Clarisa Hernández llegó a una universidad de élite para cambiar su destino, pero su humilde apellido se convierte en el mayor obstáculo de su vida.
Una noche junto a Samuel Flores, un poderoso y frío empresario, cambia todo cuando descubre que está embarazada.
Samuel le ofrece un matrimonio por contrato: ella obtendrá seguridad para su hijo y él conseguirá la esposa que necesita.
Pero hay una regla que ninguno puede romper: no enamorarse.
Lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convertirá en un peligroso juego de secretos, deseo y sentimientos que ninguno podrá controlar.
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Capítulo 24. Una mentira conveniente
El automóvil oscuro continuaba detrás de ellos.
Sus luces se reflejaban en el espejo retrovisor, manteniendo una distancia constante, como si quien lo conducía conociera perfectamente cada movimiento de Samuel.
Andrés sujetó con fuerza el volante.
—Señor, ¿quiere que cambiemos de ruta?
—Sí. Toma la avenida principal y dirígete a un lugar concurrido.
Clarisa miró por la ventana.
—¿Crees que nos están siguiendo?
Samuel observó el vehículo que se acercaba lentamente.
—No lo creo. Estoy seguro.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —preguntó ella.
—Porque no quería asustarte.
Clarisa soltó una risa nerviosa.
—Samuel, estoy sentada en un automóvil perseguido por un desconocido. Creo que ya es demasiado tarde para eso.
Él la miró.
—Tienes razón.
Andrés tomó una desviación y se dirigió hacia una zona comercial iluminada. El vehículo oscuro continuó siguiéndolos durante unos minutos, hasta que finalmente giró en otra dirección.
Sin embargo, Samuel no se relajó.
—No significa que se haya rendido —dijo.
Andrés asintió.
—Voy a informar al equipo de seguridad.
Clarisa observó a Samuel.
—Ahora sí. ¿Qué sabes sobre mi madre?
Samuel permaneció en silencio.
—Me dijiste que habías descubierto algo hace tiempo.
—No exactamente.
—Te escuché perfectamente.
Samuel miró hacia el frente.
—Encontré un informe antiguo relacionado con Elena Hernández.
—¿Qué clase de informe?
—Un documento de la empresa de mi padre.
Clarisa frunció el ceño.
—¿Y por qué estaba allí el nombre de mi madre?
—Porque ella trabajó durante un tiempo para una de sus compañías.
—Eso ya me lo dijo Beatriz.
—Hay más.
Clarisa esperó.
Samuel respiró profundamente.
—El informe mencionaba una investigación interna por una filtración de información. Tu madre había descubierto que alguien estaba entregando documentos confidenciales a una persona externa.
Clarisa sintió un nudo en el estómago.
—¿Mi madre era sospechosa?
—No. Según el informe, ella había alertado a la dirección.
—Entonces, ¿por qué la investigaban?
—Porque después de presentar la denuncia, desaparecieron algunas pruebas.
Clarisa negó con la cabeza.
—Mi madre nunca me contó nada de eso.
—Tal vez intentaba protegerte.
—¿De quién?
Samuel no respondió.
Clarisa lo miró con frustración.
—¿Y tú cuándo encontraste ese informe?
Samuel apretó la mandíbula.
—Hace seis meses.
El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier discusión.
—¿Hace seis meses? —repitió Clarisa.
—Sí.
—¿Y no me dijiste nada?
—En ese momento no sabía que tú eras la hija de Elena.
Clarisa lo observó fijamente.
—¿Cuándo lo descubriste?
Samuel bajó la mirada.
—Después de conocerte.
—¿Y cuánto tiempo llevas sabiendo que nuestras familias estaban relacionadas?
—Unas semanas.
Clarisa sintió que la decepción le pesaba en el pecho.
—Unas semanas son suficientes para haberme dicho la verdad.
—Quería encontrar pruebas antes de hablar contigo.
—Eso es lo que todos dicen cuando quieren justificar sus secretos.
Samuel se giró hacia ella.
—No quería lastimarte.
—Pero me lastimaste al ocultármelo.
Andrés permaneció concentrado en la carretera, fingiendo no escuchar.
Samuel bajó la voz.
—Clarisa, hay información que podría ponerte en peligro.
—No puedes utilizar mi seguridad como excusa para decidir qué tengo derecho a saber.
Él no respondió.
Clarisa miró por la ventana.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que empiezo a confiar en ti y, justo cuando lo hago, descubro que también me estás ocultando cosas.
Samuel sintió que aquellas palabras le dolían.
—No te he mentido sobre lo que siento por ti.
Clarisa lo miró rápidamente.
—¿Y qué sientes por mí?
Samuel se quedó callado.
La pregunta había llegado demasiado pronto.
—Samuel.
—No lo sé.
Clarisa apartó la mirada.
—Al menos esa respuesta es honesta.
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Cuando llegaron a la propiedad antigua de Arturo Flores, la entrada estaba iluminada.
Había varios automóviles estacionados y guardias vestidos de negro vigilando los alrededores.
La mansión parecía haber despertado después de años de abandono.
—¿Por qué hay tanta seguridad? —preguntó Clarisa.
—Porque alguien sabía que vendríamos.
Samuel bajó del automóvil y le ofreció la mano.
Clarisa dudó, pero finalmente la tomó.
Al entrar, varios invitados se giraron para observarlos.
Mujeres con vestidos elegantes, empresarios y antiguos socios de Arturo Flores conversaban en pequeños grupos.
En el centro del salón estaba Beatriz.
A su lado, Victoria sostenía una copa y observaba a Samuel con atención.
—No sabía que vendrías con ella —dijo Beatriz.
Samuel se colocó junto a Clarisa.
—Es mi esposa. No voy a ocultarla.
—No se trata de ocultarla.
—Entonces no hay ningún problema.
Beatriz miró a Clarisa.
—Espero que sepas comportarte.
Clarisa mantuvo la calma.
—Haré lo posible por no decepcionarla.
Victoria se acercó con una sonrisa.
—Qué alivio verlos juntos. Por un momento pensé que Samuel vendría solo.
—No tienes por qué preocuparte por mis decisiones —respondió él.
Victoria miró a Clarisa.
—No te preocupes. Samuel siempre ha sido muy protector con las personas que considera importantes.
Clarisa notó el énfasis en la última palabra.
Samuel tomó suavemente su brazo.
—Vamos.
—¿Huyendo? —preguntó Victoria.
Samuel se detuvo.
—No. Evitando una conversación innecesaria.
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La gala comenzó con un discurso de uno de los antiguos socios de Arturo.
—Esta noche nos reunimos para honrar la memoria de un hombre que transformó el mundo empresarial y cuya visión sigue presente en cada uno de nosotros.
Clarisa observó el escenario.
Detrás del orador había una enorme pantalla.
De pronto, apareció una fotografía de Arturo Flores.
Los invitados aplaudieron.
Samuel permaneció inmóvil.
Entonces las luces se apagaron.
Una voz se escuchó por los altavoces.
—Durante años, todos creyeron conocer la historia de Arturo Flores.
La imagen cambió.
Aparecieron documentos antiguos, fotografías y registros de empresas.
—Pero algunas verdades fueron enterradas para proteger intereses poderosos.
Beatriz se levantó de su asiento.
—¡Apaguen esa pantalla!
Nadie obedeció.
En la pantalla apareció una fotografía de Elena Hernández.
Clarisa sintió que se le helaba la sangre.
—¡Mamá! —susurró.
Samuel la tomó de la mano.
La voz continuó:
—Elena Hernández descubrió una operación ilegal dentro de la empresa Flores. Intentó denunciarla, pero alguien se encargó de silenciarla.
Clarisa miró a Samuel.
—¿Qué significa esto?
Él no respondió.
La pantalla mostró una copia de un informe firmado por Elena.
Después apareció una segunda imagen.
Era una fotografía de Arturo Flores junto a Elena.
Los invitados comenzaron a murmurar.
—¿Qué está pasando? —preguntó alguien.
La voz continuó:
—Arturo Flores no murió cuando todos lo creyeron. Su desaparición fue parte de un acuerdo secreto.
Samuel miró a Beatriz.
—¿Qué hiciste?
Beatriz negó con la cabeza.
—No fui yo.
—¡Entonces dime quién lo hizo!
Antes de que ella pudiera responder, la pantalla mostró una última frase:
“La verdad será revelada cuando Samuel confiese la mentira que le contó a su esposa.”
Clarisa giró lentamente hacia él.
—¿Qué mentira?
Samuel se quedó sin palabras.
Los invitados comenzaron a observarlos.
Victoria bajó la mirada, como si hubiera esperado aquel momento.
Clarisa soltó la mano de Samuel.
—¿Qué me has ocultado?
Él dio un paso hacia ella.
—Clarisa, puedo explicarlo.
—Entonces hazlo.
Samuel miró a su alrededor.
Todos esperaban una respuesta.
Finalmente, bajó la voz.
—Cuando descubrí quién eras, no fue por casualidad.
Clarisa sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué quieres decir?
Samuel tragó saliva.
—Yo ya sabía que eras la hija de Elena Hernández antes de ofrecerte el trabajo.
Clarisa lo miró con incredulidad.
—¿Desde cuándo?
—Desde el día en que te vi por primera vez.
La expresión de Clarisa se quebró.
—Entonces... ¿todo fue planeado?
—No.
—¿Me acercaste a ti porque querías investigar a mi madre?
—Al principio, sí quería entender qué relación tenía tu familia con la mía.
Clarisa dio un paso atrás.
Samuel intentó acercarse, pero ella levantó una mano.
—No me toques.
Él se detuvo.
—Clarisa...
—Me hiciste creer que todo había ocurrido por casualidad.
—Yo no planeé enamorarme de ti.
El salón quedó en silencio.
Clarisa sintió que aquellas palabras no podían reparar lo que acababa de descubrir.
—¿Enamorarte?
Samuel se quedó inmóvil.
Había pronunciado la palabra sin pensar.
Victoria apretó la copa entre sus dedos.
Beatriz cerró los ojos.
Y entonces, desde los altavoces, la voz desconocida volvió a hablar:
—Ahora que la verdad ha comenzado, falta revelar el secreto más importante: Samuel Flores no se casó con Clarisa únicamente para protegerla.
Las luces se encendieron de golpe.
En la pantalla apareció una copia del contrato matrimonial.
Pero había una cláusula que Clarisa nunca había visto.
Una cláusula oculta.
“La unión entre Samuel Flores y Clarisa Hernández deberá mantenerse hasta que se descubra el paradero de Arturo Flores.”
Clarisa miró a Samuel.
—¿Tú sabías de esto?
Samuel observó el documento, completamente desconcertado.
—No.
Victoria sonrió levemente.
—Entonces, Samuel, quizá ha llegado el momento de que descubras quién firmó realmente ese contrato.
Clarisa tomó su bolso.
—No quiero escuchar más.
Samuel intentó detenerla.
—Clarisa, espera.
Ella negó con la cabeza.
—Toda mi vida he tenido que luchar para que los demás no decidan por mí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Y ahora descubro que mi propio esposo comenzó nuestra historia con una mentira.
Clarisa se marchó del salón.
Samuel quiso seguirla, pero Beatriz lo sujetó del brazo.
—No puedes ir tras ella.
—Suéltame.
—Si sales por esa puerta, perderás mucho más que tu matrimonio.
Samuel la miró con furia.
—¿Qué sabes, mamá?
Beatriz bajó la voz.
—Sé quién está detrás de la desaparición de tu padre.
Samuel se quedó inmóvil.
—¿Quién?
Beatriz observó la pantalla apagada.
—La misma persona que destruyó la vida de Elena Hernández.
En ese instante, Samuel comprendió que la mentira que había contado para proteger a Clarisa podía convertirse en la razón por la que ella jamás volviera a confiar en él.
Y, mientras Clarisa abandonaba la propiedad, alguien observaba desde una habitación oscura.
Alguien que llevaba años esperando que la verdad los separara.