Evelyn Moore creía en el amor hasta que sorprendió a su novio en los brazos de la madrina de boda. Destrozada, huye hacia el caos de Manhattan, buscando anestesiar su dolor en una discoteca lujosa. Allí, su camino se cruza con el de Alexander Carter, un poderoso multimillonario que, después de ser drogado en una trampa, pierde el control de su fría realidad. Entre luces y sombras, dos almas en ruinas chocan. Lo que debió ser solo una huida impulsiva y anónima sella sus destinos para siempre, demostrando que las cenizas de una traición pueden alimentar un amor indomable.
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Capítulo 24
La luz del sol de Manhattan no pidió permiso. Atravesó las pesadas cortinas de la suite 1402, dibujando franjas doradas sobre las sábanas de seda que aún guardaban el calor y el perfume de la noche más intensa de la vida de Alexander y Evelyn. El reloj en la pared ya marcaba el inicio de la tarde, pero dentro de aquella habitación, el tiempo parecía haberse suspendido.
Alexander fue el primero en despertar. Sus ojos se abrieron despacio, y lo primero que sintió fue el peso suave y reconfortante de Evelyn acurrucada contra su pecho. A diferencia de tres años atrás, cuando el despertar había estado marcado por un dolor de cabeza palpitante y un vacío desesperador en el alma, hoy se sentía completo. Se quedó en silencio por algunos minutos, solo observándola dormir. La expresión de ella era de una paz absoluta; las marcas que el pasado había dejado parecían haberse suavizado por los besos y promesas de la madrugada.
Él acarició el hombro de ella con la punta de los dedos, sintiendo la suavidad de la piel. Evelyn murmuró algo incomprensible y se apretó más contra él, escondiendo el rostro en su cuello.
—Buenos días, mi amor —él susurró, la voz aún ronca, depositando un beso suave en su sien.
Evelyn abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la claridad. Al ver el rostro de Alex tan próximo, una sonrisa radiante iluminó sus facciones. Ella se acordó de cada detalle, de cada toque, de cada palabra dicha entre las sábanas.
—¿Ya es de día? —ella preguntó con la voz perezosa.
—Casi hora del almuerzo, en realidad —Alex rió bajito, tirando de la sábana para cubrirlos mientras la traía encima de sí. —Pero no me importa. Yo pasaría el día entero aquí contigo, recuperando cada minuto de los tres años que pasamos lejos.
—Yo también —ella confesó, pasando la mano por el pecho definido de él, sintiendo los latidos fuertes de su corazón. —Parece un sueño, Alex. Tengo miedo de cerrar los ojos y despertar sola nuevamente.
Alex sujetó el mentón de ella, obligándola a mirar en sus ojos.
—Nunca más, Evelyn. Yo prometí y voy a cumplir. Tú y Victoria son mi mundo ahora.
Ellos se quedaron allí, intercambiando caricias lentas y besos castos, aprovechando la pereza de una mañana que pertenecía solo a ellos. El baño fue tomado juntos, entre risas y más demostraciones de afecto, lavando cualquier rastro de tristeza que aún pudiese existir. Alex la ayudó a vestirse, tratándola con una delicadeza que la hacía sentirse la mujer más especial de la Tierra.
El almuerzo fue servido en el propio hotel, en una mesa reservada en un balcón privado que daba vista al Central Park. Fue una comida regada a mucho cariño. Ellos dividieron platos, intercambiaron miradas cómplices y planearon, con la emoción de dos adolescentes, cómo serían los próximos días. Alexander no conseguía parar de sujetar la mano de Evelyn, como si necesitase del contacto físico constante para creer que ella era real.
—¿Vamos para casa? —Alex preguntó, después del café. —Me estoy muriendo de añoranza de nuestra pequeña.
—Vamos. Tengo certeza de que Victoria debe estar tramando con Cristina —Evelyn respondió, sintiendo el corazón saltar de alegría al oír la palabra "casa".
El trayecto hasta la nueva residencia fue hecho en un clima de expectativa feliz. Al cruzar los portones de la mansión, el sol de la tarde brillaba sobre el jardín bien cuidado. Así que Alex abrió las puertas principales, el sonido de risas infantiles resonó por el hall de entrada.
En la sala amplia, cercada por muñecas y bloques de montar, estaba Victoria. Cristina estaba sentada en la alfombra con ella, fingiendo tomar té en tazas de juguete. Así que la puerta se abrió, la niña paró lo que estaba haciendo. Sus ojitos castaños se abrieron y un brillo de puro reconocimiento y felicidad surgió en su rostro.
—¡Papá! ¡Mamá! —Victoria gritó, levantándose con prisa y corriendo en dirección a ellos con los bracitos abiertos.
Alexander no esperó. Él dio dos pasos largos al frente y se arrodilló en el suelo bien a tiempo de recibir el impacto de aquel pequeño cuerpo lleno de energía. Él la cogió en los brazos, apretándola contra sí, sintiendo el olor de infancia que ahora era su fragancia favorita en el mundo.
—¡Mi princesa! —Alex exclamó, con la voz embargada.
Él la elevó hacia arriba, girándola en el aire mientras la niña soltaba carcajadas cristalinas que llenaban cada canto de la casa. Evelyn observaba la escena con lágrimas en los ojos, viendo al hombre más poderoso que ya conoció transformarse en un padre completamente rendido.
—¡Finalmente, mi amor! —Alex dijo, mirando en los ojos de la hija mientras la mantenía en lo alto. —Finalmente el mundo sabe que tú eres mi hija. Tú eres una Carter ahora, Victoria. Y yo prometo que tú vas a ser la niña más amada y protegida de este mundo entero. Nada ni nadie te va a hacer sufrir de nuevo.
—¡Papá es mío! —Victoria dijo, sujetando el rostro de Alex con las manitas y dando un beso estalado en su mejilla.
Cristina se levantó de la alfombra, limpiando las manos y sonriendo de oreja a oreja para la amiga.
—Por lo visto, la noche fue buena y la mañana mejor aún, ¿eh? —ella bromeó, aproximándose de Evelyn para un abrazo. —Ella se comportó muy bien, pero no paró de preguntar por ustedes un segundo siquiera.
—Gracias, Cristina. Por todo —Evelyn susurró, sintiéndose inmensamente grata por tener una amiga tan fiel a su lado.
El resto de la tarde fue pasado en absoluta armonía familiar. Alexander, que antes mal sabía cómo sujetar a una niña, ahora parecía un maestro en el arte de jugar. Él se sentó en la alfombra con Victoria, ayudándola a construir castillos y dando nombres graciosos a sus juguetes. Evelyn se juntó a ellos, y por algunas horas, la oficina de Carter Investments y los tribunales de Nueva York fueron olvidados.
Alex había preparado todo para aquel día especial. Él mandó servir una merienda con las golosinas favoritas de Victoria, y ellos pasaron el tiempo en el jardín, aprovechando el sol suave. Él no salía del lado de las dos, siempre buscando una forma de incluirlas en su espacio, de mostrar que ahora ellos eran una unidad inquebrantable.
Cuando el sol comenzó a ponerse, tiñendo el cielo de tonos de rosa y naranja, Victoria, exhausta de tanta broma y emoción, acabó durmiendo en el regazo de Alexander. Él la sujetaba con una posesividad gentil, mirando para el rostro sereno de la hija mientras ella respiraba calmadamente.
Evelyn se aproximó y se sentó al lado de él en el sofá del balcón, apoyando la cabeza en su hombro.
—¿Estás feliz, Alex? —ella preguntó bajito.
Él miró para la mujer a su lado, después para la hija en sus brazos, y sintió una paz que nunca había experimentado en toda su vida de conquistas y ambiciones.
—Feliz es poco, Evelyn. Yo me siento vivo por primera vez. Gracias por no haber desistido de nosotros, mismo cuando yo ni sabía que nosotros existíamos.
Allí, en aquel final de tarde, el silencio de la casa no era más el silencio de la soledad. Era el silencio de la completitud. El capítulo de dolor y secreto había sido definitivamente cerrado. Lo que había comenzado como un error en una noche de neblina había se transformado en el alicerce de una familia que, ahora, tenía todo el tiempo del mundo para ser feliz.