Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.
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CAPÍTULO 1
Otro día de levantarme y ver ese característico paisaje de Entre Ríos. Me quedo mirándolo por un largo tiempo y me doy cuenta de que estaba completamente sola en este enorme rancho... Lo cual era raro porque ¿dónde estaban mis padres?
Mi vida se basaba en sembrar la soja y luego llevarla en la Ford Ranger de mi padre hasta Gualeguaychú; siempre tuve aspiraciones diferentes a las de ellos como, por ejemplo, mi gran sueño de mudarme a Buenos Aires y estudiar en la UBA, eso solamente eran fantasías en mi mente donde yo era una persona que dejaba una huella en este mundo tan falto de conciencia y empatía.
Siempre estuve sola en este pueblo, cero amigos. Cada vez que me miraban parecía que les daba asco mi forma de ser y de lo que trabajan mis padres aunque fuera un trabajo honrado. Pero ¿cómo les explicás a adolescentes -que luego se transformaron en adultos- con la idea de que si tu padre trabajaba la tierra tu pasabas a ser el centro de bullying? Primero fueron pequeños chistes sobre cómo olía y luego derivó en dejarme de hablar como si tuviera lepra.
Hoy, con 24 años, puedo decir que mi vida estaba en su pleno apogeo y no paraba de pensar: "Mi vida se estaba arruinando en este maldito rancho solo por la obstinación de mi padre de no dejarme ir a cumplir mi sueño".
Unos gritos me sacan de mis pensamientos intrusivos: "Che, gurisa, vení a tomar unos mates". La reconozco al momento; era esa misma voz que escuché desde que nací, mi abuela Teresa o, como yo le digo, Tete.
-¡Tete, viniste!-dije corriendo a abrazarla, ya que hace meses se había ido a Córdoba a visitar a su hermana Miriam.
Mi abuela no paraba de reír
-Gurisa, me vas a tirar-me extiende un sobre y sonríe.
Emocionada miré el sobre que estaba en mis manos temblorosas, al abrirlo vi que era un pasaje de colectivo con destino a Buenos Aires.
No me daban las manos para abrazar a Tete, mientras de mis ojos desprendian largas y gordas gotas qué rodaban por mi cara.
-Gracias Tete, te estoy muy agradecida-lloré mientras ella me daba suaves golpecitos en mi espalda.
-M'hija, no tengas miedo. Vos hacé lo que sientas que tenés que hacer. Yo te voy a bancar siempre, ¿sabés? Para eso está la abuela. Aunque se venga el mundo abajo, acá me vas a tener, gurisa-me tomo del rostro y secó todas mis lágrimas, mientras ella misma tenía los ojos acuosos, pero se negaba a llorar al frente mío.
-Ella no se va a ir a ningún lado sin la autorización de su padre-sentí todo el cuerpo helarse al escuchar esa voz que no necesitaba gritar para dejarme claro que el era el que mandaba.
Mi madre estaba sumisamente detrás de mi padre y evitaba mirarte a los ojos, ya que sabía que no podía oponerse a su autoridad.
-Papá ya tengo 24 años no quiero vivir eternamente en el rancho. Yo quiero estudiar Derecho y ser alguien en la vida-le dije enfrentando su mirada. Lo único que recibí de su parte fue un portazo violento y un silencio helado que dio por terminada la conversación.
Pasaban los días y en lo único que lograba pensar en que ya me iría y mi padre no me hablaba desde que me puse firme y no dejé que siguiera pisoteando mis sueños como siempre lo había echo.