Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
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La debilidad de un instante
Gael dio la vuelta con esa elegancia fría y letal que lo caracterizaba, caminó hacia la salida y cruzó el umbral sin añadir una sola palabra, cerrando la puerta detrás de sí con un chasquido limpio.
Isabel se quedó sola en medio de la inmensa cama, con las sábanas de seda gris aún apretadas contra el pecho y la respiración intentando recuperar su ritmo natural. La habitación recuperó su silencio sepulcral, pero la mente de la joven era un caos absoluto. Estaba profundamente desconcertada. Se llevó los dedos temblorosos a la mejilla, justo al punto exacto donde la piel todavía le hormigueaba por el roce del pulgar de Gael.
Lo que verdaderamente la asustaba no era la intromisión de su esposo, sino su propia reacción. Por un breve y efímero segundo, al despertar y encontrarse atrapada en el abismo de esos profundos ojos negros y enigmáticos, no había sentido miedo, ni asco, ni la furia que venía jurándose a sí misma desde que pisó esa casa. Había sentido algo mucho más peligroso: una chispa de esperanza. Una absurda e irracional sensación de seguridad, como si el hombre que había destruído su mundo fuera, al mismo tiempo, el único capaz de sostenerla para que no cayera al vacío.
—Qué estupidez... —susurró para sí misma, sacudiendo la cabeza con energía, queriendo arrancar ese pensamiento de su mente.
Apretó los dientes, sintiendo rabia contra su propia vulnerabilidad. Atribuyó su pequeña confusión al hecho de estar sumamente susceptible por todo lo vivido en las últimas cuarenta y ocho horas. El desengaño de Fabián, la agonía de su padre, el chantaje de Francisca y el yugo legal de los Sotomayor la habían dejado emocionalmente desarmada. Era lógico que su cerebro buscara un salvavidas, incluso si ese salvavidas tenía el rostro de su verdugo. Solo era cansancio acumulado; no podía ser otra cosa.
Después de recibir la llamada de Felipe y sin darle más vueltas al asunto y decidida a enterrar ese instante de debilidad, Isabel se obligó a salir de la cama. Caminó con paso firme hacia el espectacular cuarto de baño de mármol y abrió la llave de la ducha, dejando que el vapor comenzara a empañar los espejos. Necesitaba que el agua caliente borrara el rastro del tacto de Gael y despejara su mente para la batalla que le esperaba abajo.
Se dio un baño pausado, dejando que la tensión acumulada en los hombros se drenara con el agua. Al salir, cruzó hacia el inmenso vestidor esmerilado. El clóset, tal como Gael había advertido, estaba repleto de prendas exclusivas de su talla exacta. Ignorando los vestidos ostentosos, seleccionó un diseño sencillo de punto color verde oliva, de mangas largas y corte sobrio, que la hacía sentir cómoda pero protegida, como si la ropa fuera una armadura. Se cepilló el cabello dorado dejándolo caer suelto sobre sus hombros y se miró al espejo, recuperando la máscara de frialdad e indiferencia que se prometió usar.
Mientras abotonaba los puños de su vestido, Isabel se repitió a sí misma sus motivos. Ella bajaría al comedor esa noche por una única y poderosa razón: solo para no hacerle un desaire a la pequeña Tábata. La inocencia de esa niña de cinco años la había conmovido genuinamente, y no iba a pagar su frustración con una criatura que la había llamado princesa. Lo haría por ella, bajo sus propios términos de dignidad, y de ninguna manera para complacer a Gael o demostrar sumisión ante sus amenazas. Con un último suspiro de determinación, Isabel abrió la puerta de la suite y comenzó a descender la gran escalera de mármol, lista para enfrentar la primera cena de su cautiverio.
Cada paso que Isabel daba al descender la imponente escalera de mármol resonaba como un eco solitario en la inmensidad de la mansión. Sus dedos se deslizaban sobre el frío pasamanos de hierro forjado, buscando un anclaje físico mientras su mente se blindaba contra la presencia de Gael. El aire del ala social de la casa se sentía denso, impregnado de un sutil aroma a maderas nobles y flores frescas que resultaba casi asfixiante. Al aproximarse a las altas puertas de arco que conducían al comedor principal, el murmullo de unas risas infantiles suavizó la rigidez de su postura; Isabel contuvo el aliento, acomodó el dobladillo de su vestido verde oliva y cruzó el umbral con el mentón en alto, lista para la cena.