Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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Capitulo 23
Seinec observaba a Borans con una mezcla de respeto y urgencia. Necesitaba avanzar con sus planes y él era su pieza clave.
—Borans —dijo ella, rompiendo el silencio—, ya que usted tiene experiencia en estas cosas, me gustaría que me dijera el valor exacto de esa pintura. Necesito buscar clientes cuanto antes; la verdad es que quiero vender esos cuadros lo más pronto posible.
Confío en que usted es la persona adecuada.
En ese preciso momento, Zerimar bajó las escaleras. Al ver a Borans en la sala, sus ojos se iluminaron.
—¡Papá! ¿Cuándo llegaste? —preguntó con alegría.
Borans solo asintió con un seco «mm-hmm», manteniendo su postura reservada. Zerimar, ignorando la tensión del ambiente, continuó con entusiasmo:
—¡Hoy fuimos a la granja! Vimos muchos caballos. Uno de ellos se llama Chinchec; se le clavó una astilla en el pie y yo ayudé a Seinec a sacársela.
El relato de la niña fue interrumpido por el sonido del timbre. Seinec se levantó rápidamente para abrir. Al ver quién estaba al otro lado, sus ojos se abrieron con sorpresa:
—¿Murac?
—¿Cómo estás, Seinec? —respondió él con una sonrisa encantadora—. Vine aquí cerca y recordé que me debes un café.
—Sí, pasa, adelante —dijo ella, visiblemente nerviosa.
Murac entró en la casa, pero al ver a Borans y a la pequeña Zerimar en la sala, su expresión cambió de inmediato.
—No sabía que tenías visitas.
Zerimar, con la inocencia y franqueza de una niña, intervino rápido:
—No somos visitas, vivimos aquí. —Luego, mirando a Borans, añadió—: Al menos por ahora.
Murac clavó su mirada en Seinec, buscando una explicación.
—¿En serio? —preguntó con un tono que mezclaba incredulidad y sospecha.
—Es un amigo —explicó Seinec, tratando de suavizar la situación—. Él y su hija se quedarán aquí hasta que encuentren dónde mudarse. Borans, te presento a Murac.
—Mucho gusto —dijo Borans con amabilidad.
—Sí, igual —respondió Murac sin ocultar su desdén.
Seinec los invitó a tomar asiento y fue a preparar el café. El ambiente en la sala se volvió espeso; entre Murac y Borans las miradas se cruzaban como chispas. Tras unos minutos, Seinec sirvió el café y se sentó, tratando de mediar.
—¿Y a qué se dedica, señor Borans? —preguntó Murac, analizando cada gesto del hombre.
—Soy independiente... básicamente, un cazador de oportunidades.
—¿Cazador? ¿En serio? —Murac lanzó una mirada socarrona a Seinec—. Seinec es una vieja amiga. Tiene que haber una muy buena razón para que los ayudes. Si a ella le importa, a mí también. Debe ser difícil su situación teniendo una bebé...
—Me llamo Zerimar y no soy una bebé —corrigió la niña, interrumpiendo a Murac con firmeza.
Murac le dice ah Zerimar es tu nombre.
—Entiendo que no trabajas. Dice Murac Tengo un hospital privado y a menudo necesito personal de enfermería o limpieza... cosas así.
Borans respiró profundo, sintiendo cómo la humillación se transformaba en ira.
—No es necesario, gracias.
Seinec, notando la molestia de Borans, intervino:
—No insistas, Murac. El señor Borans tiene estudios y una buena reputación, solo está pasando por una situación difícil. Solo quise decirle que podría tener un ingreso mientras regresa a su casa.
La palabra «ingreso» fue la gota que colmó el vaso para Borans.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Borans, levantándose de la silla—. Hable claro. No entiendo por qué quiere que me vaya. ¿Me está llamando parásito? ¡Tenga mucho cuidado con lo que dice!
La pequeña Zerimar, asustada, agarró las manos de su padre y le hizo señas para que se calmara, mirándolo con ojos suplicantes.
—Señor Borans, por favor, cálmese —dijo Seinec, angustiada.
Ignorando la petición, Borans tomó a Zerimar del brazo.
—Zerimar, ven, levántate. Vámonos de aquí.
—¡Borans, no! ¡Zerimar, esperen! —gritó Seinec, al borde del llanto.
—Oye, yo solo quería ayudar —dijo Murac, fingiendo inocencia.
Borans y Zerimar salieron de la casa sin mirar atrás. Seinec salió tras ellos, deteniéndolos en la entrada.
—¡Esperen! De verdad, lo siento mucho... encerio.
Borans se giró, con el rostro endurecido por la frialdad.
—¿Por qué se disculpa? Él tiene razón.
—No es así, Borans... —respondió ella con la voz quebrada.
—Es la verdad, señorita Seinec —sentenció él—. Está alojando a dos extraños en su casa sin conocernos de nada. Escuche, esas pinturas cuestan una fortuna. Al menor descuido, puede llegar a perderlo todo. Tiene razón, tiene una fortuna en esa casa; debería tener más cuidado. Buena suerte.
Borans se alejó con la niña. Seinec, derrotada, se acercó a Zerimar y la abrazó con fuerza antes de que se marchara.
—Zerimar, puedes venir cuando quieras. Esta siempre será tu casa, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —respondió la niña, antes de soltarse y correr para alcanzar a su padre.