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El CEO y la niñera

El CEO y la niñera

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Niñero / Completas
Popularitas:610
Nilai: 5
nombre de autor: autora rochah

Isabela Leal nunca tuvo una vida fácil.

Huérfana de madre desde los seis años, creció bajo la sombra de un padre indiferente, una madrastra cruel y una media hermana que le robó hasta su diploma de enfermería —el único sueño que logró construir con sus propias manos.

Cuando una oferta de empleo como niñera la lleva a la mansión de Leonardo Albuquerque, uno de los empresarios más poderosos del país, Isabela solo busca una cosa: estabilidad. No cuenta con enamorarse.

Leonardo es frío, reservado y completamente volcado en su trabajo. Desde la muerte de su esposa, cerró su corazón a todo lo que no fuera su hija Isadora, una niña de tres años que extraña desesperadamente el cariño de una madre.

Lo que ninguno de los dos espera es que Isadora se encariñe con Isabela de manera inmediata y absoluta. Ni que esa conexión despierte algo que Leonardo juró no volver a sentir.

Pero el pasado de Isabela no piensa dejarla en paz. Un padre manipulador, una madrastra ambiciosa y enemigos corporativos conspiran desde las sombras para destruir todo lo que ella está empezando a construir. Y cuando un secreto sobre su madre —una verdad enterrada durante décadas— sale a la luz, la vida de Isabela cambiará para siempre.

Entre traiciones familiares, sabotaje empresarial y la amenaza constante de perder a las personas que ama, Isabela deberá encontrar la fuerza para enfrentar su pasado... y decidir si merece el futuro que el destino le está ofreciendo.

Porque esta no es solo una historia de amor.

Es una historia de nuevos comienzos.

NovelToon tiene autorización de autora rochah para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Después del almuerzo, el tema del viaje dominó por completo la mansión. Isadora no podía hablar de otra cosa y pasó el resto del día inventando juegos sobre caballos, pescas y aventuras en la hacienda.

Mientras la pequeña jugaba, Isabela aprovechó un momento libre para llamar a Laís.

La amiga contestó casi de inmediato.

—Por fin llamas.

—Hablé contigo ayer.

—Hace veinte horas.

Isabela se rio.

—¿Cómo estás?

Del otro lado de la línea, el silencio duró unos segundos.

—He estado mejor.

El corazón de Isabela se apretó.

Desde que perdió el empleo, Laís venía pasando por días difíciles. Intentaba parecer fuerte, pero Isabela sabía que su amiga estaba sufriendo.

—Vas a encontrar algo mejor.

—Eso espero.

—Va a pasar.

—Tú siempre crees eso.

—Porque es verdad.

Laís sonrió.

Incluso lejos, Isabela seguía cuidándola como siempre.

Entonces Isabela decidió contarle sobre el viaje.

—Por cierto, me voy a la hacienda de la familia Albuquerque.

—¿Qué?

—Un viaje en familia.

—Qué elegante.

—Y tú vienes conmigo.

—¿Que yo voy qué?

—Cristina te invitó.

—Isabela...

—No acepto excusas.

—No tengo ropa para eso.

—Sí tienes.

—No tengo dinero para eso.

—No necesitas.

—No conozco a nadie.

—Me vas a conocer a mí.

Laís empezó a reírse.

—Eres imposible.

—¿Entonces vas?

La amiga suspiró.

—Voy.

—Perfecto.

—Pero solo porque me estás obligando.

—Claro.

Cuando colgaron, ambas estaban sonriendo.

Tal vez unos días lejos de todo fuera exactamente lo que necesitaban.

Esa noche, después de horas jugando con Isadora, Isabela por fin llevó a la pequeña a dormir.

—Ya extraño el viaje.

—Pero ni siquiera ha empezado.

—Aun así.

Isabela se rio mientras la arropaba.

—Duerme.

—Buenas noches, Bel.

—Buenas noches, princesa.

Después de apagar las luces del cuarto, Isabela fue a su departamento. Al llegar, ella y Laís organizaron sus maletas.

La noche pasó rápidamente.

Y a la mañana siguiente, la mansión estaba completamente agitada.

Maletas por un lado.

Empleados organizando el auto.

Isadora corriendo por los pasillos.

Y Cristina dando órdenes a todo el mundo al mismo tiempo.

Cuando Isabela bajó las escaleras, encontró a Laís parada en el centro del vestíbulo principal.

La amiga observaba todo a su alrededor con los ojos como platos.

—Dios mío.

—¿Qué?

—¿Tú trabajas aquí?

—Sí.

—Esto no es una casa.

—Es una casa.

—No. Esto es un hotel de lujo.

Isabela empezó a reírse.

—Para.

—Hablo en serio.

Laís observó la enorme lámpara de araña.

Después la escalinata.

Después los jardines por la ventana.

—Yo viviría aquí para siempre.

—Acabas de llegar.

—Y ya estoy enamorada.

Las dos se rieron.

Poco después, Laís ayudaba a Isabela a organizar la ropa de Isadora.

—¿Cuántos vestidos necesita una niña?

—Muchos.

—Esto parece el guardarropa de una princesa.

—Porque ella es una princesa.

En ese momento, Isadora entró corriendo.

—¡Bel!

—¿Qué pasó?

—Papi está enojado.

Las dos se miraron.

—¿Cómo que enojado?

—Muy enojado.

—¿Qué pasó?

—La maleta.

Laís aguantó la risa.

—¿La maleta?

—No puede armarla.

Isabela casi sonrió.

Eso realmente parecía algo que Leonardo haría.

Minutos después, al pasar por el pasillo principal, se encontraron con el empresario saliendo de su habitación.

La expresión seria lo decía todo.

—¿Dónde está esa camisa azul?

Nadie respondió.

—¿Y quién puso documentos en mi maleta?

El silencio continuó.

Isadora entonces levantó la mano.

—Yo sé cómo resolverlo.

Leonardo suspiró.

—¿Sabes?

—Sí.

—¿Cómo?

La pequeña señaló directamente a Isabela.

—Ella lo resuelve todo.

El pasillo quedó en silencio.

Laís tuvo que morderse los labios para no reírse.

Leonardo miró a Isabela.

Isabela miró a Leonardo.

Por unos segundos nadie dijo nada.

Hasta que él finalmente suspiró.

—¿Podrías ayudarme?

La pregunta sorprendió a todos.

Principalmente a Isabela.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Totalmente.

Isadora abrió una sonrisa victoriosa.

—Se los dije.

Laís volteó la cara para esconder la diversión.

—Buena suerte —le susurró a su amiga.

Poco después, Isabela acompañaba a Leonardo por el pasillo.

Era la primera vez que entraba en su habitación.

Al cruzar la puerta, se quedó sorprendida.

El ambiente era exactamente como él.

Elegante.

Organizado.

Discreto.

Tonos oscuros.

Pocos objetos personales.

Pero había algo diferente.

En la mesa de noche había una fotografía de Isadora.

Otra de sus padres.

Y una tercera, más antigua, cuidadosamente guardada.

Eso mostraba un lado del empresario que casi nadie veía.

Leonardo notó su mirada.

—Está hecho un desastre.

Isabela observó la maleta abierta sobre la cama.

Camisas esparcidas.

Documentos mezclados.

Zapatos en lugares aleatorios.

Ella arqueó una ceja.

—¿A eso le llamas desastre?

—Sí.

—Entonces nunca has visto mi departamento después de que Laís se arregla para salir.

Por primera vez esa mañana, Leonardo casi sonrió.

Y, por un instante, el clima tenso entre los dos pareció desaparecer.

Sin darse cuenta, ambos estaban a punto de pasar más tiempo juntos del que habían pasado en las últimas semanas. Y eso era exactamente lo que Cristina esperaba cuando planeó aquel viaje.

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