Valentina Rivas es la heredera de un poderoso imperio empresarial. Tras desaparecer dos meses, regresa a casa marcada por un secreto que no puede revelar. Su matrimonio por contrato con Aniel, un hombre reservado y observador, se tensa cuando comienzan a llegar amenazas silenciosas: fotografías de su hija y mensajes que demuestran que alguien cercano conoce cada debilidad de su familia.
Mientras el tiempo del contrato se agota, Valentina debe decidir entre seguir callando para proteger a los suyos o enfrentar la verdad que podría destruirla. En un mundo donde el poder se hereda y el silencio tiene un precio, algunas herencias no se eligen.
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NO ES EL MOMENTO
Una semana después
Valentina
Aunque todos parecían convencidos de que poco a poco estaba recuperando mi vida, yo sentía que solamente había aprendido a representar mejor el papel de la mujer que había sido antes.
Me levantaba temprano.
Me duchaba.
Me vestía.
Me maquillaba.
Bajaba a desayunar con mi familia y estaba obligada a ir con la psicóloga.
Sonreía cuando Anisette me contaba alguna de sus ocurrencias contestaba los mensajes de la empresa.
Revisaba documentos.
Respondía llamadas.
Y cuando alguien preguntaba cómo estaba, utilizaba siempre la misma palabra.
—Bien.
Era una palabra sencilla.
Cómoda.
No obligaba a nadie a hacer preguntas.
No abría ninguna puerta que yo todavía no estuviera preparada para cruzar.
—¿Estás segura de que quieres trabajar tan pronto?
me preguntó mi madre una mañana por enésima vez,despues de ya tener semanas de que volví
Estábamos sentadas en la mesa del desayuno.
Anisette comía mientras veía algo en una tableta y mi padre revisaba algunos documentos.
Levanté la mirada.
—Sí.
—Podrías quedarte unos días más aqui, amor tengo meses que no te veo quedarte.
—Mamá, estuve dos meses fuera. No puedo desaparecer de la empresa también.
Mi padre dejó los documentos sobre la mesa.
—Tu madre solo quiere que descanses.
—Lo sé.
Sonreí.
—Pero necesito seguir con mi rutina, mama solo fue que comi algo y me cayo mal.
Mi padre me observó unos segundos.
—Si en algún momento sientes que no puedes, me lo dices.
Asentí.
—Claro.
Otra mentira.
No sabía si alguna vez sería capaz de decirlo.
No puedo.
Durante aquellos dos meses había aprendido que decir que no podía no siempre significaba que alguien iba a venir a salvarme ásí que había comenzado a depender de mí misma para sobrevivir.
Ahora tenía que aprender algo diferente, aprender a dejar que alguien me ayudara;Pero todavía no sabía cómo.
La empresa estaba igual.
Mi oficina.
Mi escritorio.
La secretaria entró unos minutos después de que yo llegara.
—Señora Valentina, aquí esta su itinerario
Ella dejó algunos documentos sobre mi escritorio.
—Aquí está todo lo pendiente.
—Gracias.
Cuando salió, me quedé mirando las carpetas.
Intenté concentrarme.
Pero mi mente se desviaba.
Cada ruido del pasillo me hacía levantar la cabeza.
Cada vez que alguien tocaba la puerta, mi cuerpo se tensaba.
Cuando un hombre caminó frente al cristal de mi oficina, sentí un escalofrío.
Respiré.
No estás allí.
Miré mi escritorio.
Estás aquí.
Intenté continuar trabajando.
Y lo conseguí.
Por unas horas eso era lo que hacía últimamente, Sobrevivía por horas alrededor de las seis de la tarde recibí un mensaje.
Aniel:
¿A qué hora vas a llegar?
Miré la pantalla.
No sabía qué responder.
Escribí:
Pronto.
Lo envié.
Unos segundos después llegó otro.
Aniel:
Está bien.
Guardé el teléfono.
No había nada extraño en aquellos mensajes.
Pero entre nosotros todo había cambiado.
Podíamos incluso quedarnos en silencio sin sentir que el silencio era incómodo.
Ahora cada conversación parecía tener una pared invisible entre los dos.
Y yo sabía por qué.
Había cosas que no podía contarle.
Todavía no.
Cuando llegué a casa, encontré a Anisette en la sala.
—¡Mamá!
Corrió hacia mí.
Dejé mi bolso y me agaché para recibirla.
—Hola, mi amor.
Me abrazó.
—Hoy hice una casa para Barbie.
—¿Una casa?
—Sí.
—¿Y dónde está?
Me tomó de la mano.
—Ven.
Me llevó hasta una pequeña construcción hecha con cajas.
—Esta es la habitación.
—Muy bonita.
—Y aquí vive Barbie.
—¿Sola?
—No.
Me miró con una sonrisa.
—Tiene esposo.
—Ah.
—Y tienen una hija.
La miré.
—¿Una hija?
—Sí.
Me quedé callada durante un segundo.
Ella me observó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Le acaricié el cabello.
—Es bonita tu familia.
—Es como nosotros.
Sonreí.
—Sí.
Ella tomó una muñeca.
—Tú eres esta.
Me entregó una muñeca.
—¿Y papá?
Me dio otra.
—¿Y tú?
Sacó una pequeña muñeca.
—Aquí estoy.
Me senté en el suelo junto a ella.
—Entonces vamos a jugar.
—¡Sí!
Y durante casi una hora olvidé todo.
Reí.
Inventé voces.
Discutí con una muñeca.
Anisette se burló de mí porque, según ella, yo no sabía jugar correctamente.
—Mamá, lo estás haciendo mal.
—¿Cómo que lo estoy haciendo mal?
—Barbie no habla así.
—¿Y cómo habla?
Anisette puso una voz exageradamente dulce.
—Así.
Me eché a reír.
—No puedo creer que tengas tanta imaginación.
—Porque soy inteligente.
—Eso sí lo heredaste de mí.
—Papá dice que también de él.
—Papá está equivocado.
Ella comenzó a reír.
Entonces escuchamos pasos.
Levanté la cabeza.
Aniel apareció en la entrada.
Tenía una expresión cansada.
—¿Qué están haciendo?
Anisette levantó una muñeca.
—Jugando.
—Ya veo.
Aniel me miró.
Nuestros ojos se encontraron.
Por unos segundos ninguno habló.
Después él sonrió ligeramente.
—Me alegra verte riendo.
Bajé la mirada.
—Estoy jugando con mi hija.
Anisette se levantó.
—Papá, tú también tienes que jugar.
Aniel suspiró.
—¿Yo?
—Sí.
—Pero estoy cansado.
—Eso no importa.
Lo tomó de la mano.
—Ven.
Aniel me miró.
—Parece que no tenemos opción.
Sonreí.
—Parece que no.
Se sentó en el suelo con nosotras.
Más tarde, después de cenar, Anisette se quedó dormida yo estaba en mi habitación sentada frente a la ventana.
La ciudad brillaba debajo escuché dos golpes suaves en la puerta.
—¿Sí?
—Soy yo.
Aniel.
—Pasa.
La puerta se abrió.
Entró lentamente.
Llevaba una camiseta oscura y pantalones deportivos.
Se quedó cerca de la puerta.
—¿Puedo hablar contigo?
Mi estómago se contrajo.
—Claro.
Se acercó un poco.
—¿Cómo te estás sintiendo?
La pregunta era simple.
Pero esa noche no pude responder automáticamente.
Miré mis manos.
—No sé.
Aniel permaneció en silencio.
—Eso es más honesto que decir "bien".
Levanté la mirada.
—Estoy intentando estar bien.
—Lo sé.
—No quiero que todos estén preocupados por mí.
—Ya estamos preocupados.
—Precisamente.
Aniel se sentó frente a mí.
—Valentina...
Su voz era diferente.
Más suave.
—No tienes que fingir conmigo.
Aparté la mirada.
Me quedé callada.
Él respiró profundamente.
—Quiero decirte algo.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Qué?
Aniel me miró directamente.
—Quiero estar contigo.
Sentí que algo se detenía dentro de mí.
No esperaba escucharlo no así.
—Aniel...
—Déjame terminar.
Asentí.
—Sé que las cosas entre nosotros siempre han sido complicadas. Sé que comenzamos de una manera que ninguno de los dos habría elegido en otras circunstancias. Sé que durante mucho tiempo fuimos simplemente dos personas intentando hacer funcionar algo por nuestra hija.
Hizo una pausa.
—Pero para mí cambió.
No dije nada.
—No sé exactamente cuándo cambió. Tal vez fue aquella noche. Tal vez fue en el transcurso de estos años y simplemente no quise aceptarlo.
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Pero sé que te he querido desde entonces.
Tragué saliva.
—Aniel...
—Y todavía te quiero.
Cerré los ojos.
No quería escucharlo no porque me molestara sino porque una parte de mí había esperado esas palabras durante años y ahora que finalmente las escuchaba, no sabía qué hacer con ellas.
—¿Por qué me dices esto ahora?
—Porque casi te pierdo.
Abrí los ojos.
Él continuó:
—Y me di cuenta de que no quiero pasar otro día fingiendo que no siento nada.
—No puedes hacer esto.
—¿Hacer qué?
—Decirme que me quieres ahora.
—¿Por qué?
Me levanté de la cama.
—Porque no es el momento.
Aniel también se levantó.
—¿Y cuándo será el momento?
No respondí.
—Valentina, dime.
—No lo sé.
—Entonces dime qué necesitas.
Me pasé una mano por el cabello.
—Necesito estar sola.
Él se quedó quieto.
—¿Sola?
—Necesito recuperarme.
—Lo entiendo.
—No, no lo entiendes.
Mi voz se quebró.
—No puedo pensar en una relación ahora. No puedo pensar en nosotros. No puedo pensar en ser esposa de alguien. No puedo...
Me detuve.
Las palabras comenzaron a atorarse en mi garganta.
Aniel dio un paso hacia mí.
—No tienes que ser nada.
—Sí tengo.
—No.
—Tengo que volver a ser yo.
Aquello hizo que se quedara callado.
Respiré profundamente.
—No sé quién soy ahora.
Aniel bajó la mirada.
—Yo puedo ayudarte.
Negué con la cabeza.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quiero depender de ti para volver a estar bien.
grite
—No tienes que depender de mí.
—Pero si empezamos algo ahora, todo se va a mezclar.
Él comprendió.
—Tienes miedo.
No respondí.
Lo miré.
—También tienes miedo de sentir algo por mí.
Sentí una punzada en el pecho.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—No intentes decirme lo que siento.
Aniel guardó silencio.
—Está bien.
Me senté nuevamente.
—No deseo estar contigo.
Decirlo dolió.
Muchísimo más de lo que esperaba, pero necesitaba hacerlo aniel permaneció de pie frente a mí.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después asintió lentamente.
—Está bien.
Lo miré.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
No sabía.
Tal vez esperaba que insistiera.
Que luchara.
Que me dijera que estaba equivocada.
Pero no lo hizo.
—No hay problema
dijo.
Se dirigió hacia la puerta.
Lo observé.
Una parte de mí quería llamarlo.
Decirle que esperara.
Decirle que no era que no sintiera nada.
Que simplemente estaba aterrada.
Pero las palabras no salieron.
Aniel abrió la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
Sin mirarme, dijo:
—No voy a obligarte a quererme.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Gracias.
—Pero tampoco voy a mentirte sobre lo que siento.
Finalmente me miró.
—Te quiero, Valentina.
Sentí que el corazón me dolía.
—Y aunque ahora no puedas estar conmigo, voy a respetarlo.
Asentí lentamente.
—Está bien.
Él salió.
La puerta se cerró.
Y me quedé sola.
No sé cuánto tiempo permanecí sentada.
Quizás diez minutos.
Quizás una hora.
Miré la puerta.
Quería abrirla.
Quería ir detrás de él.
Pero no lo hice.
Me llevé una mano al pecho.
—¿Por qué?
susurré.
No sabía si se lo preguntaba a él o a mí misma.
¿Por qué tenía que decirme aquello?
¿Por qué tenía que hacerme recordar que había alguien que todavía me quería?
¿Por qué tenía que ser justamente él?
Miré hacia la ventana.
Las luces de la ciudad seguían brillando.
Todo continuaba.
Como siempre.
Pero yo estaba atrapada entre dos versiones de mí misma.
La mujer que había sido antes.
Y la mujer que había regresado.
Me acosté.
Apagué la luz.
Intenté dormir.
No pude.
Cada vez que cerraba los ojos aparecían recuerdos que no quería ver.
Abrí los ojos nuevamente.
Respiré.
Entonces pensé en las palabras de Aniel.
No voy a obligarte a quererme.
No sabía por qué, pero aquellas palabras me hicieron llorar.
Porque quizás era exactamente lo que necesitaba.
No que alguien me salvara.
No que alguien decidiera por mí.
No que alguien me exigiera volver a ser la misma.
Solo necesitaba tiempo.
Tiempo para entender qué había pasado conmigo.
Tiempo para aprender a vivir nuevamente.
Y quizás, algún día, tiempo para descubrir qué sentía realmente por Aniel.
Pero esa noche no estaba preparada.