amanecer. Había dejado definitivamente su puesto con los Cardona; Lino coordinó el traslado de sus cosas desde casa de su hermana. Lo primero que pregunté al verla fue si había tenido problemas para salir.
—No esta vez —dijo—. Ya estaba casi todo listo.
Me acompañó a desayunar.
Estrella estaba junto a la terraza, sentada frente a un cuaderno de colores. Tenía una muñeca de trapo apoyada en el regazo. Al verme se levantó y retrocedió hacia la cocina.
—No la conozco.
Una cuidadora salió a su encuentro y se presentó como Ana.
—Es Renata. Se está quedando unos días.
Estrella negó con la cabeza. Miraba mis manos, luego la puerta, como si calculara por dónde podría salir si me acercaba.
Me quedé a distancia.
—Puedo desayunar en otro lado —dije.
Ana me indicó una mesa junto a la ventana. Me senté allí con Flor. No volví a preguntarle nada a Estrella.
En la pared había tres cuadros míos.
Un jardín de noche, una figura frente al mar, dos pájaros. Me acordé de haber embalado el último con Poncho; el cartón no cerraba bien y discutimos por la cinta hasta acabar riéndonos. Lo había pintado en una época en que todavía podía pasar una tarde trabajando sin escuchar el coche de Rodrigo.
Estrella siguió mi mirada.
—Esos me gustan —dijo desde su mesa.
—A mí también.
Se acercó a uno de los cuadros, sin llegar hasta mí. Señaló un pájaro.
—Este sí va a volver.
Miré el espacio que había dejado entre las dos figuras. Yo había pintado distancia. Ella encontraba un regreso.
—Puede ser —respondí.
Regresó a su cuaderno. Ana no intentó que siguiera hablando.
Al terminar el desayuno, Estrella me preguntó si podía dejarme la muñeca mientras iba a buscar otro color. La sostuve sobre mis rodillas. Cuando volvió, se la devolví sin pedir un abrazo ni dar por hecho que ya me quería.
Se sentó un poco más cerca.
Esa primera confianza me importó de una forma que no esperaba. No estaba haciendo algo para que Jerónimo me ofreciera protección. No había un acuerdo pendiente en la mesa. Estrella quería que alguien cuidara su muñeca durante un minuto y luego se la devolviera.
Más tarde, Jerónimo me ofreció quedarme hasta que se resolviera la seguridad fuera de la hacienda.
—Unos días —respondí—. Mis escoltas siguen conmigo. Y quiero poder salir a trabajar.
—Lino puede coordinarse con ellos.
No dijo que yo debiera quedarme por Estrella. Me alegró que no convirtiera el desayuno en una obligación.
Pregunté por Ofelia. Los abogados estaban entregando la información del secuestro y las autoridades tendrían que determinar las medidas siguientes. No había desaparecido de mi vida por ver llegar un helicóptero. Podía seguir siendo un problema.
Aun así, decidí quedarme esa semana.
Por la tarde Estrella me invitó al cuarto donde pintaba. Ana permaneció cerca. Yo me senté frente a una mesa para no forzar las rodillas y esperé a que Estrella escogiera el papel.
Dibujó una casa. Me pidió que hiciera el jardín.
Tomé un lápiz antes de pensar en quién podía estar mirando.
Estrella siguió el movimiento de mi mano.
—Hazle los pájaros —pidió—. Como los de allá.
Me señaló los cuadros de la pared.
Alcé la vista. Jerónimo estaba en la puerta.
Podía dejar el lápiz. Podía hacer unos trazos torpes y fingir otra vez que no sabía lo que estaba pidiendo.
Estrella empujó la hoja un poco más hacia mí.
Yo había vuelto a trabajar para recuperar esa parte de mi vida. No quería pasar el resto del tiempo estropeando lo que hacía para que nadie me reconociera.
Bajé la mirada y dibujé el primer pájaro.
Jerónimo bajó los ojos hacia el dibujo y después volvió a mirarme. Yo no solté el lápiz.