🔞🔞En una ciudad donde las torres de cristal ocultan mafias, corrupción y cuerpos bajo neón, Cassian Cooling intenta vivir lejos de la violencia que marcó su juventud. Arquitecto prodigio de Central City, heredero de una fortuna y dueño de un talento capaz de construir maravillas, lleva años enterrando al monstruo que alguna vez aterrorizó las calles de Cuatro Leguas.
Cuando su mejor amigo queda atrapado en una deuda y la mujer de la que se enamora resulta herida, Cassian descubre que el pasado nunca desapareció. Solo esperó en la oscuridad el momento para volver.
Una guerra criminal comienza a devorar las dos ciudades más peligrosas, Cassian deberá decidir qué parte de sí sobrevivirá: el hombre que construye hospitales… o el que aprendió a destruir mafiosos.
Entre conspiración, mafias, tecnología, romance oscuro y una violencia tan brutal como adictiva, Cenizas y Cristal es una novela noir de ciencia ficción donde el amor puede salvar… o romper lo poco humano que queda dentro de t
NovelToon tiene autorización de XintaRo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Quinto Acto, Segunda parte: El Fin del Tiempo Prestado.
...Capítulo 5....
...El Fin del Tiempo Prestado....
...“Segunda Parte.”...
La lluvia continúa cayendo sobre Central City, mientras el mundo desaparece lentamente detrás de los ventanales del dormitorio. Las luces de neón atraviesan el cristal empañado y dibujan sombras azules y violetas sobre la piel desnuda de Lekan, mientras permanece entre mis brazos, respirando despacio, todavía demasiado agitada. Sus piernas enredadas a mi pierna derecha, me dejan de alguna manera… anclado. Siento como palpita su tibia entrepierna, aun húmeda, contra mi muslo.
Y por primera vez en muchísimo tiempo… no siento ruido dentro de la cabeza. No hay disparos. No hay recuerdos de Cuatro Leguas. No hay cadáveres. No hay culpa. Solo el calor de su cuerpo junto al mío. Solo el sonido suave de su respiración mezclándose con la tormenta.
Eso debería parecerme normal. En cambio, se siente peligrosamente nuevo.
Mis dedos recorren lentamente la curva de su espalda desnuda mientras ella permanece acostada sobre mi pecho. Su cabello oscuro cae desordenado sobre mi piel y el ligero roce me provoca escalofríos incluso ahora.
Lekan levanta apenas el rostro para mirarme. Sus ojos verdes brillan bajo las luces lejanas de la ciudad.
—¿Por qué me miras así? —pregunta en voz baja.
Suelto una pequeña risa cansada.
—Porque sigo intentando entender en qué momento pasó todo esto.
Ella sonríe apenas. Hunde el rostro en mi pecho antes de responder.
—Supongo que cuando empezaste a quedarte observándome durante las reuniones.
—Eso jamás ocurrió.
Lekan levanta la vista y, alza una ceja lentamente.
—Cassian, literalmente olvidaste responderle a Javier una vez porque estabas mirándome fijamente.
Cierro los ojos un segundo. Recuerdo el día… Solo fue al tercer día, desde que comenzamos a trabajar juntos.
—Maldición… —murmuro, desviando la cara, sintiendo el calor en las mejillas.
Ella se ríe suavemente contra mi pecho. Y otra vez siento esa sensación extraña dentro del cuerpo… Calma. Una calma real.
Mis dedos continúan recorriendo lentamente su espalda mientras observo el techo oscuro del dormitorio. No quiero pensar. No quiero recordar nada. Solo quiero quedarme así un rato más.
Pero por supuesto mi cabeza nunca coopera demasiado tiempo. Gastón vuelve inevitablemente. Las amenazas. Walter. Las deudas. Cuatro Leguas… Todo sigue esperando ahí afuera.
Lekan parece notarlo enseguida. Siempre lo nota. Apoya suavemente el mentón sobre mi pecho mientras me observa en silencio.
—Volviste a hacerlo —dice, casi escucho molestia en su voz.
—¿Qué cosa? —pregunto, viendo nuevamente sus ojos.
—Irte…
La miro apenas confundido. Ella acaricia lentamente una de las cicatrices sobre mi abdomen.
—Tu mirada cambia cuando piensas en algo que te duele.
La frase me deja quieto unos segundos. Después exhalo lentamente.
—Gastón no va a detenerse.
Lekan guarda silencio mientras me escucha.
—Los hombres como él jamás olvidan. Y mucho menos perdonan.
Ella permanece observándome unos instantes antes de responder.
—Entonces enfrentaremos eso cuando llegue el momento, Cassian.
La palabra “enfrentaremos” me golpea distinto. No porque sea grandiosa. Sino porque hace muchísimo tiempo que nadie hablaba de quedarse a mi lado cuando las cosas se volvían peligrosas.
Valeria se alejó apenas descubrió todas las partes más oscuras de mí. Lekan, en cambio, parece caminar directamente hacia ellas… Y eso me asusta más de lo que quiero admitir.
Mi mano sube lentamente, hasta apartar parte de su cabello oscuro del rostro.
—No sabes realmente cómo son las personas como Gastón —le susurro.
Ella sostiene mi mirada. Firme. Profunda. Sin titubeo, ni máscara.
—Tal vez no —responde—. Pero sí sé… cómo eres tú.
Suelto una pequeña risa sin humor. Beso su frente con ternura.
—Eso también debería preocuparte, Lekan.
Ella sonríe apenas. Toma mi rostro con sus manos y me vuelve a mirar profundamente. Sin miedo. Sin superstición. Directo a mis ojos.
—¿Porque fuiste violento? —pregunta, suabe y gentilmente.
No respondo enseguida. Porque la palabra violento no alcanza realmente… Violento era Walter rompiéndole la nariz a alguien en un bar. Lo mío era otra cosa… Más fría. Más brutal. Más enferma.
Recuerdo perfectamente la sensación de reír mientras golpeaba hombres contra el pavimento en Cuatro Leguas. Recuerdo disfrutarlo. Ese era el verdadero problema.
Lekan acaricia lentamente mi mandíbula, obligándome a volver al presente.
—Cassian…
La miro otra vez. La habitación vuelve a existir, el callejón oscuro queda atrás.
—No eres el único que tiene cicatrices.
Frunzo apenas el ceño. Ella baja la mirada unos segundos antes de hablar.
—Pequeño Lago parecía tranquilo cuando yo era niña… —continúa—. Pero los pueblos pequeños esconden monstruos diferentes.
Su voz pierde algo de suavidad al decirlo. Permanezco en silencio mientras ella continúa.
—Mi padre era ingeniero industrial. Inteligente. Respetado. Amaba los coches veloces. Todo el mundo decía que era un hombre brillante… —sus dedos dejan de moverse sobre mi pecho—. También era alcohólico.
Ahí está. La oscuridad. Todos llevamos alguna… Lekan mantiene la vista baja mientras la tormenta sigue golpeando los ventanales.
—Cuando bebía… cambiaba completamente.
Siento su cuerpo tensarse apenas. Ella lo nota y sonríe débilmente.
—Nunca me golpeó a mí —dice, triste—. Pero sí a mi madre… y a mi hermano.
El aire parece volverse más pesado dentro de la habitación. Mis dedos recorren lentamente su espalda otra vez. Con cuidado. Como si tocarla demasiado fuerte pudiera romper algo invisible.
—¿Qué pasó con él? —pregunto, sujetando su mano contra mi pecho.
Lekan tarda unos segundos en responder. Apoya por completo la mejilla sobre mi… y suspira, largo y pesado.
—Murió cuando yo tenía quince años. Sueño Blanco, sobredosis, mezclada con alcohol. Chocó en uno de sus coches, en una carrera clandestina.
Cierro los ojos lentamente… Claro. Esa maldita droga otra vez. Desde hace años el maldito Sueño Blanco está destruyendo medio país, mientras las corporaciones fingen combatirla y los mafiosos se hacen ricos distribuyéndola.
Ella vuelve a mirarme.
—Así que no, Cassian… —dice firme—. No me asusta descubrir que el hombre del que me enamoré, tiene oscuridad dentro.
La frase me atraviesa completamente. Porque no dice: “el hombre con quien estoy”.
Dice: “el hombre del que me enamoré”.
Maldición. Siento como se me calienta el rostro. Bajo la mirada y la veo fijamente, ella me mira con vergüenza… como si lo que dijo fuera algo que no quiso decir, no tan rápido, no tan pronto.
Mi mano se desliza lentamente por su cintura mientras vuelvo a besarla. Más suave esta vez. Más lento. Y aun así la intensidad sigue ahí. Porque no se trata solo de deseo ya. Eso sería muchísimo más fácil. El verdadero problema es que empiezo a sentir algo mucho más profundo… Algo capaz de destruirme… si sale mal.
Lekan responde al beso acercándose más contra mí, mientras la tormenta ilumina parcialmente la habitación. Nuestros cuerpos vuelven a encontrarse bajo las sombras azuladas de Central City. Tomo su cintura baja y la acerco, pego lentamente su cuerpo desnudo al mío, sin apuro, como si ambos intentáramos memorizar cada sensación antes de que el mundo real regrese.
Y eventualmente regresa. Siempre regresa.
Mi comunicador vibra violentamente sobre la mesa de noche. Ambos nos quedamos inmóviles unos segundos. Después dejo escapar una pequeña maldición. Lekan sonríe apenas contra mi cuello, mientras sus manos bajan a mi entrepierna.
—¿Quién carajos llama a esta hora? —suelto, completamente molesto.
Tomo el dispositivo… Walter… Por supuesto. Respondo inmediatamente.
El rostro holográfico de Walter aparece frente a nosotros. Y basta verlo un segundo para saber que algo salió horriblemente mal. Tiene sangre sobre la mejilla. El labio roto. Y detrás de él puedo escuchar disparos. Muchos disparos.
—¡Walter! —gruño, incorporándome inmediatamente de la cama—. ¿Qué mierda está pasando?
Walter sonríe de una manera completamente agotada.
—Bueno… resulta que los Gizeh son incluso más hijos de perra de lo normal.
El sonido de una explosión retumba detrás de él.
—¡Mierda! —grita, cubriéndose la cabeza con los brazos.
Walter gira apenas la cámara holográfica. Y veo cuerpos… Tres hombres tirados sobre el pavimento mojado, bajo luces verdes de neón. Muertos. Muy muertos.
Vuelvo a mirar a Walter.
—¿Dónde carajos estás, Walter? —le grito, vistiéndome con la ropa del suelo aun húmeda—. ¿Qué mierda haces con los Gizeh?
—Vine a una fiesta, cabrón —responde con sarcasmo, disparando sobre el basurero—. Es en un barrio hermoso, lleno de criminales y decisiones cuestionables.
Otro disparo. Más cerca. Walter recarga la pistola automática mientras continúa hablando, como si esto fuera perfectamente normal.
—Necesito que vengas, hermano. Ahora.
Y la realidad vuelve de golpe. Fría. Violenta. Brutal. Exactamente como siempre termina volviendo a mi vida. Siento algo oscuro despertarse lentamente dentro de mí otra vez. Algo viejo. Algo que jamás desapareció realmente.
Lekan me observa en silencio desde la cama, mientras me termino de vestir rápidamente. Sus ojos verdes entienden la verdad antes incluso de que diga una sola palabra.
Cuatro Leguas acaba de abrir nuevamente la puerta. Y esta vez… no estoy seguro de querer cerrarla.
El holograma tiembla por interferencias. Puedo escuchar música electrónica retumbando de fondo mezclada con gritos y ráfagas de armas de pulso.
—Mierda —vuelve a gruñir Walter, asomando la pistola sobre el filo del basurero.
—¿Dónde estás exactamente, Walter? —pregunto, apretando las correas de las botas.
Walter gira apenas la cámara. Un letrero verde parpadea sobre una calle húmeda llena de neón: “CLUB CERBERUS.”
Lo conozco… Demasiado bien. Uno de los clubes clandestinos usados por los Gizeh, conexión directa con su operación en Cuatro Leguas. Drogas, apuestas ilegales, tráfico de implantes y peleas privadas en los niveles inferiores.
Walter sonríe cansadamente, fijándose mejor en el holograma.
—Hola, preciosa —le dice a Lekan atrás de mi—. Lamento arruinarte el momento, cariño… Pero parece que nuestros amigos del norte no vinieron solo a conversar… Necesito que me echen una man…
La llamada se corta violentamente.
—¡Walter! —grito, al inexistente holograma de mi hermano.
Permanezco inmóvil apenas un segundo antes de reaccionar. Toda la calma que existía hace minutos desaparece instantáneamente, mientras el corazón comienza a latirme distinto. Más rápido. Más frío. Más familiar.
Vuelvo la vista a la cama. Lekan ya se está vistiendo también.
—Te quedarás aquí, Lekan —digo inmediatamente.
Ella ni siquiera levanta la vista mientras se ajusta la falda con un movimiento limpio.
—No —me responde, viéndome a los ojos mientras se abrocha el sostén.
—Lekan… por favor, quédate aquí.
—Walter nos llamó a ambos, Cassian.
—Llamó porque estaba desesperado —respondo, tomando sus manos.
Ella me suelta, termina de acomodarse el cabello, todavía ligeramente húmedo, en un moño alto y, entonces me mira directamente. A los ojos. Sin dudas, sin miedo.
—Y tú estás pensando cómo alguien que ya decidió volver a convertirse en el hombre de Cuatro Leguas.
La frase golpea demasiado cerca. Aprieto la mandíbula mientras camino al muro del cuarto, abro un compartimiento oculto dentro del muro.
Las armas descansan ahí. Exactamente donde juré que jamás volverían a estar. Dos pistolas de pulso negras. Munición energética. Un cuchillo corto de titanio oscuro. Dos manoplas de acero.
Lekan observa el compartimiento sin decir nada. No parece sorprendida. Eso me preocupa un poco.
Tomo una de las pistolas y verifico el cargador. Mis movimientos son automáticos.
Demasiado automáticos. Como si mi cuerpo hubiera estado esperando esto durante años.
—Cassian…
La voz de Lekan me obliga a levantar la mirada. Ella permanece quieta frente a mí mientras las luces de la ciudad iluminan parcialmente su rostro. Hermosa… Incluso ahora. Incluso en medio de todo esto.
—No quiero perderte esta noche —dice suavemente.
La frase me deja inmóvil un instante. Porque yo tampoco quiero perderla. Y precisamente por eso no debería dejarla acercarse a lo que viene.
Camino lentamente hacia ella. Mi mano se desliza suavemente por su cintura mientras apoyo la frente contra la suya.
—Las cosas pueden ponerse muy feas, Lekan.
Lekan sostiene mi mirada. Y me besa.
—Lo sé.
—No tienes idea de cómo trabajan los Gizeh.
—Y tú no tienes idea de lo cansada que estoy de que intentes decidir por mí.
Maldición. Incluso ahora logra desarmarme… Sus labios rozan apenas los míos antes de separarse lentamente.
—Vamos por Walter —susurra.
Y entonces entiendo algo peligroso. No voy a convencerla de quedarse atrás… Camino a ella y la tomo del rostro, la beso suavemente. Y salimos del apartamento.