Natalia tiene 25 años y es la exitosa CEO de un prestigioso bufete de abogados en Londres. Sin embargo, su imperio de cristal esconde un pasado oscuro: huyó de Zúrich para escapar de un matrimonio forzado impuesto por su multimillonario y arcaico padre. Cuando el patriarca la localiza y le lanza un ultimátum económico para arrastrarla de vuelta a Suiza, Natalia y su mejor amiga diseñan una solución desesperada: contratar a un marido de alquiler para blindarse legalmente.
Lo que Natalia no imagina es que el candidato enviado en secreto por su hermano es Óscar Alexander Sterling, su primer amor de la adolescencia. Nueve años de separación lo han transformado de un chico desgarbado con gafas en un imponente, musculado y sofisticado ingeniero naval. Ella no lo reconoce, y él decide ocultar su identidad para protegerla. Encerrados en una convivencia forzada dentro de un ático de una sola habitación, la pasión y los roces domésticos no tardarán en estallar.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 1. LA JAULA DE ORO
Me llamo Natalia y tengo 25 años. Tuve la suerte —o la tremenda desgracia, según se mire— de nacer en el seno de una familia rica con ideas sumamente arcaicas. En mi hogar, el dinero, el linaje y el apellido lo dictaban absolutamente todo. Los hijos varones heredaban el imperio familiar, el prestigio y el derecho incuestionable a dirigir sus propias vidas. Las hijas, en cambio, éramos tratadas como simples transacciones comerciales. Éramos piezas de intercambio en un tablero de ajedrez financiero, destinadas únicamente a mantener o conseguir una mejor posición económica para el patriarca de la casa.
Mi padre, Arthur, es el CEO de la empresa de fabricación de yates de lujo más grande y prestigiosa de Zúrich, Suiza. Sus clientes pertenecen a la élite de la jet set internacional: multimillonarios, herederos de petroleras y miembros de la realeza que buscan una exclusividad que solo el astillero de mi padre les puede brindar. Crecí rodeada de esa opulencia fría, en una mansión inmensa a las afueras de la ciudad, con vistas al lago. Era un lugar precioso, digno de una postal, pero las paredes de mármol y los techos altos solo albergaban una hipocresía asfixiante donde las apariencias importaban muchísimo más que los verdaderos sentimientos.
Mi madre, una mujer sumisa y de mirada siempre mansa, fue prometida desde el mismo momento en que nació. Su destino fue consolidar la unión de dos de las familias más poderosas de la región, y la casaron muy joven con mi padre. Ella aceptó su destino sin protestar, anulándose por completo como individuo para convertirse en la esposa perfecta, la anfitriona ideal y el adorno más elegante de las cenas de gala de Arthur.
A pesar de haber sido una víctima de este sistema, mi madre no guardaba rencor. Al contrario, vivía en una especie de burbuja de aceptación. Su única manera de ayudarme, desde que tengo uso de razón, era intentar hacerme los días lo más felices y agradables posibles dentro de nuestra jaula de oro. Se esmeraba en que mi habitación estuviera llena de flores frescas, en prepararme mis dulces favoritos y en peinarme con una ternura infinita. Sin embargo, también intentaba convencerme constantemente de que nuestro destino no era tan malo.
—Tu padre es un hombre provechoso, Natalia —me decía a menudo, mientras me cepillaba el cabello frente al tocador de mi habitación—. Yo fui prometida como tú, y mírame. Soy muy feliz con él, lo amo con locura. Un matrimonio de conveniencia te asegura estabilidad, respeto y un hogar bendecido. El amor real nace del respeto mutuo y del tiempo, ya lo verás.
Yo la miraba a través del espejo y, aunque sonreía para no romper su frágil paz, por dentro sentía un escalofrío. Yo no quería esa felicidad domesticada. No quería un amor que naciera de la obligación o de un contrato firmado con pluma de oro antes de que yo tuviera dientes.
Por suerte, en esa enorme y silenciosa mansión, no estaba completamente sola. Tenía a Thomas, mi hermano mayor por cinco años. Thomas era el heredero natural de los astilleros, el orgullo de mi padre y a quien se le permitía decidir absolutamente todo sobre su futuro: qué estudiar, a qué amigos frecuentar y, eventualmente, con quién casarse. Pero a pesar de tener el mundo a sus pies, Thomas tenía un corazón noble y limpio. Desde pequeños estuvimos sumamente unidos. Mientras mi padre intentaba moldearlo para ser un tiburón de los negocios, Thomas se escapaba a mi habitación para jugar conmigo, para leerme cuentos o para defenderme cuando las estrictas institutrices me castigaban por no sentarme como una "señorita".
Thomas era el único que compartía mis ansias de libertad y el primero en rebelarse, de forma silenciosa, contra las arcaicas normas de nuestro progenitor. Él no estaba de acuerdo con el trato que se nos daba a las mujeres de la familia, y mucho menos con el futuro que me aguardaba.
—No dejaré que te vendan, Nat —me prometía en susurros cuando se sentaba en el borde de mi cama por las noches, cuando la casa ya dormía—. Eres inteligente, eres fuerte. Algún día saldrás de aquí, y yo te voy a ayudar. Te lo juro.
Aquel lazo con mi hermano fue mi balsa de salvamento durante una infancia que, a pesar de las sombras del futuro, logré vivir de forma feliz y relativamente normal. Mi padre, concentrado en los negocios y en preparar a Thomas para la sucesión, apenas reparaba en mi presencia. Para él, yo era un activo a largo plazo, una inversión que maduraba en silencio dentro de los muros de la propiedad.
Estudié mis primeros años en un colegio exclusivo para niñas, un entorno protegido y sumamente estricto donde las monjas nos enseñaban literatura, idiomas y buenos modales. Allí dentro, rodeada de uniformes idénticos y risas infantiles, el tiempo parecía no transcurrir. El mundo exterior no existía y mi futuro parecía algo tan lejano que podía ignorarlo. Yo era simplemente una niña que jugaba en el patio, que sacaba excelentes calificaciones y que disfrutaba de los fines de semana paseando en bicicleta por los jardines de la mansión junto a Thomas.
Sin embargo, la realidad de mi destino me golpeó de frente mucho antes de lo que esperaba, en una tarde de otoño que jamás podré borrar de mi memoria. Yo tenía apenas doce años. Regresaba del colegio con la mochila al hombro, tarareando una canción y buscando a mi hermano para enseñarle un dibujo que había hecho en la clase de arte. Al pasar cerca del despacho de mi padre, escuché voces. Normalmente, las puertas de roble macizo amortiguaban cualquier sonido, pero esa vez estaban entreabiertas.
—El acuerdo está cerrado, Arthur —reconocí la voz del abuelo materno, un hombre cuya sola presencia imponía pavor—. El pacto que firmaste el día en que nació la niña es sagrado. Cuando Natalia termine la universidad, se casará con el hijo mayor del CEO de la empresa automotriz. Esa unión consolidará nuestro control sobre el sector de transportes y lujo del país. No hay marcha atrás.
—Por supuesto que no la hay —respondió la voz fría, calculadora y carente de cualquier emoción de mi padre—. Sabes perfectamente cómo dirijo esta familia. En el momento en que el médico me confirmó que iba a ser una niña, supe exactamente qué hacer con ella. Su matrimonio ya está apalabrado y firmado. Ella cumplirá con su deber hacia este apellido, le guste o no. Para eso ha nacido.
Me quedé helada en mitad del pasillo, con el dibujo apretado entre mis manos hasta arrugarlo por completo. Sentí como si el suelo desapareciera bajo mis pies y un pozo oscuro y frío se abriera en mi estómago. No era una suposición, no era una pesadilla lejana: mi propia vida había sido vendida el mismo día en que di mi primer suspiro. Yo no era su hija; era una mercancía.
Corrí hacia mi habitación, cerré la puerta con pestillo y me desmoroné en el suelo, llorando con un dolor sordo que me quemaba la garganta. Fue en ese preciso instante, con doce años y las lágrimas empapando mis mejillas, cuando la niña feliz murió y nació la Natalia que soy hoy. Miré el lujo que me rodeaba, los juguetes caros, los vestidos de seda, y los odié con toda mi alma. Comprender que toda esa riqueza no era más que el precio de mi futura esclavitud encendió una chispa de rabia en mi interior.
Unos minutos después, Thomas llamó a mi puerta. Al notar que no respondía y escuchar mis sollozos, usó la llave de repuesto para entrar. Al verme hecha un ovillo en el suelo, se arrodilló a mi lado y me envolvió en un abrazo protector.
—Lo sé, Nat. He escuchado a papá en el pasillo —me dijo con la voz entrecortada por la impotencia, acariciando mi cabello—. Escúchame bien: ellos tienen los papeles, pero tú tienes tu mente y me tienes a mí. Esto no se ha terminado. Vamos a jugar su juego por ahora, pero buscaremos una salida. Te lo prometo por mi vida.
Esa tarde, abrazada a mi hermano, entendí que mi infancia perfecta se estaba resquebrajando. Los años de inocencia en el colegio de niñas estaban llegando a su fin. Mi padre ya estaba planeando dar el siguiente paso en mi educación para prepararme para la alta sociedad, lo que significaba que pronto tendría que abandonar el ambiente protegido del colegio para ingresar al instituto. Lo que ninguno de nosotros imaginaba era que ese cambio de escuela, al pasar a un centro mixto, me abriría las puertas a un mundo completamente nuevo y pondría en mi camino a la persona que cambiaría mi universo para siempre.
Felicidades autora que sigan los éxitos!!! ☺️