El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.
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CAPÍTULO 23: LO QUE RENATA EMPEZÓ A BUSCAR
Renata Duarte nunca había sido considerada, ni por su madre ni por nadie más en su círculo cercano, una mujer particularmente perspicaz. Había construido su vida entera sobre la comodidad de ser la hija preferida, la que recibía atención sin esfuerzo, la que nunca había necesitado desarrollar la astucia calculadora que caracterizaba a Perla ni la determinación feroz que alguna vez había definido a Camila.
Pero los celos, descubrió esa semana, resultaban un maestro sorprendentemente eficaz.
—Necesito que investigues a alguien —le dijo a Marcela Quintero, una investigadora privada que había contratado años atrás, durante un episodio de paranoia pasajera relacionado con una empleada doméstica que sospechaba robaba pequeñas cantidades de dinero—. Una mujer llamada Valeria Cross. Inversionista, supuestamente suiza, recién llegada a la ciudad hace apenas unos meses.
—¿Qué tipo de información busca exactamente, señora Roig?
—Todo. —Renata deslizó un sobre con dinero en efectivo sobre la mesa del café discreto donde se habían encontrado, lejos de cualquier posible testigo relevante—. Su verdadera historia. De dónde viene realmente. Y, sobre todo, si existe alguna razón oculta por la que decidió acercarse tanto a mi esposo.
Marcela tomó el sobre sin contarlo, con la profesionalidad discreta que Renata recordaba de su colaboración anterior.
—Le tendré información preliminar en una semana.
La semana transcurrió con una lentitud desesperante para Renata, que observaba con una atención cada vez más obsesiva cada interacción entre Sebastián y Valeria durante las reuniones del comité de inversión a las que, con creciente frecuencia, empezó a hacer acto de presencia sin ninguna justificación profesional real, simplemente para vigilar de cerca la cercanía que ambos habían desarrollado.
Marcela llamó exactamente siete días después, con una voz que dejaba entrever un descubrimiento significativo.
—Señora Roig, encontré algunas irregularidades interesantes.
—¿Qué tipo de irregularidades?
—El historial académico de Valeria Cross en la Universidad de Ginebra es real, pero extrañamente reciente. Los registros muestran que se agregó al sistema hace apenas tres años, lo cual resulta inusual para alguien que supuestamente se graduó hace más de siete. —Marcela hizo una pausa, con el tono profesional de quien está a punto de revelar información sensible—. Además, contacté al banco boutique donde supuestamente trabajó en Zúrich. Confirmaron su empleo, pero cuando solicité hablar con algún excompañero de trabajo que pudiera dar referencias personales, me ofrecieron únicamente contactos genéricos del departamento de recursos humanos, ninguno de los cuales pudo darme detalles específicos sobre su vida personal durante esos años.
—Eso suena exactamente como lo que esperaba. —Renata sintió que algo se afirmaba dentro de ella, una certeza creciente de que sus instintos, tan frecuentemente ignorados o menospreciados durante toda su vida, finalmente estaban siendo validados—. Sigue investigando. Necesito saber quién es realmente esa mujer.
—Hay algo más, señora Roig. —La voz de Marcela adquirió un tono cauteloso—. Algo que quizás prefiera escuchar en persona, en lugar de por teléfono.
Se encontraron esa misma tarde, en el mismo café discreto de siempre, y Marcela deslizó sobre la mesa una carpeta delgada con expresión seria.
—Investigué también los movimientos migratorios de Valeria Cross. Sus registros de entrada y salida del país durante los últimos tres años son perfectamente consistentes, sin ninguna irregularidad visible. —Marcela abrió la carpeta, revelando una serie de documentos fotocopiados—. Pero cuando crucé esos registros con las bases de datos migratorias internacionales, encontré algo curioso: no existe ningún registro de un pasaporte suizo bajo el nombre de Valeria Cross emitido antes de hace tres años y medio.
—¿Qué significa eso?
—Significa que Valeria Cross, tal como la conocemos hoy, empezó a existir legalmente hace apenas tres años y medio. —Marcela sostuvo la mirada de Renata—. Antes de eso, no hay absolutamente ningún rastro documental de esa identidad.
Renata sintió que un escalofrío le recorría la espalda, una mezcla de triunfo y algo mucho más inquietante.
—¿Estás diciendo que su identidad es falsa?
—Estoy diciendo que su identidad fue construida, con considerable inversión de recursos y tiempo, hace apenas tres años y medio. —Marcela cerró la carpeta—. Ese tipo de reconstrucción de identidad no es barata, señora Roig. Requiere conexiones muy específicas, generalmente en jurisdicciones especializadas en este tipo de servicios: Panamá, las Bahamas, ciertos sectores de Suiza que prefieren no hacer demasiadas preguntas sobre el pasado de sus nuevos residentes.
—¿Puedes averiguar quién construyó esa identidad? ¿Y por qué?
—Puedo intentarlo, pero va a requerir recursos considerablemente mayores a los que hemos usado hasta ahora. Este tipo de investigación empieza a acercarse a círculos donde la discreción se paga muy cara.
—Págalo. —Renata no dudó ni un segundo—. Cualquier cantidad que sea necesaria. Necesito saber exactamente quién es esa mujer y qué está buscando realmente en mi familia.
Marcela asintió, guardando la carpeta en su maletín con un movimiento calculado.
—Hay una última cosa, señora Roig, que quizás le resulte relevante. —Su voz bajó, cargada de una cautela deliberada—. Durante mi investigación preliminar sobre los movimientos financieros de Valeria Cross, encontré que hace apenas cinco semanas adquirió, a través de un fideicomiso registrado en Luxemburgo, un dos por ciento de participación en el Grupo Duarte. Su propia empresa familiar, señora Roig.
Renata sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—¿Cuánto tiempo lleva teniendo acceso a información interna de la empresa?
—Desde hace cinco semanas, según los registros.
—Exactamente el mismo tiempo que lleva acercándose cada vez más a Sebastián. —La mente de Renata trabajó con una velocidad que ella misma nunca hubiera creído posible, conectando piezas que hasta ese momento habían parecido completamente independientes—. Marcela, necesito que investigues algo más específico. Necesito que averigües si existe alguna conexión entre Valeria Cross y mi hermana Camila.
Marcela levantó la vista, con genuina sorpresa reflejada en su expresión.
—¿Su hermana? ¿La que estuvo en prisión?
—Sí. —La voz de Renata se endureció con una determinación nueva, forjada en cinco años de comodidad que empezaban a sentirse, de pronto, terriblemente frágiles—. Investiga todo lo relacionado con ella desde el momento de su liberación. Dónde estuvo, con quién se reunió, hacia dónde viajó. Y compáralo, punto por punto, con la línea de tiempo de la aparición de Valeria Cross.
—Eso podría tomar algunas semanas más, señora Roig.
—Tómate el tiempo que necesites. —Renata se puso de pie, con las manos temblando ligeramente, aunque su voz sonó con una firmeza que sorprendió incluso a ella misma—. Pero encuéntrame esa conexión, Marcela. Porque si mi instinto está en lo correcto, esa mujer no vino a esta ciudad a invertir en nuestra empresa.
—Entonces, ¿a qué vino?
Renata guardó silencio un largo momento, mirando por la ventana del café hacia la calle, donde la vida de la ciudad seguía su curso habitual, ajena por completo a la tormenta que estaba a punto de desatarse sobre la familia que había construido su fortuna sobre los cimientos de una traición que Renata, hasta ese momento, jamás había cuestionado del todo.
—Vino a destruirnos —dijo finalmente, con una certeza fría que la sorprendió a ella misma—. Y necesito descubrir exactamente cómo, antes de que sea demasiado tarde para detenerla.